domingo, 25 de abril de 2010

Furia de los dioses




Casi tres décadas después de ver “Furia de titanes” en el desaparecido cine Diana de Mazatlán, me acercó una vez más al mito, sublimado gracias a la tecnología 3D y la animación digital, con la reverencia desconfiada de quien busca el tiempo perdido de la nostalgia.


La nueva versión, además de tocar y retocar la esencia de algunos pasajes básicos de la mitología grecolatina, no puede evitar acercarse a los problemas de la actualidad, aprovechando un viaje parabólico… parabólico en más de un sentido si contamos las moralejas filosófica y el vuelo de Pegaso.

De entrada, reafirmo que yo voy al cine a divertirme y, hace buen rato, dejé de exigirle al cine gringo de fin de semana coherencia artística y corrección histórica. Cuando quiero ver una obra de arte o romperme la cabeza con enigmas fílmicos, mejor acudo al cine europeo u otras dignas producciones independientes.

Sin embargo, no dejan de hacerme ruido varias de las premisas de “Furia de Titanes” manejadas a lo largo de la trama y que pueden entrar en el esquema de la decepción de las generaciones actuales, agobiadas por heridas abiertas como las siguientes:

1.- Los progenitores desentendidos: el caso del Perseo fílmico, enseñado a vivir y a pescar por un padre no-biológico que se revela comprensivo y entregado, mientras que por otro lado está Zeus, padre severo y distante que se acerca cuando ya no se necesita de él.

2.- Las religiones teocráticas, donde se exige oración y sacrificio a los humanos en pro del bienestar común. (Es curioso que el único hombre rubio con barba sea el que insista en sacrificar a Andrómeda para calmar la ira de los dioses)

3.- La existencia misma de una divinidad que – desde un punto de vista humano y marcado por nuestra circunstancia social y tiempo histórico - no nos escucha, no responde, además de que nos da todo lo que le pedimos y creemos merecer. Aquí Nietzsche domina la trama y faltaban siglos para que Pascal y Simone Weil intentasen explicar “el silencio de Dios”.

El error histórico más grave de la película es cuando vemos a los dioses en el Olimpo preocupados porque los humanos ya no les rezan. En realidad, en el mundo de la antigüedad pre-cristiana, la oración no fue algo de uso común.
Para hablarle a la Divinidad – Zeus, Amón Ra e incluso el propio Yahvé – era menester la intervención de un sacerdote, hombre instruido y con un espacio físico donde garantizaba la presencia celestial. Y los griegos, además de las religiones enemigas de los judíos, usaban a sacerdotisas que a través del sexo permitían acceso a la comunicación con los seres superiores. Las bacanales y saturnales tenían un cómodo trasfondo religioso, ligado a la fertilidad y la renovación de las estaciones.

La “clave de acceso” de la plegaria individual apenas lleva 2,000 años y hay gente que prefiere aún los amuletos. Jesucristo abre esa puerta y cancela para sus seguidores varios de los complicados rituales del judaísmo anterior. El Corán, por su parte, sería un libro revolucionario al pedir la oración tres veces al día como mínimo, instrucción que no se nos da en la Biblia.

Incluso se consideraba eficaz el sacrificio como forma de dialogar con los dioses. En un solo día, Quetzalcóatl recibió sangre de 18,000 prisioneros. Recordemos en la Ilíada los toros sacrificados constantemente y en la propia Biblia las precisas instrucciones para los holocaustos, además de la prohibición de ejecutar a niños, algo no raro en aquel tiempo. El episodio de Abraham clausuraría en definitiva esa costumbre, según afirman algunos antropólogos y estudiosos de las religiones; aunque Abraham no siguió la tradición de Melquisedec, quien en esa época tan temprana ya ofrecía rituales con pan y vino.

Con el advenimiento del cristianismo y el judaísmo rabínico, comienza a establecerse la oración como el diálogo directo con el Creador. Desde un punto de vista histórico, la aparición de los salmos, el Padrenuestro, los mantras hindúes y la eliminación de los holocaustos, representan un súper avance en la relación con el misterio de la fe.

Aquí falla la película. La relación de los humanos con Dios Padre o los dioses páganos era muy diferente. La única semejanza directa del entorno griego con nosotros es la creencia en el logos y la psique, además de los modelos aristotélicos presentes en los orígenes del cristianismo… (Véase el libro de Los Macabeos, donde los miembros del clero ven con preocupación de la presencia helénica en la vida judía tradicional, en la que se celebran olimpiadas, se instalan gimnasios y cometen abominaciones sexuales)

Tenía razón Freud, autor que ya se considera desfasado: la vida de los hombres actuales está plagada de mitos griegos invisibles. Pero el complejo de Edipo y de Electra hoy son una verdadera Furia de Titanes, entre la hybris, las furias y el soplo cada vez más distante de las musas.

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