jueves, 30 de diciembre de 2010

Recordando a dos escritores del sur de Sinaloa




Dos excelentes escritores sinaloenses nacieron un 26 de diciembre y con gusto vamos a recordarlos en su semana. Los dos, también noble coincidencia, fueron originarios del Municipio de Rosario: Esteban Flores y Carlos R. Hubbard.

Empecemos con Esteban Flores, quien vino al mundo en Chametla 1870 y falleció en 1927, lamentablemente en un hecho violento en las afueras de Mazatlán. Había sido visitador general de la Secretaría de Hacienda de 1925 a 1926 y su carrera despegaba a nivel nacional.

Se recibió de profesor en educación primaria en la fundacional Escuela Lancasteriana de Mazatlán y ejerció cargos educativos como profesor de historia, matemáticas y literatura en el Colegio Civil Rosales, germen de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Fue director de El Correo de la Tarde (de 1895 a 1905) y llegó a ser en esa época gran amigo de los poetas Amado Nervo y Enrique González Martínez, entonces también unos desconocidos. En El Correo de la Tarde publicó sus primeros poemas con el seudónimo de José Conde

Gracias a su vocación política fue director del Periódico Oficial del Estado de Sinaloa y colaboró en publicaciones como Mefistófeles, Monitor Sinaloense y las revistas Arte y Bohemia Sinaloense

En 1916, ya radicando en la Ciudad de México, fue redactor de la revista Pegaso, donde convivió con Genaro Estrada y Ramón López Velarde. En 1918 comenzó a trabajar en la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, donde intervino en el conflicto por la huelga de Orizaba de 1919.

Es fundamental rescatar que, aparte de su obra poética, realizó un estudio sobre inmigrantes asiáticos y las condiciones de vida de los trabajadores en el sur de México. En ese tiempo, Sinaloa tenía un gran cantidad de trabajadores de esos dos grupos sociales y Flores conocía su situación de manera inmediata.

Su obra se recopiló en “La visión dispersa”, editada hasta 1938. Hace poco, mi gran amigo Leo Eduardo Mendoza le hizo justicia incluyéndolo en la antología de Conaculta “Sinaloa: lengua de tierra”.

De Don Carlos R. Hubbard tenemos más información, ya que fue un caballero muy activo y referente en muchas obras culturales y cívicas del Municipio de Rosario. Bastante conocida es en la región su labor polifacética y efectiva. Nació en 1912 y me comenta su hijo, el Ing. Iván Hubbard Rentería, que también dos de sus nietos vinieron al mundo un 26 de diciembre.

Podríamos llenar páginas recabando sus anécdotas, como la de su amistad con Lola Beltrán y Pedro Infante, a quien enseñó a tocar la guitarra o su rescate en la crónica de varios hechos históricos, pero esta
vez quisiera detenerme en evocar su prosa chispeante y humorística.

Su libro “Cuentos de mi Rosario” – en realidad son crónicas- es un paseo por una ciudad picaresca, con personajes dotados de un sentido del humor vivo, rescatados con la gracia del narrador provisto de malicia y buen ojo para la anécdota.

Acabó de releer este libro, desde hace años un tesoro de mi biblioteca, y encuentro aquí un verdadero río de notables recopilaciones. La memoria viva de una región poseedora de una fuerte identidad que ha quedado trasladada con éxito, justicia y respeto, a la letra impresa.

Gracias a don Carlos R. Hubbard tenemos noticias de “El Güero Astengo”, ejemplar rimador de verso luminoso cuyo talento se difuminó, lamentablemente, en la leyenda y la bohemia, dos cosas que suelen confundirse.

Otros de sus libros son “Estampas de un Mineral”, “Chupapiedras” y “Mi barrio del 22”. “Rumbos” fue una publicación suya que nos gustaría ver muy pronto reeditada para que esté al verdadero alcance de las nuevas generaciones.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Diaristas



Un día como de hoy, pero de hace 100 años, el escritor Franz Kafka escribió lo siguiente en su diario:

¿Cómo puedo disculparme por no haber escrito todavía nada en el día de hoy? De ninguna manera, más aún teniendo en cuenta que mi estado no es el peor. De continuo me zumba en el oído una invocación: "¡Ojalá vinieras, juicio invisible!". (20 de diciembre de 1910).

La confesión es interesante. No sólo tenemos a un autor que se lamenta por no escribir. Se lamenta por no haber escrito en su diario, a pesar de encontrarse levemente enfermo, según se colige.

Los diccionarios y tratados de literatura que se jactan de tener datos de Kafka nos lo presentaban como un escritor checo. En realidad, durante su existencia física fue súbdito del Imperio Austro-Húngaro y vivió casi toda su vida en Praga, región de Bohemia. (Mozart también tuvo ahí una fecunda y larga etapa).

Un autor pertenece al idioma que elige para escribir. Kafka eligió el alemán. También hablaba el checo y pertenecía a la cultura judía. Cultura no equivale a religión.

Era un gran diarista, arte donde los europeos nos llevan la delantera. Los franceses son los más consumados exponentes del género. Hasta los diarios de las condesas y marquesas más frívolas son verdaderos documentos que nos informan los secretos de una era.

El rey Luis XVI también era un gran diarista. A cada rato se cita que el día de la toma de la Bastilla había escrito en su diario la palabra “Rien” (Nada) y eso se usa para argumentar que era un inconsciente. En realidad, esa frase la escribió un día antes.

Los diarios de Kafka no sólo pueden ser interesantes para los estudiosos de su obra. Hay anotaciones peculiares, reflexiones sobre la ciencia y diversos análisis estéticos.

Pasando al presente, comparto que en mis cursos de literatura, cuando me toca suspenderlos por la llegada de estas peculiarísimas fechas, encargo como ejercicio realizar un diario, generalmente a partir del 15 de diciembre al 15 de enero.

No les pido que pongan “Querido, diario” o se compren un cuaderno especial con su candadito e interlineado. Basta cualquier serie de hojas o la misma computadora que usan para “mensajear” o sumirse en las redes sociales, principales enemigos de un diario convencional.

Diciembre es buen mes para iniciar un diario. La mayoría de las personas están relajadas, salvo aquellas que tengan un negocio que entre en bonanza durante la etapa navideña, pero el caudal de sucesos a veces se vuelven un corte geológico de la vida personal.

En este mes de encuentros, dádivas y recepciones, los sucesos comunes y los más dramáticos adquieren otra dimensión. Todos los funerales y nacimientos son una marca en cualquier vida; si acontecen estos sucesos en diciembre o inicios de enero, el asunto cobra dimensión distinta.

Con la rapidez de la vida moderna, mucha gente que toma nota de su bitácora de sucesos se sorprende de la cantidad de cosas que les ocurren en menos de 15 días. Basta verlas por escrito, no sólo para percatarse de ello, sino también incluso para entenderlas.

El 20 de diciembre de 1968 también es una fecha ligada a Franz Kafka: ese día murió Max Brod, su gran amigo… Kafka, deprimido y molesto por no haber concluido una obra literaria a su gusto, le pidió a Brod que quemara todos sus manuscritos.

Por fortuna, Max Brod valoró la decisión de Kafka y gracias a él conocimos sus novelas, relatos y diarios. La obra de Kafka abrió un camino para la narrativa de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez. Y también nos queda el testimonio de una enigmática bitácora de las ideas de un personaje único e irrepetible.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Ricardo Urquijo





Conocí a Ricardo Urquijo hace más de veinte años y desde entonces fui testigo de la persistente llama de su amistad. Siempre jovial y bien dispuesto, con un humor natural, pleno en referencias humanas y cien por ciento mazatlecas.

En aquellos tiempos, el tenía un alto cargo en CODETUR, bajo la presidencia del también amigo Raúl Rico. Yo era estudiante que se iniciaba en el periodismo y en varias ocasiones me daba raid a mi casa, ya que vivíamos a escasas cuadras de distancia y compartíamos similares gustos por la música.

En uno de esos aventones, me dijo que yo algún día podría ser “el orgullo de La Papalota”. Ante mi obligada extrañeza me explicó que por el rumbo donde residíamos, antiguamente, había existido un viejo molino de viento conocido así por los lugareños. ¡Vaya!

Desde entonces, para referirnos a la dirección de nuestros hogares, nos referíamos en clave como “La Papalota”.

Así era Ricardo, siempre con el humor y la referencia pintoresca anclada a nuestras raíces.

Previo a esa época, nos habíamos conocido haciendo una larga fila para un Teatro Ángela Peralta aún en ruinas, durante un evento del Festival Cultural Sinaloa, en la época de José Ángel Pescador. Yo iba bromeando con tres compañeras de la universidad y él iba con Ceci, su esposa, por lo que desde entonces comenzamos a hacer chorcha como si tuviéramos la misma edad y nos conociéramos de toda la vida.

Ricardo estuvo en ese teatro por un tiempo providencial. Supo hilar una relación positiva con Conaculta a través de los encargados de descentralizar la cultura y logró que la plaza entrara al circuito de los espectáculos, exposiciones y talleres itinerantes de origen federal.

Logró también unir esfuerzos con artistas locales, grupos que llegaron para quedarse y con diversos amigos suyos, lo mismo empresarios como otros promotores y organizadores de otras actividades. En ese tiempo, los eventos y apoyos que enviaban las autoridades estatales eran demasiado dispersos.

El trabajo de Ricardo supo ampliar la brecha iniciada por Jane Abreu y abrió el camino para el actual organismo de cultura, consolidado por Raúl Rico González. Es todo un esfuerzo, un mérito y un desafío.

Con justicia, con verdadero reconocimiento y conocimiento, no debemos olvidar sus aportaciones. Hoy vemos la vida cultural como algo ya nuestro, pero hay vendavales políticos o sociales que pueden volver a una región encendida por el arte en un páramo plagado de resentimientos.

Recordemos el humanismo de Cayo, su entrega a mantener una memoria, su pasión por la fotografía y la vida sencilla del campo, así como esa cualidad tan difícil que algunos consideran don de gentes y otros, generosidad.

Hace unos días, le hablé para confirmar un vocablo en inglés coloquial que escuché en una canción del Viejo Oeste y que también fue un éxito en nuestra música de banda. Él era mi consultor para muchas inesperadas referencias artísticas.

Yo había encontrado ya una buena pista en internet para mi artículo, pero procuro nunca quedarme con eso porque internet muchas veces falla y además, deseaba darme el gusto de hablar con él.

El buen Ricardo no sólo repasó su memoria buscando variantes, si no que en ese mismo momento le llamó a su hijo y a otra persona para encontrar la traducción a la frase.

Para concluir, compartiré que una vez en su casa presencié un detalle que luego incluí en un libro mío, cambiando los nombres por debido respeto. Entre varios cuadros de su agradable sala descubrí un óleo muy especial, reproduciendo un arreglo de rosas rojas. Con orgullo, Cayo me contó que ese fue el primer arreglo de flores que le había mandado a su esposa cuando eran novios y ella lo había pintado de inmediato, eternizándolo así con el pincel.

Los hombres se van, las obras permanecen, la sonrisa vive siempre en la memoria: hasta siempre, Ricardo Urquijo

domingo, 21 de noviembre de 2010

QUÉ SI HUBO REVOLUCION




Ya lo sé: a estas alturas estamos tan cansados del debate que hasta se considera ocioso retomarlo, sobre todo por la idea establecida de que la Revolución Mexicana se quedó en el camino.

Esa noción de incomodidad, de duda y molestia hacia el estado que nos gobierna y el estado de cosas que nos desgobiernan, son ya un sentimiento generalizado y preocupante.

Sin embargo, hace días leí algo que me hizo reflexionar hasta cierto punto de lo contrario. Y es en estos momentos cuando más debemos hacerlo.

Desde los años 60, a partir del análisis marxista de la historia y a contracorriente del triunfalismo gobernante, surgió una escuela que denunciaba el fiasco de la lucha armada y sus ideales utópicos.

En ese sentido, no dejaría de recomendar el libro de Adolfo Gilly “La revolución interrumpida”, que por cierto fue escrita durante los 5 años que estuvo como preso político en la prisión de Lecumberri, en la época de Díaz Ordaz/Echeverría.

Ese libro fue de los primeros en poner en duda el éxito del proceso revolucionario; no obstante a que hoy sostengo una tesis divergente, no dejaría de seguir recomendando su lectura por la validez de sus reflexiones, inéditas en su tiempo.

Pero han pasado 40 años desde ese periodo de análisis y hace poco vi una entrevista del historiador Friedrich Katz, recientemente fallecido y autor de una monumental biografía de Pancho Villa, en 1998, donde ofrece otras visiones a raíz de hechos recientes, como por ejemplo, el desplome de la URSS.

Katz sostiene que, a pesar de sus trapacerías, iniquidades y momentos de confusión, la Revolución Mexicana nunca llegó al extremo de la ingeniería social del terror, que es el gran pecado de las revoluciones, como fue el caso de la Francesa, la Soviética, la Camboyana y la mayoría de las que acontecieron en el Siglo XX.

En el caso de China, está la terrible “Revolución cultural” que se resumió en diez años de conflictos, muertes y atraso cultural, luego del fracaso del “Gran salto hacia adelante” propugnado por Mao... A la fecha en China hay represión y un Premio Nobel no puede salir a recibirlo.

Que no hayamos tenido en México grandes grupos de exiliados, asesinatos en masa sistematizados y leyes de prohibición total a la libre expresión y al libre tránsito, es una gran ventaja que casi sólo aprecian los mexicanos de origen extranjero, como fue el propio Friedrich Katz y Jean Meyer.

Un cambio fundamental aquí en México fue la abolición de la burguesía terrateniente como factor político de primera importancia. En toda Sudamérica, espacio en el cual esa élite quedó intacta, fue donde más se prohijaron y multiplicaron golpes de estado y desórdenes que aun los agobian.

El aspecto educativo, en donde se impulso la lucha contra el analfabetismo y la creación de escuelas rurales, hoy es insoslayable por sus alcances, a pesar de lo deteriorado de la imágenes de los mentores y sus líderes.

La burguesía agraria fue el principal enemigo de la industrialización y la preparación de las masas. Luis Terrazas, dueño de buena parte de Chihuahua, se negaba a que hubiera escuelas en sus haciendas: “No necesito abogados, necesito peones”, fue su respuesta.

También tuvimos el acceso de las clases populares al poder político: en Sudamérica y otras regiones sin revolución casi no se vio gente de origen humilde o de aspecto étnico en los cargos de importancia. Demasiados de sus gobernantes han venido directamente de la aristocracia criolla.

En fin, comparto estas conclusiones de uno de los historiadores más respetados que hemos tenido, también crítico a otros resultados adversos de la Revolución, en aras de abonar algo a una reflexión nacional que tanto nos urge. Descalificar un hecho del pasado cuyas consecuencias positivas aún estamos viviendo es algo que debe ser producto de un verdadero análisis completo. Nunca dejaremos de apreciar el ejemplo de Madero, Villa, Zapata y muchos otros: en la Unión Soviética, país cuya revolución por largo tiempo se considero más exitosa que la nuestra, es muy difícil ver hoy a Lenin, Trotsky y Stalin reconocidos como héroes patrios. Y los gobernantes de las provincias no son elegidos por los electores, como es el caso actual de México, si no por la mano inamovible del Zar Vladimir Putin.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Vieja música... ¿nuestra?




Hace días vi la cinta “Enemigos públicos”, basada en la vida del famoso asaltabancos John Dillinger, y me tocó ver una secuencia donde Johnny Deep -a bordo de un vehículo de los años veinte y en plena fuga por un páramo-, se pone a cantar con un niño una melodía muy del repertorio nuestro: “El último rodeo”.

Originalmente titulada THE LAST ROUNDUP, esta composición fue un gran éxito de la orquesta de George Olsen en 1924, con una versión lenta y casi a ritmo de vals. Fue regrabada casi diez años después por Gene Autry, popular cantante cowboy cuya estrangulada voz era parodiada hasta en las caricaturas.

Esta pieza fue compuesta por Cisco Hill y al parecer cobró segunda vida al ser grabada a ritmo de foxtrot, un ritmo que podemos entrever en algunos éxitos locales como el “Cinco de chicle” o “Tecateando”. Llegó a ser hit también con Bing Crosby, Roy Rodgers, Johnny Cash y Dean Martin. La letra es melancólica y llena de referencias a una despedida en el torno de la vida de los cowboys.

También era conocida como “Git along little doggie, git along”, estribillo de la melodía que alude a una manera cariñosa de arriar al caballo mientras se le monta, aunque un amigo cercano a la cultura gringa campirana me dice que el término “Little doggie” también se usa para referirse a las becerros huérfanos. En todo caso, acabo de ver una película en la que Tin Tan, en su papel de pachuco, le dice esa frase a su caballo luego de cantar la canción de “El Jinete” de José Alfredo Jiménez… a bordo de un carrusel de feria. (Tin Tan en La Habana, 1953)

Otra melodía nuestra que encontré en una película gringa fue en la desquiciada comedia “1941” de Steven Spielberg, en donde vemos a un submarino japonés -comandado por el samurái Toshiro Mifune- llegar a la costa de California con intenciones de destruir Hollywood. Por un error ataca un parque de diversiones y ya imaginará usted el tipo de enredos y explosiones que se detonan por toda la trama.

En esa cinta, John Belushi pilotea un avión de combate enloquecido, provocando más destrozos que un ataque real, mientras entona una canción que algunos aquí llaman “Corazón de teja” y otros “Corazón de Texas”. (La “x” y la “s” provocan todo un cambio geográfico, más terrible que los postulados por la Real Academia de la Lengua).

Me dice un estudiante de música que en “El último Emperador” de Bernardo Bertolucci se escucha a ritmo de ragtime la cumbia de “El chinito bailador”, hace unos años regrabada por Lizárraga Musical. Mi madre me confirma que de niña veía que la bailaban sólo las mujeres. ¿La considerarían en los cincuentas una melodía poco varonil o imperaba con mayor brío el racismo local hacia los orientales? Vaya.

Otro hit gringo perdido que pegó mucho aquí, según Amado Nervo en sus crónicas de El Correo de la Tarde, se llamaba After the Ball, clásico vals de tres por cuatro que, de tan repetido y mencionado en las tertulias provocó que hasta Nervo estuviera en contra suya. De hecho a todos los hombres les molestaba por irreal, mientras que a las mujeres les parecía lo máximo.

La trama de la canción pone a un caballero ya maduro a quien una sobrina imprudente le pregunta porque nunca se ha casado y porque no tiene hogar ni bebés. El tipo se pone a filosofar -de la manera en la que sólo pueden hacerlo aquellos hombres que han desperdiciado su juventud en francachelas- y le dice que “después del baile todo termina, quedan las ilusiones rotas y mi vida se destruyó después de un vals”.

Sucede que una dama a la que galanteaba le pidió que la dejara sola para tomar agua; él la siguió discreto y la sorprendió besando a un hombre. La mandó al Hades; ella intentó explicarle mientras él se negaba hasta que, años más tarde, ya muerta la mujer, descubre gracias a una carta que el tipo del casto beso era su hermano.
Fin de la historia, fin del vals y fin de la fiesta.

Pero la melodía gringa más antigua en aclimatarse en nuestras marismas fue también una de las más gringas: “Oh, Susannah” (1848), de Stephen Foster, que durante los tiempos de la Fiebre de Oro, cuando Mazatlán estaba en la ruta de los vapores a San Francisco, hasta llegó a considerarse composición local, según rescata Herrera y Cairo. Hasta se habla de que en una derruida finca del Viejo Mazatlán el fantasma de una mujer se pasea en las noches entonándola y bailándola con gran energía.

¿Será que los niños que cantan la versión de Tatiana en las piñatas, sin darse cuenta, están recuperando así una tradición perdida? La verdad hoy no me atrevería a establecerlo.

http://www.youtube.com/watch?v=2vLk1MyAcFE

domingo, 31 de octubre de 2010

Todos los Santos





Hoy es día de todos los santos. No hay festividad más multitudinaria en el santoral que ésta, luego de los siempre respetados Fieles Difuntos.

Un modo de descubrir cuando una región geográfica no es muy religiosa, al menos por la vertiente social del catolicismo en nuestro país, es revisar de dónde saca la gente los nombres elegidos para sus hijos.

Ponerle a los recién nacidos Britney o Beckham (este último lo vi el miércoles en una sección de Sociales en Culiacán) les dirá a esos niños en el futuro a que santo se atenían sus padres y donde depositaron su fervor.

Antes, un alumbramiento era asunto mucho más dramático que hoy en día. Los riesgos eran mayores; la tensión previa, desgastante; y la mortandad de infantes, terrible. Por eso un nacimiento se consideraba un auténtico milagro y había que agradecérselo al santo de ese día, aunque tuviese un nombre peculiar, poco apto para una portada de un disco o un despacho contable y confiable.

De tan comunes que fueron esos nombres tan socorridos, a nadie le parecía raro toparse con personas bautizadas como los santos griegos Pánfilo, Demetrio o Anacleto. Un amigo de la infancia me decía que el santo del día era aquel quien nos acompañaba antes del alumbramiento y, por lo tanto, el comisionado en “aventarnos” desde una nube.

Existen familias con muchos hijos en donde algunos llevan nombres muy comunes y, de repente, le ponen a alguno un nombre algo bizarro, correspondiente a la fecha. Suelen ser casos de criaturas que vinieron al mundo en partos difíciles o de riesgo, aunque también a veces los padres deseaban honrar a un familiar fallecido.

Los calendarios eran objetos bastante apreciados en las casas y servían como una estática agenda para recordar los cumpleaños venideros. No había duda de que un vecino con nombre excéntrico celebrase un año más de vida en la fecha del onomástico.

En Francia, país que algunos consideran como la hija mayor de la Iglesia Católica, el nombre de la festividad del día de hoy es bastante común como nombre y apellido. Incluso el primer gobernante independiente de la América Latina fue un esclavo que llegó a emperador de Haití con ese nombre y le hizo la guerra a Francia y a Inglaterra: Toussaint-Louverture.

Aquí en México se usa el plural de “Santos”, de mismo modo que a algunos de los nacidos el 6 de enero les ponen “Reyes”, en vez de elegir cualquiera de los nombres de dichos monarcas. Hay gente distraída que pensó que ese era el verdadero nombre de pila del Enmascarado de Plata, quien nació como Rodolfo Guzmán Huerta y así fue conocido antes de subir al pancracio.

En los tiempos modernos, para los practicantes del Catolicismo, la santidad está más cercana, ya que desde los años veintes se anunció que cualquier persona podría alcanzar ese nivel si se dedicaba a la obra de Dios. Antes se creía que sólo los pertenecientes a órdenes religiosas o al clero secular eran capaces de aspirar a una aureola.

Otras religiones tienen sus grados y facetas de santidad. Los musulmanes y los hinduistas, en contraparte, suelen entregarles gran devoción a los santos vivos y hasta se sorprenden de que en Occidente se venere más a los santos fallecidos. En África, incluso entre los paganos, es raro que asesinen a un sacerdote, ya que mantienen un respeto algo supersticioso por los llamados “hombres santos”, aunque pertenezcan a otra religión.

La tradición dice que el Hotel California de Todosantos en Baja California fue el que inspiró la famosa melodía homónima. Parece ser que nada más en Guatemala y Baja California existen ciudades con este nombre que hoy se festeja. Felicidades a ellas y también a todos sus onomásticos... Y también a mi amigo Luis Felipe Lomelí, que tiene un libro de cuentos con ese nombre.

lunes, 25 de octubre de 2010

Tres grandes figuras al vuelo




Es demasiada coincidencia que, a la par de las masacres en diversos puntos del país, se estén muriendo varios de nuestros hombres de letras. Monsiváis, Dehesa, Esther Seligson, en fin.

Sumamente trágica también fue la semana anterior para la literatura mexicana: se fueron tres grandes figuras, cada una de ellas un verdadero hito en su campo. Friedrich Katz, Antonio Alatorre y Alí Chumacero.

Primero fue don Friedrich Katz, el mexicano nacido en Austria que, de tan agradecido por lo bien que trató México a su familia al salir de un país ocupado por los nazis, le regaló a nuestro México la mejor biografía que existe del Gral. Francisco Villa.

Katz no sólo fue gran historiador: su prosa era de gran calidad, algo que aumenta su mérito al tratarse de un ensayista de largo aliento. Si bien en su español verbal en ocasiones se confundía con un verbo o algún género específico, siempre compartía cosas deslumbrantes, hilando las ideas con suma pericia magisterial.

Katz, además del periodo revolucionario, investigó un campo fructífero y revelador: el espionaje en México, a través de las redes en el extranjero, revisando tanto informes desclasificados como libros de memorias de espías jubilados. En esos documentos es donde se encuentran los mejores secretos de nuestra historia.

El pasado viernes se fue uno de los primeros escritores que leí en mi infancia. Don Antonio Alatorre, de los más grandes hombres que nos dio Jalisco en el siglo XX, orgullosamente oriundo de Autlán. (¿Ya se fijaron que tanto él, como Arreola y Rulfo, nacieron en pueblitos pequeños y retirados de la pretenciosa Guadalajara?)

Fue uno de los creadores de mis libros de texto gratuito, editados en 1972, y en la primaria leí bastante cuentos suyos, además de los firmados por su esposa Margit Frenk, la maestra sonorense Armida de la Vara y Gonzalo Celorio.

De ellos, sólo quedan Margit Frenk y Gonzalo Celorio, que cuando lo conocí y le agradecí por esos libros, me sorprendió que fuera tan joven, ya que los otro autores eran figuras venerables desde entonces. Yo tenía 23 años y me dijo (con cierto sobresalto porque toda la vida he aparentado más edad de la que tengo), que tenía incluso un hijo de mi edad. Celorio, nacido en 1948, colaboró en esas ediciones a la edad de 23 años, mientras que los otros autores habían venido al mundo por la década de los 20.

Por fortuna, llegué a conocer a Alatorre, creador de un libro infaltable que se llama “Los 1001 años de la lengua castellana” y que seguido releo para recordar la maravilla del idioma castellano y sus orígenes. Estuve con él en un extraño coloquio de escritores en donde el otro participante y yo mejor decidimos callarnos para que el Mtro. Alatorre hablara todo el tiempo que le diera su gana. Cosa que así sucedió.

Como muchos de los grandes escritores, tenía dos cualidades únicas: la sencillez y la naturalidad.

Alí Chumacero, nacido en Acaponeta, Nayarit, fue uno de los más monumentales poetas mexicanos. Fue gran amigo del sinaloense Gilberto Owen, a quien le mandó unas cartas muy divertidas y hermosas que en su momento se publicaron en sus obras completas.

Su poema “Responso del Peregrino” es un bello epitalamio –poema hecho con motivo de una boda- en donde se reconoce como pecador y maneja en secreto inesperadas simbologías religiosas. Además, fue un gran maestro de escritores por décadas en el Centro Mexicano de Escritores y eso no es escaso mérito

Alguna vez, en un evento del INAH al que fue para pelear el rescate de una zona arqueológica de Nayarit, le preguntaron con sorpresa si tenía trabajo en ese instituto, al ver la manera tan oronda como se desempeñaba. Alí dijo que sí, ya que su principal función era fungir como “monumento nacional” y recogía en persona el cheque necesario “para su mantenimiento”.

Descansen en paz, estos tres inquietos caballeros de la letra, verdaderos maestros del idioma.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Frente al otoño de verano





Escribo desde Morelia y aquí si hay otoño. Salgo a un patio a media mañana y veo caer pequeñas hojas que se confunden con la llovizna desleída, así como con el glogloteo de una fuente de cantera al centro del claustro.

El Conservatorio de las Rosas en su origen fue un convento y esa aura de clausura y soledad viene a bien a los aires de fin de mes. La luz de las mañanas aquí es como la de las ocasionales tardes nubladas de Mazatlán.

Corre un viento frío y la piedra de los muros y la cantera de las baldosas adquieren mayor condición conventual. Un árbol de naranjas alza sus racimos, desafiando un sol cariacontecido tras las nubes, incapaz de imponerse a una llovizna que se deshoja en chispas de claridad.

Otra señal del otoño es que comienza a oscurecer más rápido, a pesar del artificio del horario de verano que demora el efecto. Las luces se enciende más temprano y, por la falta de costumbre, sorprende ver los comercios tan llenos a horas que parecen tardías. Como si ya fuera diciembre, pero no.

En el centro y sur del país se nota más ese efecto, tanto por los cambios de latitud como por la presencia de las montañas que oscurecen pronto a las ciudades. En Mazatlán el sol siempre se oculta entre pocas nubes y el mar funge como espejo que reverbera la luminosidad largo rato, aún después de que el astro solar se ha desvanecido.

Los mazatlecos tenemos un otoño demasiado sutil: nunca veremos el soplo cefírico del viento agitando caudas de hojas secas e incluso formando fugaces esculturas en las plazuelas. Tampoco veremos los árboles desnudos con sus brazos en actitud de garra, señoreando como en los bulevares de Paris, el Paseo de la Reforma o las caricaturas de Remy.

Nuestro otoño es verde por las recientes lluvias del verano y el calor que aun bosteza su tibia bocanada. Este color verde se mantendrá con suerte hasta las lluvias de febrero que tanto sabor y desasosiego le dan a nuestros carnavales.

Sólo el agua del mar estará más fresca, aunque no tanto como la frialdad de Semana Santa.

¿Será que nos hace falta un buen y soporífero otoño para volvernos una sociedad más pacífica, más reflexiva, menos tensionada por la brasa solar que nos agobia desde mediados de mayo hasta finales de septiembre?

Por lo pronto el destello del clima ira bajando un poco su intensidad, con rachas de altas y bajas, según tengan las lluvias la caridad o la calamidad de visitarnos.

Hay ciudades donde la gente usa suéter o chamarra todo el año y la vestimenta no siempre da una idea del tiempo vivido. Nosotros los porteños, a un ritmo que se nos hará lento, comenzaremos a sacar las camisas de manga larga y esos cambios oscuros que sería un suicidio ponérselos incluso para una salida breve.

Somos tan refractarios a reconocer que tenemos un frío que nos burlamos del amigo que se pone una bufanda en octubre o diciembre, aunque el pobre tenga una calentura terciana y se encuentre obligado a salir a la calle.

Por lo pronto, oficialmente ha nacido ya el otoño, el falso otoño que tenemos en el Trópico de Cáncer: quizá por eso nos sentimos eternamente jóvenes, ante la falta de una estación que sirva de intermedio entre el tiempo de la plenitud y el tiempo del recogimiento, el tiempo de la pausa y el tiempo de la melancolía, el tiempo de la luz cegadora y los momentos del descanso.

El otoño es algo tan exótico para nosotros que sólo lo usamos para hablar de modas o referirnos con supuesta cortesía las personas maduras. Los franceses dicen que si una primavera sale muy fría o lluviosa es una falsa primavera: a ver si algún día los mazatlecos nos toca un otoño verdadero, de hojas volando y aroma de carcaza que se quema flotando entre la floresta de la plazas

lunes, 20 de septiembre de 2010

Historia de bullying





Me parece un verdadero acierto que hayan comenzado los educadores a tomar medidas contra el “bullying”. Yo lo padecí durante un breve lapso y la culpa fue de Steven Spielberg.

Por fortuna, no fui una víctima consuetudinaria de esta execrable forma de acoso y ostracismo social. Cuando te llevas con un grupito de amigos, es normal que de de vez en cuando te carguen la mano. Pero confirmo lo privilegiado de mi estatus, sobre todo al recordar a compañeros bastante martirizados.

Yo estuve en tres primarias. La segunda de ellas era una escuela de cartón. No me da vergüenza decirlo. Pudimos habernos ido a la Gabriela Mistral donde estaban todos los primos, pero quisimos estar ahí un año y medio. Era a la vuelta de la casa y estaban muchos de nuestros vecinos, además de un solar inmenso para jugar.

Nos tocó el proceso de creación de la escuela. A pesar de que abundaban niños de hogares muy pobres o en conflicto, nunca padecí de humillaciones repetidas.

El problema fue cuando la escuela al fin fue construida y los grupos aumentaron. Los que estuvimos en las aulas de cartón consideramos unos advenedizos a los que esperaron que la concluyeran. Pero también accedieron bastantes alumnos que nos llevaban dos o tres años de ventaja y más cercanos a las furias de la adolescencia.

En aquella época, el cine era una cosa más extraordinaria que nunca. No todos asistían una vez por semana y quien veía una película no vista por los demás adquiría un papel protagónico a la hora del recreo.

Acostumbrado a compartir con mis amigos esos hallazgos, una vez narré, con el mismo asombro que nunca me ha abandonado, la trama de “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo” de Steven Spielberg. Incluí desde la escena de las fallas eléctricas provocadas por los OVNIS hasta el contacto final a través de claves musicales.

Ahí fue donde me agarraron y ya no me soltaron: a algunos les pareció más que divertida la forma en que recreé las cinco notas musicales utilizadas y, peor aún, las señalizaciones manuales para identificarlas, señales que años después supe que eran parte del alfabeto musical de Zoltan Kodaly. Una de ellas incluía inclinar la mano hacía abajo mientras se interpretaba la melodía de “tu-ru-ru-ru-rú”.

También en aquel tiempo la escuela estaba en un proceso de formación laboral y varias veces nos cambiaron de maestros o permanecía el grupo desatendido, haciendo infinitas combinaciones numéricas ordenadas por el director. Eso recrudeció mi leve infierno personal. No había quien me apoyara.

Ya en mi siguiente escuela tuve compañeros de mi edad y fui a un grupo que era el mismo desde primer año y todos se apreciaban. Fin del drama, por fortuna.

Debo añadir que en esos tiempos, no era costumbre tratar mal a los compañeros que eran cerebritos o diferentes. Dichos compañeros recibían sus diplomas y eran visto con respeto, costumbre que yo vi mantenerse en la secundaria y parte de la prepa.

Al segundo año de prepa la abandoné porque hice un viaje largo y a mi regreso - mediados de los 80s-, descubrí que mis nuevos compañeros eran más agresivos y despiadados con los aplicados, los tímidos o los indefinidos sexualmente. ¿Cuál fue el cambio?

Me atrevo asociar que, en ese verano, se puso de moda la película “La Venganza de los Nerds” y todos pusieron en práctica sus jocosos ejemplos. Si bien su mensaje final fue respetar a los demás, muchos de esa generación – y las que vinieron o la vieron en video y tele – se quedaron con el pasatiempo de humillar a los individualistas.

De hecho, no había ningún equivalente en español para la palabra “nerd”. Y, por algo, aún así sigue sucediendo.

sábado, 19 de junio de 2010

Monsi




Quizás don Carlos Monsiváis – dicho sea sin ironía - no dejó una obra maestra perfecta, pero cada uno de sus libros son joyas relevantes de nuestra cultura, el periodismo y el análisis político de nuestro tiempo. Monsiváis apostó por un género difícil y hasta hace poco apreciado, que es el de la crónica de lo inmediato, el rescate del momento fútil de lo cotidiano como explicación del pasado y los futuros de nuestra identidad.

De eso está hecha la vida y en su tiempo, pocos “intelectuales” se acercaban a la tele, nuestro objeto cotidiano más invasivo. Monsi salía en ella y escribía sobre los comerciales de los Hermanos Vázquez, las tragedias de Verónica Castro, o se tomaba una foto con las Flans… aunque luego reconoció haberse equivocado al defender a Gloria Trevi como paladín del antimachismo... Nunca olvidaré una crónica que narra cómo María Félix se digna a ir a Neza a la inauguración de una calle horrible con su nombre, donde se porta como toda una dama y convive amable con las doñas, los albañiles y las lideresas de la colonia que montaron el homenaje.

Algo similar sucedió con el poeta Salvador Novo, quien durante años llenó de ironías, sátiras y epigramas la vida literaria de México, pero no nos dejó un libro redondo como referente inmediato. (A los pintores Raúl Anguiano, Juan Soriano y Manuel Rodríguez Lozano les decía “los anales” y - por favor-, no me pidan que escriba el escatológico apodo que le puso a Frida Kahlo)

Monsiváis fue en más de un sentido su heredero, aunque nunca fue nombrado cronista oficial del DF como Novo. El prólogo de don Carlos a “La estatua de sal”, las memorias homosexuales de don Salvador publicadas póstumamente, es una puesta al día de la vida secreta de muchos mexicanos, aquejados por la incomprensión, la ignorancia y el desprecio.

Aclaro: decir que no dejaron un libro perfecto no es una crítica negativa. Ambos corrieron riesgos al jugar la apuesta de lo efímero y aparentemente banal como destello del instante.

Conocí a don Carlos Monsiváis hace más de veinte años, cuando recibió el Premio Mazatlán en 1987. En otras ocasiones coincidí con él y le mandé puntualmente mis libros a su casa de San Simón 62, en la Colonia Portales.

Por allá por 1993, me topé con él en la Feria del Libro de Guadalajara: yo venía de una presentación de los moneros Jis y Trino y, en ese momento, uno de ellos me estaba autografiando mi calendario ilustrado por ellos. Como Monsiváis a veces aparecía como personaje en sus tiras cómicas, le pedí a Jis que me lo dibujara a un lado de mi dedicatoria, para pedirle que me lo firmara después el personaje real.

“Ah, caray”, me dijo, “hace mucho que no lo dibujo”, así que luego de voltearlo a ver de perfil, me dibujó con su pluma a un Carlos Monsiváis de gesto malhumorado, junto a los personajes de “El Santos” y “La Tetona Mendoza”, verdaderos monstruos de la caricatura mexicana.

Rodeado de jóvenes que le pedían autógrafos, yo aparecí con mi calendario y de inmediato me lo firmó. Mis amigos, que habían visto la escena de lejos, se impresionaron al ver que don Carlos me había puesto una dedicatoria con mi nombre… sin que yo se lo hubiese mencionado. No sólo Carlos Monsiváis me conocía, sino que aparte me recordaba. Caramba, la leyenda de la poderosa memoria de nuestro cronista de lo inmediato era real, dijimos todos.

Pero yo mismo caí en cuenta de que no era así: simplemente, antes Jis me había puesto, “Para Juan José Rodríguez, un saludo del Santos” junto a un dibujo improvisado, por lo que don Carlos se tomó la molestia de escribirlo; no se limitó a dejar sólo un garabato, a la manera de los rockstar. Sí: así era Monsi, don Carlos Monsiváis, el padre de la crónica moderna mexicana y la crónica del instante.

Ilustración de Carlos Maciel KIJANO

sábado, 5 de junio de 2010

Recta escritura: ortografía




Lo que se está volviendo un problema vergonzante es el desvanecimiento del respeto a la ortografía. Pocos se sienten con derecho a seguir las reglas mínimas y el caos impera a partir del actual boom tecnológico.

La capacidad de hilar una frase con ciertos reglamentos de acentuación disminuye a velocidad luz. Suelen culparse a los teclados de los teléfonos, pero el problema puede percibirse incluso en algunos profesores no adictos a los mensajes de texto y el internet mismo. Al parecer, el problema es social, educativo e histórico.


El alfabeto Morse, primera irrupción del progreso técnico en la vida diaria, respetó desde su inicio la correcta reproducción de las diferentes letras, incluyendo las homófonas. Las consonantes “B” y la “V”, por ejemplo, tienen su propio signo en esa clave sin hilos. En cambio, tratar hoy de leer algunos de los modernos mensajes de texto equivale a sumergirse en un nudo gordiano polisémico.

La palabra ortografía viene de “orto” que quiere decir “rectitud” y “grafía” que viene de escritura… algo tiene que ver este sufijo con el grafito volcánico usado en la antigua Roma para “grafitear” las paredes. A fin de cuentas, este detalle paleográfico nos recuerda que los idiomas los forma la gente sencilla. No se hacen en las academias y en los diccionarios, sino en los caminos, las plazas y las barriadas. Pero no por eso hay que caer en el caló, el argot y la tatacha.

Don Andres Bello, desde Sudamérica, propuso en el siglo XIX eliminar algunas letras como la “g” y dejar sólo la “j” española para volver más concreta la escritura, lectura y aprendizaje del idioma español. El general y escritor Domingo Faustino Sarmiento quería que en Argentina se cambiaran la “c” de cebolla y la “z” de zapato por la grafía unificada de la “s”, bajo el argumento -no del todo ilógico- de que en América el seseo es superior al ceceo.

Estas propuestas americanas, no despertaron gran emoción en los académicos españoles, celosos de su hablar madrileño. Ni siquiera querían aceptar algunas palabras de origen vasco, catalán o gallego, exigiendo que el idioma correcto era el hablado en la meseta central de Castilla, la vieja.

En el idioma español, la ortografía mantiene algunas palabras arcaicas quizás por puro amor a la herencia latina de la lengua. Durante largo tiempo se escribió “Philosophia” hasta que se adoptó la “F” en vez del sonido de la “Ph”, quedando dicha palabra como hoy la conocemos. En inglés, a pesar del generalizado uso de la “f”, aun se escribe” Philosophy” para darse un aire harvardiano u oxoniense. (“oxoniense” es la manera ultracorrecta de referirse a lo que tiene que ver con la académica ciudad de Oxford, Inglaterra)

No puedo recordar de momento cuál fue el gramático que pidió, hace más de trescientos años, usar “k” en vez de “q”, y “z” en vez de “s”, con propósitos similares a los de don Andrés Bello. Con esta medida “el idioma ezpañol terminaría ziendo muy parezido al alemán y al ruso y el uzo de zeta y ka nos daría un aire de habla andaluza.”, si se me permite poner un ejemplo gráfico.

Los italianos, por lo contrario, hace buen rato se despejaron esa nostalgia a incluso jubilaron la hache latina, tan cara para los amantes del esplendor romano. Para decir “hombre” escriben “uomo” sin temor a perder la virgiliana relación con el latín clásico, de donde provino la palabra materna “homo”... (Por cierto "omosessuale" es la palabra correcta para definir a los gay, aunque en la calle usan “finocchio”, con la cual se refieren también a una popular hierba fina italiana).

domingo, 9 de mayo de 2010

Sucedió en el Día de la Madre


Julio Cortázar, de niño.






Uno de los cuentos que más me divierten de Julio Cortázar es de tan sólo tres páginas y acontece en el Día de la Madre.



La trama ocurre así: están los hijos entorno de la mamá, pero en la reunión no se encuentra el más pequeño de todos. Al preguntar la progenitora por él, le dicen que no tarda en llegar, qué, precisamente, a él lo comisionaron para ir a escoger y comprar el regalo.



¿Motivo de esa decisión? No porque fuese por coincidencia el niño consentido, sino porque tanto la madre como el retoño comparten el gusto por la música clásica. Así que sólo ese endiablado genio precoz posee la capacidad de elegir mejor que nadie el regalo.



La señora, con esa clarividencia que sólo pueden tener las madres, le dice a su rosario de hijos que le va a regalar la Sinfonía número 3 de Gustav Mahler.



En ese momento, aparece el comisionado del presente y, en efecto, lleva en sus manos un disco con la Sinfonía número 3 de Mahler que provoca la ovación unánime.



Para fines de mejor visualización de la historia, creo pertinente señalar que el disco es un LP de acetato, de esos grandotototes que venían envueltos en plástico trasparente y eran objetos tan caros y selectos que, al regalar uno de ellos, no era necesario envolverlo en papel de obsequio. Debían de lucirse de manera evidente, como si fuesen una botella de Grand Marnier o coñac Napoleón.



¿Cómo supo la mamá que le iba a regalar ese disco? No porque ella fuese fanática de Mahler… como buena madre, sabe que precisamente ese es el disco que le falta a su hijo para completar su colección de música sinfónica europea del siglo XIX.



Casi nadie ha leído ese texto porque se esconde en uno de los libros misceláneos del genial cuentista argentino, en donde revuelve cuentos con poemas, fotografías, ensayos y una que otra vacilada.



Lo he contado a los amigos y algunos me honran pensando que ese cuento no existe, que lo acabo de inventar en el momento y que le doy crédito a don Julio para que no piensen que me ocurrió a mí en la vida real.



Por cierto, este año le regalé a mi mamá una bicicleta estática para hacer ejercicio a la que he dado buen uso, aunque mi corpulencia actual no lo denote a simple vista. Mi hermana mayor no se dejó y le compró un elegante sillón que, ese si, no se me permite dar uso con la intermitencia dedicada a la bicicleta.



Parece ser que una tradición indisoluble del 10 de mayo es la de los regalos utilitarios y pragmáticos. Suelen ser denostados por algunos, pero lo cierto es que muchas veces la misma destinataria sugiere una lavadora o un refrigerador, objeto que a fin de cuentas van a aligerarle la inevitable carga laboral de todos los días o de toda la vida.



Quizás el regalo más espectacular y simbólico dado el día de la madre, (y también el más importante hecho por un político mexicano), fue el de aquel Presidente de México que decidió que debía de celebrarse todos los 10 de mayo, aunque no cayera en fin de semana, debido a que ese era el mismo día del cumpleaños de su jefecita santa. (Una versión habla de una encuesta propuesta por el periodista Rafael Alducín, pero otra sostiene que a miles de burócratas se les obligó a votar por ese día, en una "quedada bien" de varios funcionarios ambiciosos).



En la mayoría del mundo civilizado, el día de la madre es una fecha movible, al igual que el día del Padre y la Semana Santa, gracias al imperfecto calendario gregoriano. Otros lo festejan el segundo domingo de mayo, aunque en Francia es el último, salvó que el primero caiga en Pentecostés… (Todos los calendarios, incluyendo al azteca, el maya y el chino, son más perfectos que el calendario gregoriano)

viernes, 30 de abril de 2010

Nervo y los indigenas en el Correo de la Tarde





Releo el excelente libro “Lunes de Mazatlán” - donde el Mtro. Gustavo Jiménez rescata las crónicas que publicó Amado Nervo en “El Correo de la Tarde” durante 1892 -1894-, cuando topo con algo interesante.

Sostiene Jiménez que Nervo dio un discurso en el Teatro Rubio con motivo de las Fiestas Patrias el 15 de septiembre de 1892. Gustavo solo cita un párrafo pequeño; quizás no incluyó el resto porque su libro sobre don Amado, quien forjó y templó sus primeras armas literarias en Mazatlán antes de irse a la capital, sólo se dedica a las crónicas porteñas.

Sacudido por el espíritu hemerográfico – de estudiante, una de mis chambas era realizar investigaciones de ese tipo para historiadores profesionales – corrí al Archivo Municipal en busca del discurso completo. Actualmente dirijo la Revista de la UAS y estoy al cierre de un número dedicado al Bicentenario, por lo que el texto me caería muy bien en el contexto.
Sorpresa: luego de que Luis Díaz de León y Aristeo Herrera y Cairo sacaron la compilación, resguardada por varias protecciones, descubro con tristeza que Nervo no publicó su discurso completo. Sólo un anónimo “repórter” – eso era la palabra usada en la época- mencionó el mismo fragmento que cita Jiménez en una breve gacetilla.
En vista de eso, aprovecho el desplazamiento y la inmersión al mundo de la hemeroteca para realizar un viaje por el túnel del tiempo de “El Correo de la tarde”.
Lo más divertido son los anuncios: Calzado fino y corriente a los mejores precios. Tónico Peruano milagroso para todas las enfermedades. Novelas baratas y con Rebaja de Precios en Imprenta Retes. Tambien se publican los nombres de los barcos fondeados en la bahia y las listas de pasajeros que arrivaban por mar y diligencia.
Las mencionadas “novelas baratas” no eran tan baratas. No lo digo por el precio, si no por su gran calidad, como “Armadale” del Wilkie Collins, sumamente recomendado por Borges. “Allan Quatermain”, un clásico de la aventura africana de Ryder Haggard, se ofrece en un solo tomo a 90 centavos.
Pero lo que me animó a escribir este texto fue un largo escrito titulado “Las garantías individuales y acatamiento a las órdenes del Gobierno. Indios de Chametla”, firmado por el Sr. Juan José Álvarez, el 14 de octubre de 1892 en Rosario, Sinaloa.
En síntesis, el Sr. Álvarez se queja de que en la cárcel de El Rosario se tenga en prisión a un grupo de indígenas de Chametla, incluyendo a varios de edad avanzada, por el falso delito de destruir unas plantas ubicadas en tierra de cultivo.
Analizando la carta, concluyo que el Gobernador porfirista Francisco Cañedo mandó repartir unos terrenos en Chametla a los grupos indígenas, sólo que el hecho contó con réplicas; incluso del mismo Alcalde local, las cuales terminaron en el encarcelamiento de dichos indígenas, quienes habían tratado de hacer uso de esas tierras.
El Sr. Álvarez pide la intervención de las autoridades gubernamentales para que den órdenes a la Prefectura del Distrito del Rosario y que el juez Miguel Sánchez no de lentitud al proceso, ya que el plazo de cuatro meses que otorga la ley para instruir una causa es demasiado. Añade que los indígenas ya padecen varias enfermedades en la prisión y sería lamentable que sus hijos tuviesen que hacer el triste papel de pordioseros.
Desconozco quien haya sido el Sr. Álvarez, y si aun tenga familia en El Rosario, pero a 108 años de su noble denuncia, hecha en un tiempo lleno de perjuicios contra los indígenas y la gente humilde, aplaudo y admiro ese digno gesto. También a “El Correo de la Tarde”.

domingo, 25 de abril de 2010

Furia de los dioses




Casi tres décadas después de ver “Furia de titanes” en el desaparecido cine Diana de Mazatlán, me acercó una vez más al mito, sublimado gracias a la tecnología 3D y la animación digital, con la reverencia desconfiada de quien busca el tiempo perdido de la nostalgia.


La nueva versión, además de tocar y retocar la esencia de algunos pasajes básicos de la mitología grecolatina, no puede evitar acercarse a los problemas de la actualidad, aprovechando un viaje parabólico… parabólico en más de un sentido si contamos las moralejas filosófica y el vuelo de Pegaso.

De entrada, reafirmo que yo voy al cine a divertirme y, hace buen rato, dejé de exigirle al cine gringo de fin de semana coherencia artística y corrección histórica. Cuando quiero ver una obra de arte o romperme la cabeza con enigmas fílmicos, mejor acudo al cine europeo u otras dignas producciones independientes.

Sin embargo, no dejan de hacerme ruido varias de las premisas de “Furia de Titanes” manejadas a lo largo de la trama y que pueden entrar en el esquema de la decepción de las generaciones actuales, agobiadas por heridas abiertas como las siguientes:

1.- Los progenitores desentendidos: el caso del Perseo fílmico, enseñado a vivir y a pescar por un padre no-biológico que se revela comprensivo y entregado, mientras que por otro lado está Zeus, padre severo y distante que se acerca cuando ya no se necesita de él.

2.- Las religiones teocráticas, donde se exige oración y sacrificio a los humanos en pro del bienestar común. (Es curioso que el único hombre rubio con barba sea el que insista en sacrificar a Andrómeda para calmar la ira de los dioses)

3.- La existencia misma de una divinidad que – desde un punto de vista humano y marcado por nuestra circunstancia social y tiempo histórico - no nos escucha, no responde, además de que nos da todo lo que le pedimos y creemos merecer. Aquí Nietzsche domina la trama y faltaban siglos para que Pascal y Simone Weil intentasen explicar “el silencio de Dios”.

El error histórico más grave de la película es cuando vemos a los dioses en el Olimpo preocupados porque los humanos ya no les rezan. En realidad, en el mundo de la antigüedad pre-cristiana, la oración no fue algo de uso común.
Para hablarle a la Divinidad – Zeus, Amón Ra e incluso el propio Yahvé – era menester la intervención de un sacerdote, hombre instruido y con un espacio físico donde garantizaba la presencia celestial. Y los griegos, además de las religiones enemigas de los judíos, usaban a sacerdotisas que a través del sexo permitían acceso a la comunicación con los seres superiores. Las bacanales y saturnales tenían un cómodo trasfondo religioso, ligado a la fertilidad y la renovación de las estaciones.

La “clave de acceso” de la plegaria individual apenas lleva 2,000 años y hay gente que prefiere aún los amuletos. Jesucristo abre esa puerta y cancela para sus seguidores varios de los complicados rituales del judaísmo anterior. El Corán, por su parte, sería un libro revolucionario al pedir la oración tres veces al día como mínimo, instrucción que no se nos da en la Biblia.

Incluso se consideraba eficaz el sacrificio como forma de dialogar con los dioses. En un solo día, Quetzalcóatl recibió sangre de 18,000 prisioneros. Recordemos en la Ilíada los toros sacrificados constantemente y en la propia Biblia las precisas instrucciones para los holocaustos, además de la prohibición de ejecutar a niños, algo no raro en aquel tiempo. El episodio de Abraham clausuraría en definitiva esa costumbre, según afirman algunos antropólogos y estudiosos de las religiones; aunque Abraham no siguió la tradición de Melquisedec, quien en esa época tan temprana ya ofrecía rituales con pan y vino.

Con el advenimiento del cristianismo y el judaísmo rabínico, comienza a establecerse la oración como el diálogo directo con el Creador. Desde un punto de vista histórico, la aparición de los salmos, el Padrenuestro, los mantras hindúes y la eliminación de los holocaustos, representan un súper avance en la relación con el misterio de la fe.

Aquí falla la película. La relación de los humanos con Dios Padre o los dioses páganos era muy diferente. La única semejanza directa del entorno griego con nosotros es la creencia en el logos y la psique, además de los modelos aristotélicos presentes en los orígenes del cristianismo… (Véase el libro de Los Macabeos, donde los miembros del clero ven con preocupación de la presencia helénica en la vida judía tradicional, en la que se celebran olimpiadas, se instalan gimnasios y cometen abominaciones sexuales)

Tenía razón Freud, autor que ya se considera desfasado: la vida de los hombres actuales está plagada de mitos griegos invisibles. Pero el complejo de Edipo y de Electra hoy son una verdadera Furia de Titanes, entre la hybris, las furias y el soplo cada vez más distante de las musas.

sábado, 17 de abril de 2010

La Familia Ingalls y las ejecuciones de Mankato





Descubro que en uno de los canales de televisión por cable retransmiten una serie clásica, tan clásica que llegó a tener tres nombres: “La familia Ingalls”-“Los Pioneros”-“La pequeña casa en la pradera”.

Yo la vi de niño y, casi todas las mujeres de mi generación, al hablar de su infancia la recuerdan -o quisieran recordarla- como si fuesen la pequeña niña que aparecía correteando en un pastizal, con música de fondo idílica entre créditos flotantes.

Era un entorno arcádico, donde los personajes llevaban una vida tranquila no exenta de retos, siendo el más común la pobreza o la incomprensión a los semejantes. Había siempre una moraleja que, por lo general, no caía en la moralina.
Dicha serie estuvo basada en los diarios de Laura Ingalls, una niña que en la vida real vivió la colonización del Oeste en la región de Minessotta. El personaje del padre lo encarnó Michael Landon, quien antes obtuvo fama en otro western lleno de conflictos familiares llamado “Bonanza”. (Bonanza me da miedo verla porque todos los protagonistas principales están muertos y el gutural doblaje fue hecho en Puerto Rico).
Vista a la luz del tiempo, la serie no le pide mucho a los programas actuales; incluso la pulcritud de sus guiones supera la previsibilidad de no pocas producciones del momento. Los conflictos dramáticos se desarrollan sin demasiado melodrama y, hasta donde el doblaje se toma sus libertades, el humor se mantiene incólume.
Pocas villanas han sido odiadas como Nellie Oleson, quien quedó encasillada para siempre en el ejemplo más terrible del síndrome premenstrual, como ella misma lo dice en los monólogos cómicos con los que aún se gana la vida. A la fecha hay gente que la abofetea en la calle. Su castigo es seguir condenada a interpretar ese mismo papel...
(Y en la vida real, su repugnante hermanillo era hermano de Melissa Gilbert, ambos adoptados. Melissa Gilbert de adolescente quiso que Michael Landon la adoptará en la vida real, incluso hasta anduvo con uno de sus hijos, pero algo vieron los Landon en ella que no les gustó).
Siempre me sorprendió que su papá, tan educado y noble, no la pusiera en paz ni tampoco a su impertinente esposa. Ahora sospecho que a lo mejor su mujer era la verdadera dueña de la tienda y del dinero.
El otro actor que aún sigue viviendo de su personaje es el intérprete de Almanzo Wilder, esposo de Laura Ingalls, quien radica en el verdadero pueblo de Walnut Grove. Ahí prospera un parque temático para turistas y suele fungir como anfitrión.
Algunas veces la serie se tomaba licencias, como episodios sobrenaturales donde se vivía la historia del avaro navideño de Dickens o de un anciano caminante que se revela como un ángel misterioso, pero por lo general, la credibilidad era apreciable.
Más adelante, el propio Landon intentó una secuela moderna llamada “Camino al cielo”, donde personificaba a otro ángel… dicha aventura se perdió en melosidades y chantajes evidentes. En cambio, “Los pioneros” transmitía valores sin parecer propaganda religiosa o tratar de convertirnos en héroes civiles: dejaban fluir la historia y, además, divertía a la familia.
No todo fue color de rosa en ese pueblo en la vida real. Ahí aconteció una terrible guerra con los indígenas locales y la parte más dura de ese genocidio. Es conocida como "La guerra de Little Crow" y todo comenzó cuando se acusó a unos sioux de haber matado una vaca.
Yo me enteré de este episodio cuando en Mérida vi al artista canadiense Fred Wah proyectar un libro de poemas sobre la matanza de Mankato, el pueblo más grande vecino a Walnut Grove. Seguido lo mencionaban en la serie e, incluso se sobreentiende en algunas situaciones, ahí estaba la única taberna-burdel "decente" de aquellos páramos.
Ahí en Mankato fueron ejecutados, un día después de la navidad de 1862 y en una horca inmensa, 38 indígenas alzados, la mayor ejecución en masa de la historia gringa. Abraham Lincoln y el obispo episcopal Henry Wipple lograron indultar a 285, pero no fue posible salvar a estos 38. Fred Wah se enteró del asunto porque, en una tienda de antigüedades, se encontró una charola cervecera conmemorativa del asunto: una auténtica tragedia americana donde el racismo y el capitalismo salieron triunfantes. Vale la pena reflexionar sobre este asunto.

lunes, 12 de abril de 2010

El abuelo: 100 años

Mis abuelos, Bertha Medrano y Juan Imperial





Hoy, 12 de abril, mi abuelo Juan Imperial cumpliría 100 años. Tuvo 15 hijos y más de 30 nietos. Le tocó un siglo difícil y, a pesar de que nació con la Revolución, recordaba haber saludado junto con su padre al Gral. Juan Carrasco.


El que sí anduvo en los balazos – y lo dieron por muerto durante largo tiempo – fue su futuro suegro, mi bisabuelo Alejo León, quien se unió al grupo de La Noria de Justo Tirado y se alzó con el remolino hasta que reapareció por los años veinte.


Cómo tanto revolucionarios, no recibió gran recompensa. Pasó sus últimos años como simbólico velador en las obras de mi abuelo. Mi padre me contó que se acostaba a dormir sobre una caja de herramienta, hecha con cuatro puertas unidas, armado con el mismo revólver de su juventud, “puesto un ojo al gato y otro al garabato”.


Mi abuelo perdió a su padre en la infancia y salió adelante junto con sus hermanas. Trabajó de joven con don Severo Montero, acabaron mal por culpa de unos gallos de pelea y decidió dejar el campo para dedicarse a la construcción. Lo hizo toda su vida y se jactaba de haber hecho su primer plano con una caja de puros de madera. Las reglas escuadra eran caras y escasas.


Su mamá, la bisabuela Fermina, era maestra rural. Varias de mis tías se dedicaron al magisterio y en cada pueblo que fueron dejaron una escuela. Es curiosa la vida de esa familia: los hombres andaban en la obra y las mujeres en la enseñanza. Tenían la ilusión vasconceliana de estar levantando una nación.



En Mazatlán, mi abuelo realizó varias construcciones, algunas como maestro mayor, en otras como contratista y en no pocas ejerciendo funciones de arquitecto. Trabajó con don Isaac Coppel en la Jabonería San Vicente y mi padre de niño anduvo en los andamios, así como en la instalación de los pisos del Hotel Freeman, ya que esa fue la tarea que le tocó en el “primer rascacielos del norte de México”.


Pienso ir a Tayoltita a ver los edificios que dejó allá. Mi padre estuvo a punto de nacer en el avión que hacía el recorrido de Mazatlán a Tayoltita, un Ford bimotor que aparece en un cuento de Ramón Rubín y, por su diseño novedoso, terminó como reliquia histórica en el Museo Smithsoniano, junto con el inmenso “Ganso” de Howard Hughes y el fragilísimo Flyer de los hermanos Wright.


Hay abuelos que siempre cuentan su historia. Mi abuelo era de los que nunca contaban “su historia”.


Llegó a ser regidor municipal gracias a su liderazgo en el Sindicato de Trabajadores de la Construcción, allá por los cuarenta, con el presidente Federico Cuevas. Otro día escribiré esa crónica y su conflicto con el grupo del ayuntamiento saliente, el cual terminó con una balacera incruenta en el patio del Palacio Municipal.


Ahí mi abuelo se parapetó tras de un busto de Juárez ubicado entonces en el centro. Ese busto terminó en la primaria Benito Juárez, donde yo estudié y fue directora por más de 20 años una de sus hermanas, mi tía Petra Rodríguez Imperial.


Hoy sobrevive otra de sus hermanas, mi tía Ángela, y aún atiende su cristalería “El Nevado”, en plena Aquiles Serdán. Ella fue muy guapa de joven y personaje de uno de los corridos de la Guerra del Monte, donde el caudillo Mercedes Osuna le mandaba saludos antes de “irse con la organización”. Se casó con mi tío Pancho Torrero, exitoso agente de ventas de Francisco Echeguren.


He mencionado apellidos conocidos sin ninguna pretensión. Era un Mazatlán más chico donde la gente honrada y trabajadora se conocía y trataba sin ninguna complicación. Mi abuelo siempre se jacto siempre esas dos cualidades, como un auténtico credo, y hemos tratado siempre de seguir ese digno ejemplo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Fumando con Vitola





Yo me fumo dos puros al año. Y son Cohíba. Uno en noviembre, que me regala el arquitecto de Monterrey Jorge González Neri. Otro en marzo, regalo del arquitecto Alejandro García Villalón, más conocido como Virulo.

Más que un vicio, fumar esos puros equivale a la visita anual al Monumento del Soldado Desconocido. He sido un derrotado en las filas del tabaco. Soy como esas damas que se embriagan sólo en Navidad y en las bodas… O aquellos vegetarianos que se comen una hamburguesa cada tres meses a escondidas de su esposa y los hijos.

Me dice Virulo que la hoy popular Niurka es en realidad un invento igual de mexicano que la torta cubana: nadie las conoce en Cuba. A la torta cubana le celebramos su generosidad de carnes. A Niurka, su papel en “Aventurera”.

Antes que Niurka, tuvimos otra artista cubana como personaje de nuestra cultura popular. No tenía la silueta de una vedette del cine mexicano; pero, viéndola bien, su cuerpo es muy similar a la estructura anatómica de las modelos de hoy, tiempos de la anorexia y abulia del bolo alimenticio.

Me refiero a Fanny Kauffman “Vitola”, la genial comediante que aplaudimos no sólo en las películas de Tin Tan, sino que incluso hasta cumplió el reto de interpretar a una imposible mamá de Pedro Infante en “También de dolor se canta, donde la vemos como esposa de Óscar Pulido y a Pedro de maestro de escuela y “estrello” de cine”.

(Para mayor confusión familiar, su futura esposa Irma Dorantes, entonces de 15 años de edad, personifica a su hermana latosa e ingenuota).

Vitola no es cubana de nacimiento: nació en Toronto y su familia vivó antes en una de las regiones más remotas de Canadá, en el poblado de Churchill, sitio perdido en una bahía más intricada que el trazo de una hoja de maple. Alguna vez viajé por las carreteras del norte de Canadá y me tocó ver ese sitio en el fin del mapa.

No es el único símbolo tropical del cine mexicano nacido en páramos boreales donde la nieve es cosa de todas las vidas. Yolanda Montes, “Tongolele”, nació en Spokane, región fronteriza de Canadá y Estados Unidos. A la fecha no habla español con corrección y se hizo amiga muy cercana de Tin Tan porque él hablaba inglés con fluidez. Me dice Virulo que Tongolele nunca estuvo en Cuba.

Vitola es tan cubana como su apodo. Los mexicanos de a pie consideramos al puro un genérico, pero los cubanos, que lo ven como medicina y tampoco conocen el chile habanero, tienen más presentaciones de tabaco que las variedades mexicanas de salsa. Vitola es el nombre de un puro alargado que quizás en algo recuerde a la silueta de esta diva. También se le llama así al molde que forma un puro y a la anilla que lo asegura y de paso, evita que nos manchemos de nicotina.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra vitola -sin mayúsculas - ha tenido con el tiempo estos significados: 1.- Plantilla para calibrar balas de cañón o de fusil. 2.-Regla de hierro para medir las vasijas en las bodegas. 3.- Cada uno de los diferentes modelos de cigarro puro según su longitud, grosor y configuración. 4.- Traza o facha de una persona… O sea que vitola también es la regla de oro para pedir un puro o medir el aspecto físico de una persona.

Uso la palabra Diva sin temor a cometer una descortesía, ya que doña Fanny Kauffman fue cantante de ópera y dejó de hacerlo cuando vio que la gente se reía al momento de prorrumpir en un aria: así eran de chistosos los gestos nacidos de su esfuerzo vocal. Vea usted “El rey del barrio”, donde Tin Tan se finge maestro de ópera para sonsacarle dinero y ella interpreta un aire que arranca los elogios de Germán Valdés, quien finge hablar italiano: “¡Bela, bela, belísima! Hasta parece una vela”.

Encendimos por ella un puro y también, una sonrisa como vela.

sábado, 13 de marzo de 2010

Magia y Palabra





Es curioso: la palabra “gramática”, utilizada con energía en la enseñanza del idioma, estaba relacionada en su origen más con la magia que con el lenguaje.


Hoy no lo parece, pero muchas palabras en su origen fueron atrevidas metáforas, las cuales decimos en el momento actual sin buscar su real y primigenio significado. Alguien escuchó en una tormenta al cielo decir el nombre del dios Thor y de ahí surgieron la palabra “trueno” y sus derivaciones. (Thunder en inglés)


La raíz griega es grammatiké tekné (arte de escribir). Durante la Edad Media, la gramática (grammar) incluía todo conocimiento, incluso la magia, asunto muy común del cual aún la ciencia no había demostrado su gran dosis de superchería.


De hecho muchas ciencias hoy respetables, como la química y la astronomía, tuvieron su base en profesiones ejercidas originalmente por pícaros como los alquimistas y los astrólogos. No era raro que algunos científicos serios (véase el caso de Kepler) se revistieran de un aire de misticismo para ganarse credibilidad y, de paso, también la vida.


De “grammar” se derivó en el escocés a gramarye, en el entendido de “encantador”; pronto la palabra se convirtió en glamer y por último de ahí surgió el vocablo ingles glammourous: aquel que posee dones obtenidos por encantamiento.


En esa antigüedad sin glamour, el mago y el gramático se confundían, así como el encantador que rezaba palabras mágicas y el hombre inspirado que invocaba palabras llenas de magia.


Escuchamos a los magos decir “abracabra” y esa es una palabra que puede escribirse en un triángulo y leerse igual de arriba a abajo. Los genios, que son personajes de las Mil y Una Noches, suelen decir ¡Alakazán!, una variante - o quizás el origen - de ese concepto. La palabra “alquimia”, y casi todas las que comiencen con “al”, son de origen árabe: albañil, alfeñique, alcahuete, alcantarilla, etc.


Dentro de un mundo con exceso de analfabetismo y credulidad, el poseedor del don de la palabra escrita pasaba por un ser extraordinario. Aquellas personas que no sabían leer y escribir llevaban consigo conjuros u oraciones, seguros de que portar un papel escrito los protegía de la desgracia o los males de los hombres.


En el Tibet, hay templos donde las oraciones están escritas en rollos de papel, forrados de metal para que no se dañen. Los peregrinos caminan haciéndolos girar y ese acto vale por una oración.


No es de extrañar que los libros fuesen respetados como objetos mágicos. En el mundo islámico, a la fecha, un ejemplar de El Corán no debe de ponerse en un librero o estar abajo o encima de otro libro. Debe de estar en un mueble propio, de preferencia en una mesa. Si uno entra a una casa de musulmanes piadosos, no es raro que encontremos un Corán colocado reverentemente en un atril, así como aquí en México muchas familias lo hacen con una Biblia.


Los hebreos también fueron un pueblo del libro y creían en la magia de las palabras. Para algunos de ellos, un bebé recibe el espíritu al momento que dársele nombre. Los judíos ortodoxos no pueden dar a un recién nacido el nombre de un familiar vivo: lo bueno es que el Pentateuco les ofrece gran diversidad de opciones.


Una leyenda dice que los rabinos medievales podían crear un “Gólem”, especie de Frankenstein de arcilla usado en las sinagogas para trabajos menores. Para darle vida, le escribían en la frente la palabra EMET, que significa VERDAD. Si se deseaba desactivarlo, se le borraba una letra y quedaba MET: muerto en lengua hebrea… Una vez un rabino lo dejó crecer demasiado y, al borrarle la letra con una escalera, el mono cayó encima de él, matándolo de inmediato.


Hoy, en hebreo moderno, la palabra Gólem equivale a “tonto”. En verdad, son sorprendentes la magia y vida propia que adquieren con el tiempo las palabras.

domingo, 7 de marzo de 2010

La locura de San Juan de Dios





A los 21 años descubrí que nací el mismo día que nació y murió un “santo loco” aunque, por supuesto, en diferente época. Definido así por sus contemporáneos, no sólo pasó una temporada en un manicomio, si no que luego fundaría varios de esos sitios y llegaría a morir a consecuencia de una locura.


Mi intención aquí no es hacer propaganda religiosa o anticlerical, si no rescatar a un más que curioso personaje de la historia. Si usted es ateo o pertenece a una religión que no venera a santos fallecidos, tome este texto como un ejemplo de literatura fantástica, como decía Borges. Pero tome en cuenta sus valores.


San Juan de Dios, santo que hoy celebra su nacimiento para el mundo y para el cielo, fue un personaje peculiar. Y no me enteré de su vida leyendo una libro piadoso, si no en el suplemento Sábado, que dirigía Huberto Batis, donde lo mismo se publicaban reflexiones de política cultural, traducciones de Nerval o Ezra Pound, dibujos eróticos y repentinos análisis filosóficos.


Pertenezco a una generación que considera la locura un estado de gracia. Leí y vi de niño adaptaciones de “El Quijote” y en la secundaria alguien puso en mis manos “El loco”, de Gibran Jalil Gibran, excelente escritor que, de manera inexplicable, pasó a formar parte del gremio de la autoayuda gracias al manoseo de sus parábolas.


Todo gran santo fue antes un gran pecador o llevó una vida mundana. Juan de Dios de joven fue pastor, vendedor de libros, soldado bajo las órdenes de Carlos V y estuvo a punto de ser ahorcado por descuidarse durante una guardia.


Participó en la defensa de Viena de los turcos y, como Cervantes, vivió un tiempo en el norte de África. Sería en Granada, durante 1539, cuando sintió el llamado de la fe absoluta, total y pura.


Ahí, luego de escuchar una plegaria de Juan de Ávila – elevado a santo en su momento – fue cuando lanzó unos gritos, reconociéndose como pecador y de inmediato vendió su pequeña librería y repartió el dinero entre los pobres. Tenía 39 años e ignoraba que le quedaban 16 de vida.


Luego de esa epifanía, empezó a correr por las calles, desnudo y recibiendo palos y pedradas, hasta ser recluido en un manicomio. Pasó largo tiempo en esos sitios hasta que Juan de Ávila le invitó a gastar sus energías en una verdadera “locura de amor”.


Algunos historiadores sostienen que padeció y superó una enfermedad mental; otros afirman que se fingió loco para ponerse a prueba a él y a su prójimo, imitando a San Simeón, personaje que inspiró a Buñuel la trama de “Simón del desierto”.


Juan de Dios fundó varios manicomios y mejoró el trato a los residentes: su experiencia previa en ellos fue fundamental, aunque hay testimonios de que fue mal administrador y, poco antes de su muerte, casi no salía a la calle para que no encontrarse con gente a la que le debía… También le tocó un incendio y salvó a varios reclusos padeciendo varias quemaduras, por lo que también se le considera protector de los bomberos. Falleció luego de que trató de salvar –inútilmente- a un joven caído a un río helado el 8 de marzo de de 1550, día de su cumpleaños.


Su primer hospital lo construyó junto con dos hombres que se odiaban, ya que uno había asesinado al hermano del otro. Logró volverlos amigos y Antonio Martín, uno de ellos, sería el heredero en la empresa.


Repaso su vida sin ninguna irreverencia. Usted puede corroborar esta información en Internet o, de preferencia, en un libro docto de santidades. Lo que me encanta de este personaje es su humanidad; no sólo en el sentido humanitario de hacer el bien, si no de su existencia llena de calamidades, equívocos y confusiones, similares a las que enfrentamos a diario todos los mortales. ¿O no es así?

lunes, 1 de marzo de 2010

Alexis Carpentier





¿Cómo veríamos y recordaríamos al escritor Alejo Carpentier si no hubiese castellanizado su nombre? Una polémica acta de nacimiento lo registra como Alexis.

El sólo nombre de Alejo tiene resonancias patriarcales, vecinas a Europa Oriental o la literatura rusa. A pesar de tener el derecho de usar ese nombre de pila -que hoy resuena muy juvenil-, el nome de plume del fundacional autor cubano fue la traducción castellana hoy conocida.

Es interesante repasar por qué el escritor modifica más de identidad que el humano común. ¿Hizo bien Henry Beyle en trasmutarse en Stendhal? ¿Leeríamos igual “Rojo y Negro” si fuese signada con ese pacífico nombre de oficinista o burócrata del segundo Imperio? El apellido Beyle salió de las fronteras y, según registra Sergio Ramírez, allá se convirtió en Debayle, primer apellido de la musa de “Margarita está linda la mar” y segundo del dictador Anastacio Somoza.

Hay escritores que nacieron con nombres definitivos: Conde León Nicolaievich Tolstoi, Roger Martin Du Gard, Príncipe Guiseppe Tomasso di Lampedusa o Alphonse Louise María Prat de Lamartine.


Otros acudieron a referencias menos escandalosas. Durante la ola antigermana, Ford Madox Ford se quitó el apellido Hueffer y asumió el reiterativo nombre con que lo conocemos. Alberto Pinchele prefirió apellidarse Moravia sin necesidad de conflictos bélicos. H. H. Munro, nacido en Birmania y muerto en las trincheras de la I Guerra Mundial, es el celebrado cuentista que firmó como Saki.

Dos imprescindibles autores en lengua inglesa fueron bautizados con accidentes geográficos: Óscar Fingal Wilde (una caverna en una isla desierta) y Joseph Rudyard Kipling (el lago británico donde sus padres se conocieron).

Edgar Allan Poe y Truman Capote honraron a sus padrastros conservando sus apellidos, mientras que Virginia Woolf y Karen Blixen asumieron los de sus respectivos cónyuges. Sidonie Gabrielle Colette confío en la solitaria originalidad de su apellido, mientras que Marguerite Crayencour prefirió anagramatizarlo en Yourcenar.

Los anglosajones aman las ecuaciones: H.D. (Hilda Doolittle) optó ser recordada con sus iniciales y Edward Estlin optó por sobrevivir en minúsculas como e. e. cummings… T. S. Eliot se llamaba Thomas Stearns y dos iniciáticos novelistas, J.R.R. Tolkien y C. S. Lewis, compartieron la pasión por las sagas así como el gusto por las abreviaturas.


Neftalí Reyes Basualto y Félix García Sarmiento eligieron los rotundos seudónimos de Pablo Neruda y Rubén Darío. Lucila Godoy de Alcayaga es tan Gabriela Mistral como doña Juana Fernández Morales es Juana de Ibarbourou. (¿Ya se fijó que los dos Nobel chilenos usaron antifaces nominales?)


Vicente Huidobro se quitó el García intermedio y don Juan Carlos Onetti sostenía que originalmente su patronímico había sido O’Netty. El boticario Felipe Camino se convirtió en el poeta León Felipe y aun no estamos seguros si Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan correspondieron al esquivo B. Traven.


Pero el rey de los seudónimos en México fue Manuel Gutiérrez Nájera: el Duque Job, Puck, Recamier, Tick-Tack-, Perico el de los Palotes y un genésico etcétera colman su bibliografía en publicaciones porfirianas.


Alexis Carpentier suena más a nombre de poeta. Y la ingeniera verbal y la maquinaria de emanar poesía con la prosa son uno de los atributos más portentosos del autor de “El siglo de las luces” y “Los pasos perdidos”. El nombre no siempre es lo de menos: en el caso del escritor, es donde cada palabra adquiere mayor resonancia. Una seña de identidad para ubicar la figura invisible oculta tras el misterio de sus páginas.

domingo, 21 de febrero de 2010

Madero y Washington, 1913






Hoy es el aniversario del nacimiento de George Washington y también de la muerte de Madero, dos próceres que a su manera, tiempo y estilo, lograron una permanente obra libertadora.



En su campaña presidencial, Madero estuvo en nuestro puerto de una manera bastante peculiar. El mitin se llevó acabo en el Circo Atayde, el cual era una empresa circense de origen reciente… fundada aquí en Villa Unión, por cierto.


Entre los organizadores de esa actividad, destaca la figura de un escritor y activista político fundamental para entender el porfiriato. Heriberto Frías, ex soldado que renunció a raíz de la masacre de Tomóchic, en Chihuahua y pasó sus últimos días en nuestro puerto.


La caída de Madero – antes de que se supiese su muerte - fue celebrada con champaña en la embajada de los Estados Unidos. Henry Lane Wilson fue el embajador quien propició muchas de las circunstancias que desembocaron en su renuncia, detención y asesinato, aunque algunos analistas afirman que su muerte era algo no previsto en los planes originales.


Wilson exigió garantías para las inversiones norteamericanas. Él y su gobierno estaban a disgusto con Madero, pues éste había creado un impuesto a la exportación petrolera, algo inédito en ese tiempo.


Haber aplicado ese impuesto, en los primeros años del siglo XX, fue el primer acierto y, al mismo tiempo, el más grande error político de don Francisco.
Don Bernardo Reyes (padre del gran escritor Alfonso Reyes) y Félix Díaz (tragicómico sobrino de opereta de don Porfirio) organizaron un golpe de estado, el cual fue impulsado por el embajador norteamericano. Incluso en el sótano de la embajada gringa se imprimieron panfletos para conseguir adeptos a la rebelión.
Durante la Decena trágica, Madero designó a Victoriano Huerta para enfrentar la rebelión y el embajador instó a Huerta a unirse a los porfiristas por medio de Pacto de la Ciudadela. A pesar de que el propio Huerta y el artillero Felipe Ángeles hubieran podido tomar la Ciudadela, recinto de los alzados, Huerta nunca lo concretó y, además, le impidió a Ángeles llevar a cabo el ataque a ese bastión.
La traición de Huerta culminó con los asesinatos del presidente Madero y José María Pino Suárez. La voz popular rebautizó el acuerdo como el Pacto de la embajada. Y aconteció durante la fiesta de George Washington.
Esto fue demasiado. A Gustavo A. Madero se le asesinó de manera artera e incluso le arrancaron el único ojo sano que tenía, ya que portaba una prótesis. Durante su última noche de vida, los testigos cuentan que Madero la pasó muy triste, llorando la cobarde muerte de su hermano a manos de unos forajidos.
Fue tan burda esta intervención del embajador Wilson que, durante buen tiempo, los gringos no volvieron a ser tan viles y evidentes en sus maniobras de presión a México.


Diplomáticamente, esto fue algo muy criticado, aunque luego harían cosas peores en otros países. (El mejor y más imparcial testigo del momento fue el embajador de Cuba, quien trató de salvar a Madero y lo dejó escrito un libro.)

En descargo a los embajadores gringos, debemos decir que el siguiente, Dwight Morrow, demostraría a su gobierno que México que nunca sería una dictadura comunista. Y posteriormente, Josephus Daniels, convencería a Roosevelt de no atacar a México durante la Expropiación Petrolera, asunto poco analizado por nuestros historiadores.
Morrow amaba México y era amigo de Diego Rivera. Daniels sabía que la expropiación era una causa justa, positiva para el país y, a la larga, también para los Estados Unidos.


Por cierto, Morrow fue suegro de Charles Lindberg, quien conoció a su hija en una visita de buena voluntad a México en 1927. ¿Curioso, no?

domingo, 14 de febrero de 2010

Ah, qué amistades!


Doña Elenita y Don Paco, una amistad de décadas...


*

Cómo vengo de una familia muy saludadora, me resulta difícil entender a esa gente que encontramos en la calle y a veces finge no habernos visto.

A lo mejor tuvieron una mañana difícil o hemos sido impertinentes con ellos en el pasado, pero un ligero saludo, aunque sea un gesto, no quita la civilidad.

Debo reconocer que yo también he incurrido en eso. Soy un alma distraída y los años de miopía han limitado mi capacidad de percepción perimetral. Pasan junto a mí y no los percibo. Incluso, aunque me convenga mirar a la aparición en turno, no me doy cuenta a primera instancia.

En consecuencia, muy seguido saludo a gente que confundo con otra y luego ya no encuentro como remediarlo. Termino creando nuevas amistades.

Es muy fácil reconocer a esas personas que no consideran la cortesía como un asunto permanente. Mi método se basa en la observación. Si alguien no nos quiere saludar, de manera inconsciente disminuye el paso, como arrepintiéndose de toparse con nosotros… luego aceleran un poco, sin darse cuenta, y miran hacia otro sitio, así como distraídos.

Estudié teatro muy joven, con el Mtro. Casto Eugenio Cruz, y desde entonces aprendí la importancia de los gestos, el lenguaje corporal, la manera en que expresamos u ocultamos los verdaderos sentimientos.

Los auténticos distraídos pasan junto a nosotros con la vista al frente, sin revisar aquellas cosas que llevan en la mano o su oportuno celular. Los esquivos se cruzan la calle unos metros antes… a esos antipáticos los castigo interceptándolos en su fuga, obligándolos a que me den la cara, sin revelarles que me di cuenta de sus previas intenciones de fuga. Perdono, pero no olvido.

Con las redes sociales ocurre algo parecido. Dos conocidos, que actualmente detentan un poder político temporal y son mucho mayores que yo, no han deseado aceptarme como amigo virtual, a pesar de que hemos colaborado antes y les he hecho más de un favor.

Esto es fácil saberlo porque el moderador de la red social deja de insistir en que te vuelvas amigo de la otra persona… persona que está activa en Facebook porque te enteras - por la misma red - que ha seguido aceptando a otros amigos. ¿De eso se trata la amistad?

No todos podemos ser amigos de todos. Alguien me crítica por ser demasiado generoso con eso, de tener una bolsa de amigos en vez de un grupo selecto, una élite personal. Pero crecí en un mundo multitudinario, donde toda la gente se conocía y se ayudaba sin necesidad de invocar las relaciones personales o de ocultar los intereses del momento.

Entre lo positivo del carnaval, existe el hecho de que permite reencontrarse con otros o hacerse amigo del desconocido, en un marco de cordialidad y júbilo. El acto de salir a una tradición popular revela ese deseo. Uno se encuentra en el marco de la fiesta con personas de las que a veces no recordamos haber sido presentados o sólo ubicábamos de vista.

Durante mucho tiempo, de manera popular, automática y sintomática, el carnaval fue una celebración espontánea de la amistad. La ciudad ha crecido y ciertos valores decrecido con ella. Aún así, sobreviven focos de esa magia tribal que nos hacía encontrarnos en el rostro de la multitud y reflejarnos sin miedo en el colorido de sus máscaras.

Y así como existe gente que va por la calle, como si fuera la Reina del Carnaval, no deben olvidar que la propia reina sí nos saluda a todos: desde lo alto de su trono y su cauda, en un mensaje silencioso que no debemos de olvidar, mantener y, por supuesto, acatar.

domingo, 31 de enero de 2010

J. D. Salinger, el misterio, la bruma...





Se nos fue J. D. Salinger, uno de los escritores más misteriosos de los todos los tiempos. Esa ha sido la noticia más revelante en el entorno literario: no sólo murió un autor ermitaño, si no uno de los últimos símbolos de las letras norteamericanas del siglo XX.

Muchos sólo lo conocen porque es el creador de “El guardián en el centeno”, aquel la novela que obsesionó al asesino de John Lennon. Por si fuera poco, ese mismo día que lo mató, hizo en la vida real casi todas las cosas que hace el personaje en la novela: Holden Cauldfied.

Como la novela tiene 26 capítulos, Chapman declaró que al matar a Lennon é había escrito el capítulo 27. (Hay una película por ahí que narra esta historia: “Capitulo 27”. Taxi Driver, la clásica cinta de Scorsese-DeNiro, también toca el tema del tipo gris que comete un asesinato para hacerse famoso, sin decir el nombre de Salinger).

Por culpa de todos ellos, la obra de Salinger ha sido satanizada. Hasta llegó a prohibirse esa novela que “invitaba a cometer asesinatos”. Hubo un tiempo que no se conseguía en México. No fue censura. Quizás porque era una historia “bastante gringa” para el grueso de nuestros lectores ochenteros.

Antes y después de esos escándalos, Salinger llevó una vida monástica. Vivía en una casa de campo cerca de Nueva York y escribía todos los días. No publicaba nada. Todo se guardó en una caja fuerte.

Nada más un vecino lo trató continuamente y nunca hablaron ni de literatura ni de fama. Seguido le visitaban fanáticos, pero ni les abría la puerta ni se asomaba a la ventana.

Llegó a ser olvidado por rachas, pero nunca dejó de ser un clásico. Un incendio en su casa aumentó la leyenda de que se habían perdido ahí nuevos manuscritos. Él nunca declaró nada al respeto.

Salinger fue el primero en tocar el tema de la adolescencia y sus miedos. Sin él, no se explica la aparición en los años 60s de la novelística de José Agustín y Gustavo Sainz, por nombrar a sus mejores discípulos aquí en México.

No volvió a publicar desde esa época. Una vez se enamoró de una chica por correo (correo del de antes, aquel de cartero con silbato y quince días de espera) y dicha dama decidió poner en subasta sus cartas, oro molido para los adoradores que tenían años esperando una nueva página suya.

Por fortuna o por desgracia, esas cartas amorosas fueron compradas por miles de dólares por el Dr. Norton… Sí, el Dr. Norton de los antivirus, el mismo que aparece como un ícono en las computadoras, el cual es un hombre real como Billy Gates y posee millones de dólares, además de ser un buen admirador de Salinger.

En el colmo de la caballerosidad y el ejemplo al respeto a la vida privada, el Dr. Norton compró las cartas y se las devolvió al propio Salinger sin leerlas. Buen ejemplo en esta época de paparazzis y revelaciones de alcoba farandulescas.

Dos escritores amargados en películas gringas están inspirados en él. Son los de “El campo de los sueños” (James Earl Jones) y “Descubriendo a Forrester” (Sean Connery).

Yo leí sus textos en la Biblioteca Benjamin Franklin de Mazatlán. Tiene cuentos muy raros, algunos descuidadamente escritos (no lo digo yo, lo dicen los críticos) pero el aliento de su obra es el del misterio… Ahora él se ha ido y quedan las brumas de esa actitud sostenida.

Su misterio no es como el de Greta Garbo. Es el como el de Lilian Gish, la actriz del cine mudo que era tan bella qué, cuando envejeció, jamás se dejó tomar una foto y siempre salió a la calle envuelta bajo un velo. No iba a permitir que sus admiradores sufrieran la decepción de ver su rostro destruido por el tiempo, la realidad y las arrugas.

A pesar de lo admirable de Salinger, y de este tributo que comparto, no dejo de preguntarme si lo que había tras él no era la genialidad, si no tan sólo un hombre sencillo que tan solo deseaba que nadie lo molestaran y la cultura gringa, carente de videntes, se imaginó todo el resto. Claro que hay calidad humana: el misterio es más grande.