lunes, 27 de octubre de 2008

Muertos con uno


Cementerio musulmán, en el Sahara Occidental


Viene el día de los fieles difuntos. La cascada de discusiones sobre la pertinencia de las ofrendas sobre la transculturización del Halloween. El aumento del precio de las flores. El pan de muerto con cafecito y los adornos de bizarro gusto en espacios comerciales.



Viene también la reflexión. La evocación que se vuelve invocativa. El flagelo y la herida que se abren o que se miran con melancolía, resignación o duda.



Existen personas tan dolidas que, al margen de esta fecha, pasan tardes enteras frente a las tumbas, realizan trabajos manuales a la vera del sepulcro o celebran cumpleaños con pastel, globos y canciones.



Los tanatólogos modernos – esas personas capacitadas para ayudar a las personas que han perdido o están por perder a un ser querido – recomiendan no ir demasiadas veces al cementerio. No solo es terrible para quien padece la pérdida, si no también para los familiares cercanos, preocupados por la salud del deudo. La depresión es cuestión seria.



Aún así, la tradición del Día de Muertos vivirá enraizada con profundidad en nuestra cultura. Es no solo un consuelo; también una forma de testificar simbólicamente que aún recordamos a quienes se fueron.



La Biblia aconseja derramar lágrimas y hacer el velorio como corresponde y consolarse desde el momento que el muerto reposa. “Porque la tristeza lleva a la muerte y la pena interior consume las energías. No abandones tu corazón a la tristeza y piensa en tu propio fin”. (Sirácide, 38:18,19)



No podemos decir que para el ateo o el incrédulo (las palabras no son sinónimos) el camino sea más duro. Algunos descreídos asumen las perdidas con la misma capacidad cerebral de quien analiza un grupo de átomos que dejan sus funciones orgánicas y vuelven a ser materia inanimada. Otros se entregan a un doloroso laberinto donde la ciencia o el conocimiento no aportan gran luz de consuelo.



Hace tiempo conocí un cementerio en un país islámico. Me sorprendió descubrir que las tumbas solo eran una piedra no muy grande, ruda y sin nombre, colocada sobre el sitio de la sepultura. Los sepulcros de las mujeres llevaban dos piedras y esa era es su única deferencia.



La muerte de mi padre había acontecido meses atrás. Era extraño caminar entre esas tumbas, bajo el sol intenso, con las mismas botas que él usara en vida para trabajos sencillos o hacer excursiones: hasta sus últimos momentos había sido un hombre fuerte y activo. Esas mismas botas las había llevado yo antes a un viaje a las montañas de Canadá y conocieron la nieve.



No cabrían aquí mis reflexiones. Sólo diré que algo parecían transmitirme esos fragmentos de cantera rota, perdidos en la tierra abrasadora del Sahara. ¿Éramos los humanos, en la vida y en la muerte, tan sólo una astilla aislada entre la invisible música del cosmos, así como la huella de mis pasos perdidos en ese cementerio?... ¿De nada sirven las honras funerarias y los triunfos materiales de la vida, si las cosas van a ser barridas por el gran final, tal como se nos ha prevenido en el libro del Eclesiastés? Esa costumbre musulmana de no hacer grandes sepulturas ¿es una manera de aceptar y, al mismo tiempo, negar el poderío de la muerte?



En lo personal, me ha convencido la creencia de que los muertos se llevan con uno. Creer que están confinados a aguardar bajo veinte pies de tierra me parece una contradicción propia de la Edad Media. Ahí no hay nadie. En esto creo.



No niego el participar en la celebración de esta fecha: el Día de Muertos es un día al año, mientras que el resto del tiempo es para los vivos. Aunque cada quien sabe como lleva su vida, su fe y su muerte. Y claro que acompaño a mi madre y mis hermanas en las fechas significativas.



Pero yo también tuve mi visión y ahora la comparto. Cómo dijo Jaime Sabines, el camino de la muerte es largo, difícil y terriblemente personal. Y antes, recordemos la imprecación desafiante de San Pablo ante el triunfo de la fe: Muerte, ¿dónde está tu lanza?, ¿dónde está tu victoria?

martes, 21 de octubre de 2008

Veinte años




Hace veinte años publiqué mi primer libro. Era un estudiante de Prepa de dieciocho años y, cuatro años atrás, había tomado la decisión más importante de mi vida.


A los catorce fue cuando me convencí que no podría ser otra cosa en la vida que escritor. En aquel tiempo aún vivían Borges, Rulfo y Juan Carlos Onetti, los cuales publicaban artículos en la agencia EFE y aquí podían leerse en el suplemento dominical de NOROESTE.


Iba yo entonces a la Prepa Jaramillo y mi maestro Rafael Patrón nos hacía leer cuentos de Arreola, a quien había conocido en Ciudad Guzmán, Jalisco. El pasatiempo al fin de la jornada era irse caminando a un centro comercial vecino a ver y sentir la modernidad.


Era el único de la ciudad entonces con pretensiones de primer mundo y su librería estaba bien surtida. Una vez compré “Crimen y castigo”, en la traducción de Rafael Cansinos Asséns, en una edición bastante llamativa y sobria que se antojaba leer.


Tuve la fortuna de que muchos cosas cambiaran en la región durante los ochenta. Y digo la región, no Sinaloa, porque algunas ventajas ya existían, pero solo para Culiacán. Los apoyos a la literatura de DIFOCUR, y la mayoría de los que aplicaba la universidad, se concentraban en esa zona demográfica.


Sería en 1988, hace ya veinte años, cuando tuve la fortuna de publicar mi primer libro, el cual apareció en el mes de octubre. De hecho iba a publicar dos: uno de cuentos en DIFOCUR y otro de poesía en mi Universidad, pero este último no se pudo concretar. Me pesa que se hayan perdido las viñetas del Mtro José G. Durán, excelente dibujante, amigo de la familia y mi profesor de sociología en la preparatoria.


“Con sabor a limonero”, tardó exactamente nueve meses en quedar listo. Se imprimió en la editorial Tinta Negra, del DF, y recuerdo que tardaría una semana en llegar, ya que lo mandarían por una línea de transportes de pasajeros. Vaya, dije, si el camión sufre un siniestro, voy a quedarme sin libro otros nueves meses o quizás toda la vida.


No me gustó la portada, a pesar de que su color amarillo era agradable, así como sus letras color verde aguacate. En vez de letras “O” presentaba unos limones partidos… Si el libro se llamaba “Con sabor a limonero” y si el cuento que le daba título pretendía ser erótico, bien hubiesen puesto un árbol con una silueta femenina.


Me destanteó de tal manera esto que se me olvidó fingir sorpresa y agrado ante la persona que me había invitado a publicar y que, en aquel momento, me mostró el libro. Era el editor sinaloense Sigfrido Bañuelos, quien asumía la responsabilidad de publicarle literatura a alguien tan joven. Antes de mí, en ese periodo, sólo habían impreso textos de ensayo e historia.
Como siempre, cometí el error de decir exactamente lo que pensaba. Al igual que Saint-Exupéry, a la fecha me ha costado mucho entender ese mundo adulto donde es necesario mentir todo el tiempo para no parecer antipático.


Para colmo, un poeta que estaba confinado a un escritorio vecino añadió que a esos limones partidos nomás les faltaban unos camaroncitos con sal y algunas ambarinas… Recuerdo que ya eran las doce del día y comenzaba a hacer calor.


Tampoco me gustaron las invitaciones para el coctel. Parecían esquelas de primera comunión. Sigfrido me dijo que jamás olvidara que mi libro tenía el color de un pollito recién nacido.


Entonces me cayó el veinte – como ahorita me esta cayendo el otro veinte – y le dije a mi primer editor una frase que hoy le vuelvo a decir porque se la sigo debiendo: muchas gracias, Sigfrido, muchas gracias por ese primer libro.

lunes, 13 de octubre de 2008

Lo nuevo de Carlos Fuentes




Acaban de dar el fallo del Premio Nobel de Literatura. Una vez más, no ganaron Mario Vargas Llosa, Gonzalo Rojas o Carlos Fuentes, tres de los escritores en lengua hispana más propuestos y sólidos del momento.


Por coincidencia, leo por estos días “La voluntad y la fortuna”, nueva novela de Carlos Fuentes que comenzó a circular a mediados del mes pasado. El arranque es prometedor: la cabeza ejecutada de un personaje nos cuenta su vida mientras flota a la deriva en las aguas del Pacífico.


En realidad, la trama no liga con los sucesos violentos recientes. El tema aquí es el poder y la relación de dos amigos, enfrentada con los enredijos de la política y la oligarquía en México.


Hace tiempo que leo a Fuentes sin prejuicios. Hay quien añora los murales polifónicos de sus primeras novelas y le cuesta acercarse a sus nuevos experimentos. Uso la palabra experimentos porque considero un gran mérito que don Carlos siga arriesgándose con sus apuestas narrativas, en vez de asumir el silencio marmóreo de autores como Rulfo o Fernando del Paso.


Quizás, si las últimas novelas de Fuentes hubiesen sido por otro escritor distinto, serían vistas de otra manera. Pero como es él, esperamos que siga produciendo en serie las construcciones arquitectónicas y verbales de sus primeros tiempos. O que las supere de otra manera. O que publique más a lo largo.


No soy crítico literario, profesión que respeto. Soy un lector que comparte sus vivencias. “La voluntad y la fortuna” es una historia narrada con un lenguaje ágil y conocimiento de las técnicas narrativas, aunque un poco bizarra a partir de la parte media. La vocación esperpéntica-satírica de Fuentes que ya vimos en Cristóbal Nonato vuelve a desenroscarse con personajes que son símbolos encarnados: Lucha Zapata – su nombre mismo ofrece más de una clave para visualizarla como el Némesis de Lucha Villa – o el presidente de la república que asciende al poder, gracias al voto condolido de una nación, que presencia su dolorosa viudez: la primera dama que no llega a serlo debido al demonio del cáncer.


El texto, en apariencia sencillo, ofrece momentos densos en los que los personajes-Carlos Fuentes comparten sus ideas filosóficas. Por ahí refulge una descripción casi mística de Baruch Spinoza, puliendo los traslúcidos cristales en su taller.


En esta novela, aparece una huella secreta de Luis Buñuel, a quien Fuentes trató en vida e incluso le dedicó una de sus novelas. Hay un episodio donde un sacerdote compara a un joven con una flor a la que luego pisotea para compararla con la experiencia del pecado, anécdota similar a una que Buñuel contaba en sus memorias… ¿Las discusiones teológicas del personaje Filópater habrán tenido alguna contraparte en la realidad mexicana de los años sesenta? Por otra parte, el episodio final se titula “Subida al cielo”.


Revisando la solapa, donde Fuentes ha trazado el cambiante árbol genésico de sus novelas bajo la égida de “La edad del tiempo”, aparece “La voluntad y la fortuna” no como una novela perteneciente a alguna variante, sino en el mismo bloque individualista que ennumera por separado a “La región más transparente”, “La muerte de Artemio Cruz” y “Los años con Laura Díaz”. Me pregunto si esta novela originalmente no había sido pensada con el título “Cástor y Pólux o la voluntad y la fortuna”, con lo cual quedaría, sin ningún conflicto, en el apartado “Crónicas de nuestro tiempo, división que incluye las otra novelas fuentianas con temáticas helénicas: “Diana o la cazadora solitaria”, “Aquiles o el guerrillero y el asesino”, etc.


Un comentario personal: por estos días, he fungido como un jurado de un premio de novela donde la mayoría de los autores son jóvenes. Me llama la atención en el 80% de las novelas participantes aparece un iPod como objeto familiar de los personajes. Pues bien, en el nuevo libro de Fuentes no solo aparece el iPod, sino también asuntos tan inmediatos como el Facebook, Guantánamo, Abu Ghraib, Justin Timberlake, los emos y Gael García Bernal. Incluso se aclara que el aeropuerto descrito en una escena es la Terminal 1 y no la 2, recientemente establecida.


Quizás el autor no sólo desea mantenerse actualizado y al día. También joven, de la misma manera que lo fueron Mick Jagger o Compay Segundo, aludiendo una frase repetida dos veces en corpus de “La voluntad y la fortuna”. No hay espejo más fiel que una novela: veamos los casos tan distintos de Oscar Wilde y Dorian Grey.


A continuación, algunas frases de algunos personajes de la novela.
- Yo era joven y entendía que la juventud consiste en elegir entre lo inmediato o diferirlo a favor del futuro.
- Lujo es tener lo que no se necesita. Lujo es poesía: decir lo que se siente y piensa, sin darle atención a las consecuencias.
- La meseta mexicana no es solo un hecho geográfico. Es un hecho histórico. Es una altura llana, o un alto llano, que nos permite mirar la estatura del tiempo.
- El estado es una obra de arte celosa, enemiga del individuo libre y del poder económico.
- Sólo será visto como un buen presidente si sabe ser un buen ex presidente.
- ¿Conque muy culto, no? Pues cuídame mucho porque yo no lo soy. No te midas, corrígeme a tiempo, no vaya yo a hablar de la novelista brasileña Doña Sara Mago o la filósofa árabe Rabina Tagora.

viernes, 10 de octubre de 2008

Habla un novelista...




Escribir no es sólo estar sentado en tu mesa contigo mismo, es escuchar el ruido del mundo. Cuando estás en la posición del escritor se percibe mejor el ruido del mundo: vas al encuentro del mundo.

Leer novelas es una buena forma de interrogar al mundo actual sin que el resultado sean respuestas demasiado esquemáticas. El novelista no es un filósofo, no es un técnico de la lengua, es alguien que hace preguntas y, si hay un mensaje que quiero enviar, es que hay que hacerse preguntas.



Jean-Marie Gustave Le Clézio

miércoles, 8 de octubre de 2008

El elefante y Edison

video

Días atrás, hubo un sismo informativo por la pobre elefanta que padeció un accidente. Trágico. ¿Por qué los elefantes siempre han cautivado la curiosidad y la imaginación? ¿Será que su inmensidad y placidez nos dan una idea confusa de la grandeza?


La obra teatral, y consiguiente secuela fílmica de “El hombre elefante” se volvió un auténtico documento humano, en un tiempo en que apenas la sociedad comenzaba a mirar con otros ojos a las personas con problemas de origen genético.


Houdini desaparecía elefantes con solo gritar la palabra “Presto”. Otras personas los visualizan de color rosáceo, mientras que otras les encanta invertir en elefantes níveos. A mi me siguen impresionando los mamuts que aparecen triunfales en el capítulo final de la saga “El señor de los anillos”.


Un proverbio africano declara que “cuando los elefantes combaten, el pasto es el que sufre”. Interesante refrán que se aplica a las turbulencias actuales de nuestra economía.
Existe una leyenda urbana – aunque lo correcto sería decir “leyenda porteña” – sobre un personaje que, en la época que los circos se colocaban sobre Avenida Alemán, se robó dos elefantes y además tuvo la ocurrencia de esconderlos atrás del cerro del Crestón.


Ahí los tuvo varios días, hasta que negoció su venta con otro circo. Los elefantes, entretanto, habían tomado agua de mar y se habían purgado hasta quedar casi en la pura piel pero, por fortuna, no fallecieron.


Mi amigo, el escritor mazatleco Humberto Trujillo, fue testigo de la muerte de un paquidermo, víctima de un amaestrador ebrio, en la Ciudad de México. Inclusive realizó un cuento titulado “El elefante y Sabu” y me consta que duró más de dos años escribiéndolo y reescribiéndolo, hasta dejarlo en solo dos páginas y media.

Hace poco más de un siglo, escasa gente se asustó o preocupó cuando Thomas Alva Edison mandó electrocutar a un elefante: sólo para demostrar lo peligrosa que era la energía eléctrica ofrecida por su compañía rival.


Si: eso hizo. Incluso trató de que el término de “electrocución” se confundiera con el nombre genérico de la compañía rival: westinghousear, si me permiten semi traducir la frase que Edison acuñó, al anunciar lo que le había hecho con el pobre elefante.


Si la electricidad Westinghouse podía matar a un paquidermo, también mataría a la gente en sus casas, fue el argumento que enarboló el admirado padre de varios inventos modernos.
No sirvió su campaña. El sistema de corriente alterna propuesto por la otra compañía es el que actualmente usamos. Fue una creación del científico serbio Nicolás Tesla, quien recibió el Premio Nóbel. Tesla, por cierto, también inventó un sistema de electricidad inalámbrica que, de perfeccionarse, podría darle energía a todo mundo sin necesidad de cables. Su principal defecto es que tendría que ser gratuito, porque no hay manera de cobrarles a todos los usuarios. Esa si es una invención positiva, aunque de momento no sea negocio.


A diferencia del Maquiavelismo neoliberal de Edison, Tesla era propietario de un santuario de palomas heridas, las cuales solía recoger en las plazas.


Quizá los humanos olvidamos. ¿No podremos hacer un esfuerzo para imitar, al menos en eso, la memoria de los elefantes?


Por cierto, además del foco, Edison también inventó la silla eléctrica.

martes, 7 de octubre de 2008

lunes, 6 de octubre de 2008

Torre de Marfil (Pero con Canal 22 incluída)

Tiene razón Román en su comentario: quizás a muchos no nos molestó tanto que quitarán el Canal 22 de la programación del cable, si no el hecho mismo de que nos los borraran de la barra de buenas a primeras, sin pensar que fuésemos a extrañar su falta.

A nadie le agradó saberse incluido en esa inmensa mayoría que es feliz viendo canales de música o aquellos con contenidos que no exigen demasiado análisis o reflexión.

Pero como decía mi amiga Buba, una simpática escritora serbia, si vivimos en una sociedad dominada por la cultura pop o el deporte, y si sentimos que eso nos frustra, también la culpa es nuestra: tanto porque no hacemos nada por cambiarla o, al menos, no lo intentamos en lo íntimo y lo inmediato de nuestra esfera personal... Todos podermos encerramos en la torre de marfil, esa que siempre permite la lectura y el goce del arte.

Aunque a como están los tiempos y la realidad, más nos valdría tener un Torreón de Márfil, pero bien defendido de los acosos y bombardeos del mundo bizarro que ahora nos toco vivir. ¿Ya vieron las bolsas del mundo, cayendo más veloces que Alicia en el foso del País de las Maravillas?

miércoles, 1 de octubre de 2008

Farmacias y costumbres



¿Por qué ahora que tenemos una gran tecnología, se ha vuelto lo más complicado del mundo pagar en una farmacia? Puede haber cuatro o cinco empleadas muy guapas y eficientes, pero siempre tendremos que hacer una larga fila ante la cajera que opera el computador. Aunque el lector del código de barras es de lo más moderno, no es raro que se demoren en revisar un medicamento en pantalla, corregir un detalle o darles crédito de celular a los insidiosos adolescentes. Si alguien va a comprar una docena de medicinas - y uno solo quiere comprar nada más unos churrumais - es necesario esperar que se aligere la fila, en vez de que nos cobre alguno de los empleados desocupados…


Ay, ¿sabe qué? Mejor démelo de 20 miligramos, dice el cliente y debemos esperar la corrección de su olvido, mientras los demás empleados continúan el diálogo interrumpido por los fatigosos clientes.


Oh tempora, oh mores! Prefiero los años cuarenta, con sus farmacias desprovistas de productos chatarra en el mostrador, cuando uno compraba una medicina para la gripa y nos traían un amable vaso de agua de la trastienda para tomárnosla ahí mismo. Ahora tenemos que comprar a fuerzas la botellita y casi todas están súper heladas, ¿verdad?
Otro misterio de la vida diaria que flota en el ambiente es el de las cajas rápidas de los centros comerciales. En la mayoría de estos santuarios dedicados al consumismo no es raro que alguien, con el carrito cínicamente atiborrado con más de doce artículos, haga caso omiso de la advertencia escrita con letra clara y legible.

Ni la cajera tiene ánimos de pelear, ni tampoco nosotros de asumir el papel del antipático regañón de la fila.
El equivalente automotriz a esta actitud se da en los colegios, cuando ciertos automovilistas creen que el hecho de tener una camioneta de modelo reciente les da derecho a violar leyes de transito o hacer uso del tiempo de los demás.

Estos tres ejemplos son una constante en la vida nacional, pero en el caso de nuestra ciudad, se han vuelto signos de una globalización alarmante en cuanto a la relajación de las reglas de convivencia.

Un valor cultural importante, además de las actividades artísticas y el rescate de nuestra historia, son las normas de conducta. El respeto a las reglas establecidas y la tolerancia al tiempo de los demás.

Nuestra ciudad crece y podemos ver los signos de ese cambio en los indicadores más alarmantes: el aumento de la agresividad vial y el clima de inseguridad que flota como una nube negra en no pocas de nuestras actividades cotidianas.

Si a ese ambiente enrarecido, le sumamos los posibles efectos económicos de la crisis económica de los Estados Unidos, debemos pensar que el panorama de nuestra vida diaria comienza a poblarse de incertidumbre.

Deberíamos hoy más que nunca volver a rescatarnos en las costumbres de nuestros abuelos que nos dieron no solo identidad, si no también un esquema básico de moralidad en la vida diaria.
La tecnología es un factor invisible que hiere nuestras conductas. El ejemplo que he puesto de las farmacias es parte de una tendencia irreversible de la modernización de las ventas: quizás cuando se abaraten más las computadoras y los lectores de códigos de barras, los empleados se vuelvan más amables y conscientes con los compradores.

En cambio, el joven que nos escucha sin dejar de conectarse con su Ipod, condiciona una parte de su cerebro a ignorar al interlocutor ajeno a sus intereses.

Cosas como barrer la calle por la mañana, o no estacionarnos en doble fila a las horas fuertes del tráfico, no son solo buenas maneras: nos hacen ser mejores personas desde el momento que esa intención surge como un hábito del interior de nosotros. Y eso, hoy como ayer, será siempre la mejor costumbre.