domingo, 31 de enero de 2010

J. D. Salinger, el misterio, la bruma...





Se nos fue J. D. Salinger, uno de los escritores más misteriosos de los todos los tiempos. Esa ha sido la noticia más revelante en el entorno literario: no sólo murió un autor ermitaño, si no uno de los últimos símbolos de las letras norteamericanas del siglo XX.

Muchos sólo lo conocen porque es el creador de “El guardián en el centeno”, aquel la novela que obsesionó al asesino de John Lennon. Por si fuera poco, ese mismo día que lo mató, hizo en la vida real casi todas las cosas que hace el personaje en la novela: Holden Cauldfied.

Como la novela tiene 26 capítulos, Chapman declaró que al matar a Lennon é había escrito el capítulo 27. (Hay una película por ahí que narra esta historia: “Capitulo 27”. Taxi Driver, la clásica cinta de Scorsese-DeNiro, también toca el tema del tipo gris que comete un asesinato para hacerse famoso, sin decir el nombre de Salinger).

Por culpa de todos ellos, la obra de Salinger ha sido satanizada. Hasta llegó a prohibirse esa novela que “invitaba a cometer asesinatos”. Hubo un tiempo que no se conseguía en México. No fue censura. Quizás porque era una historia “bastante gringa” para el grueso de nuestros lectores ochenteros.

Antes y después de esos escándalos, Salinger llevó una vida monástica. Vivía en una casa de campo cerca de Nueva York y escribía todos los días. No publicaba nada. Todo se guardó en una caja fuerte.

Nada más un vecino lo trató continuamente y nunca hablaron ni de literatura ni de fama. Seguido le visitaban fanáticos, pero ni les abría la puerta ni se asomaba a la ventana.

Llegó a ser olvidado por rachas, pero nunca dejó de ser un clásico. Un incendio en su casa aumentó la leyenda de que se habían perdido ahí nuevos manuscritos. Él nunca declaró nada al respeto.

Salinger fue el primero en tocar el tema de la adolescencia y sus miedos. Sin él, no se explica la aparición en los años 60s de la novelística de José Agustín y Gustavo Sainz, por nombrar a sus mejores discípulos aquí en México.

No volvió a publicar desde esa época. Una vez se enamoró de una chica por correo (correo del de antes, aquel de cartero con silbato y quince días de espera) y dicha dama decidió poner en subasta sus cartas, oro molido para los adoradores que tenían años esperando una nueva página suya.

Por fortuna o por desgracia, esas cartas amorosas fueron compradas por miles de dólares por el Dr. Norton… Sí, el Dr. Norton de los antivirus, el mismo que aparece como un ícono en las computadoras, el cual es un hombre real como Billy Gates y posee millones de dólares, además de ser un buen admirador de Salinger.

En el colmo de la caballerosidad y el ejemplo al respeto a la vida privada, el Dr. Norton compró las cartas y se las devolvió al propio Salinger sin leerlas. Buen ejemplo en esta época de paparazzis y revelaciones de alcoba farandulescas.

Dos escritores amargados en películas gringas están inspirados en él. Son los de “El campo de los sueños” (James Earl Jones) y “Descubriendo a Forrester” (Sean Connery).

Yo leí sus textos en la Biblioteca Benjamin Franklin de Mazatlán. Tiene cuentos muy raros, algunos descuidadamente escritos (no lo digo yo, lo dicen los críticos) pero el aliento de su obra es el del misterio… Ahora él se ha ido y quedan las brumas de esa actitud sostenida.

Su misterio no es como el de Greta Garbo. Es el como el de Lilian Gish, la actriz del cine mudo que era tan bella qué, cuando envejeció, jamás se dejó tomar una foto y siempre salió a la calle envuelta bajo un velo. No iba a permitir que sus admiradores sufrieran la decepción de ver su rostro destruido por el tiempo, la realidad y las arrugas.

A pesar de lo admirable de Salinger, y de este tributo que comparto, no dejo de preguntarme si lo que había tras él no era la genialidad, si no tan sólo un hombre sencillo que tan solo deseaba que nadie lo molestaran y la cultura gringa, carente de videntes, se imaginó todo el resto. Claro que hay calidad humana: el misterio es más grande.

domingo, 24 de enero de 2010

¡Atención al mercado!





¡Atención al mercado, que es mi vida! dice en su inicio uno de los mejores poemas de Pablo Neruda, verdadero rey Midas de la poesía que jamás excluyó algún tema.

Como un verdadero auto de fe espontáneo hemos tomado los mazatlecos el pasado y lamentable incendio acontecido. La hoguera inesperada es una llaga viva sobre nuestra conciencia regional.

El Mercado Pino Suárez – antes Romero Rubio en dudoso homenaje a un señor cuyo principal mérito fue haber sido suegro de don Porfirio Díaz – es una de nuestros símbolos más acendrados. No me detendré en repetir lo que han dicho otros compañeros o personajes entrevistados, pero en ese sitio donde antaño hubo una plaza de toros aún palpitan muchos recuerdos de nuestra esencia patasalada.

Según Marcel Proust, la memoria no está sólo en la inteligencia. También se queda en los objetos inanimados, en las cosas que no miramos y no sentimos, hasta que un día, al enfrentarlas, nos revelan el arcón de aquellas vivencias que creíamos perdidas… Proust ha hecho una novela de más de 5,000 páginas narrando cómo, al sumergir un pan en una taza de té, se le vino de golpe el caudal de su infancia olvidada.

Ahí, en ese sitio, se han concentrado cientos de generaciones en un tejido de experiencias que sólo aguardan su sublimación por el arte o la nostalgia. En ese mercado expuso en varias ocasiones el pintor Carlos Bueno, apoyado por la unión de locatarios.

Precisamente en la presidencia del Sr. Raúl Bernal, lamentablemente uno de los más afectados por el fuego, se iniciaron estas actividades, las cuales tuvieron una digna continuidad. Recuerdo que nos convocó a una reunión en el Museo de Arte a todos los responsables de las áreas culturales para solicitar nuestro apoyo y presencia.

Año con año, el Centro Municipal de las Artes enviaba grupos artísticos para ofrecer conciertos de música clásica el 5 de mayo, aniversario de su fundación, los cuales eran escuchados con respeto, mientras se servían taquitos a todos los asistentes y Raúl Mora jalaba la banda para el otro lado del recinto.

Entre las tantas teorías del origen del carnaval, una de ellas sostiene que se le puso orden a la fiesta debido a que, durante el pleito de “los del muey” contra “los del abasto”, origen de nuestra tradición, los del muelle estuvieron a punto de dinamitar el mercado para vengarse de los abasteros en 1898. Las pedradas se volverían serpentinas y flores. Los cascaronazos hoy son el eslabón perdido de ese momento.

No de balde se ha descubierto recientemente que el principal organizador fue un militar, el Coronel Joaquín Mass, quien luego participaría en cruentos combates en el norte durante la Revolución por el lado federal. (El maestro Enrique Vega me informa que puede tratarse de un homónimo)

Por supuesto, el mercado actual no existía, los mataderos estaban en la Calle Sacrificio, hoy Niños Héroes, así que por allá era el asunto; pero quizás esto influyó en que se planeara un mercado apropiado para la ciudad. Durante un lapso menor a ocho años surgieron la organización Carnaval, el agua potable entubada y el Mercado Municipal. ¿Hemos vuelto a tener un despegue similar además del boom portuario y turístico?

Cuidemos todos al mercado acudiendo a él. Permítanme comentar qué, durante la filmación de la película “Sangre de familia/Asesinato… etc.”, los productores encargaron a los responsables de alimentos adquirir ahí lo más posible, todo para que la derrama económica permaneciese en Mazatlán y no se fuese a los grupos foráneos de autoservicio.

El mercado es nuestra vida. Corazón herido de los mazatlecos que no debe perderse con ninguna llamarada.

domingo, 17 de enero de 2010

Hotel Belmar





La caída de la marquesina del Hotel Belmar nunca se comparará con la tragedia de Haití. Sin embargo, por la manera en que ha removido la conciencia del Centro Histórico, el sacudimiento arquitectónico toca con una fuerza inusitada la sensibilidad de los viejos mazatlecos.

La coincidencia remite a la fantasiosa teoría del efecto mariposa: si una mariposa aletea en Oriente, al otro lado exacto del mundo puede iniciarse una tormenta apocalíptica. Cuando murió aquí Ángela Peralta, en 1883, durante la epidemia de fiebre amarilla, a escasos días una erupción volcánica desapareció en Asia a la isla de Krakatoa.

Curioso: la marquesina al venirse abajo, nos mostró el rostro antiguo del hotel, con sus arcos gráciles y evocadores. El sitio vuelve a darnos el rostro característico de las imágenes de la Bella Época… Capaz que las poltronas de la entrada son las mismas en las que se sentaron Pedro Armendáriz, John Wayne o Lázaro Cárdenas.

El Belmar fue producto casi directo de la riqueza de las minas del Tajo, allá en el vecino Rosario, además del ímpetu y visión de la familia Bradbury, a principio de los veinte. Hasta se dijo que el propietario no dejaba de construirle detalles para mantener ocupados a sus trabajadores.

Su decorado interior, con azulejos moriscos, iconografías taurinas y una Virgen de la Macarena, son un viaje a otro tiempo. Buena parte de esa madera fue trabajada por la familia Habif, excelentes muebleros por generaciones. Los pasamanos, torneados en negro barniz, combinan con sus mosaicos ajedrezados, así como unos quetzales estilo maya que adornan lo que fuera el Patio Andaluz, hoy una bodega.

Alguna vez, en un evento de mi universidad, me tocó ahí la presentación del libro “Loaiza y El Gitano”, del periodista José María Figueroa, crónica del suceso que estremeció al Sinaloa de los cuarentas, donde perdiera la vida el Gobernador Rodolfo T. Loaiza.

Una de las justificaciones de los guardaespaldas de Loaiza – que extrañamente en ese momento lo dejaron solo junto a la reina de los Juegos Florales – fue que al correr a protegerlo se resbaló con el excremento de una de las mulas que estaban afuera del hotel. En efecto, ahí había un sitio de “arañas”, las calesas clásicas del Viejo Mazatlán, hoy convertidas en aurigas motorizadas.

En el gran ciclón del 43 tuvo que aterrizar un avión en Mazatlán donde venía Walt Disney con su equipo de producción, de vuelta de recibir un reconocimiento del Gobierno de México por su apoyo a la lucha contra el analfabetismo. Acudieron a quedarse en un Belmar atestado, durmiendo en catres, pero el gerente de la época anotó que nunca perdieron el humor. Con él venían Desi Arnaz y Lucille Ball.

En los ochentas, a muchos mazatlecos les fascinaba colarse a los hoteles de la Zona Dorada a nadar en las albercas y socializar en los bares. Pues bien, esa costumbre viene desde antes, cuando la gente gustaba de ir al Hotel Belmar a tomarse una copa de anís, sentarse en las ya mencionadas poltronas o invitarle un trago a una gringuita.

El papá de mi amigo Florencio Zatarain le vendió ahí a Dámaso Pérez Prado una bolsa de piel de armadillo, prenda que en su momento fue una artesanía típica asociada con el sitio. Contaba, a manera de broche, con una cabeza disecada de dicho animalito, hoy políticamente incorrecto.

Errol Flyn, Tyrone Powers, Gregory Peck y James Stewart complementan la prodigiosa lista de huéspedes célebres. Y a diferencia de Disney, gozaron de más de una noche en nuestro puerto. John Wayne incluso pasó su última navidad aquí con la familia de un famoso gerente del Belmar, el señor Roberto Gorostiza.

domingo, 3 de enero de 2010

¿Bicentenario? ¿Independencia?




Todo este año andaremos enfiestados celebrando el bicentenario de la Independencia, pero en realidad deberíamos andar en la farra toda una década, ya que en 1810 apenas inició la larga y accidentada lucha por nuestra autonomía.

Sería hasta el 27 de septiembre de 1821 cuando la Independencia se llevó a cabo, a partir de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, al mando del hoy semi olvidado Agustín de Iturbide. Por cierto, ese también era el día de su cumpleaños y lo festejó haciendo que el desfile pasara bajo el balcón de la legendaria “Güera Rodríguez”, nuestra versión local de Madame Recamier.

Pero, formalmente, hasta el día siguiente se firmaría el acta de la independencia de manera protocolaria por parte de Itubide, el ex-virrey O’Donojú y otros tres regentes. Si esas dos fechas se agregaran a nuestro santoral laico, los “puentes” del mes de septiembre tendrían una interesante prolongación, además de un interludio dramático y recuperativo.

Siendo más puristas, exagerados y revisionistas, la conmemoración oficial debería de ser el 23 de noviembre de 2025, definitivo momento en que se cumpliría el Bicentenario.

Fue en esa fecha del siglo antepasado cuando el Almirante Pedro Sainz de Baranda consumó la Independencia, al tomar por fin el Fuerte de San Juan de Ulúa, último reducto de la armada española que seguía activo y amenazaba con recuperar la colonia. (Desde entonces, la marina ya realizaba apariciones sorpresivas).

Esto nos puede dar una idea de lo complicado y vericuetal de nuestra historia patria. No faltan analistas serios que afirmen que Hidalgo retrasó la Independencia porque el baño de sangre de su lucha demostró a los peninsulares que los novohispanos aún no estábamos listos para gobernarnos a nosotros mismos.

Otra coincidencia resulta del hecho de que la Independencia se realizara en 1821: trescientos años después de la caída de la Gran Tenochtitlán, el 13 de agosto de 1521.

Hemos tomado muchas veces como oficial ese día para fijar la Conquista de México, pero también es erróneo: sólo en 1521 los españoles pudieron comenzar a someter la resistencia azteca en el entonces lago de Texcoco… Dado que las tribus del norte de México (chichimecas, guachichiles, apaches, yaquis, ópatas, etc) nunca fueron sometidas del todo, no se puede hablar de una Conquista total del actual territorio nacional, sino hasta un buen rato después.

Este enredo de fechas no se compara en nada con lo que nos espera a la hora de analizar la biografía y destino de nuestros caudillos. ¿Al fin se removerán los restos de Iturbide que descansan en la Catedral Metropolitana para enviarlos al Ángel de la Independencia con el resto de los próceres? ¿Su pecado de volverse Emperador se volverá una minucia comparado con su intolerancia religiosa? ¿Mazatlán recuperará su nombre de Villa de los Costilla porque aquí vivieron los descendientes del Cura Hidalgo?

Ojalá que también, en el marco de estas celebraciones, los comentaristas deportivos se hagan el propósito de leerse completos el “Popol Vuh” y el “Nican Mopohua” todo con el fin de mejorar la calidad de sus crónicas en vivo… Así tendrán mayor conciencia social y humanitaria y, durante el Mundial de Sudáfrica, no volverán a hacer comentarios racistas, como aquellos que se aventaron, casi sin darse cuenta, durante las pasadas transmisiones olímpicas de China.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Lo que se va...






Entre las cosas cotidianas, aparentemente intrascendentes que perdimos en este año que se va, quiero rescatar a la Familia Burrón y el refresco Wink. La celebre historieta de Gabriel Vargas ya no circula a nivel nacional desde septiembre y la susodicha bebida de toronja ha dejado de consumirse en Mazatlán.

Quizás tenga un poco más de tiempo de ido el refresco, pero fue en este año que caí en cuenta. No lo vendían por mi casa y me tocaba disfrutarlo en una casa a la que iba de visita.

Cada año nos quita algún detalle al que a veces no le damos importancia, pero con el tiempo se vuelven una suma de pequeñas revelaciones de un entorno cotidiano antes inamovible.

¿Alguien sabe cual fue el último año en que se bebió el refresco Mission o dejó de funcionar en nuestro puerto la agencia de automóviles Studebaker?

En diciembre de 1999, dentro de mis festividades personales del nuevo milenio, me compré una camioneta que tuve que guardar en una vieja pensión del centro. Al ir a echarla a andar, mi padre me contó que en esos patios había estado la agencia Studebaker, señalándome un letrero de lámina, casi completamente borrado, donde se adivinaban las letras desleídas, (básicamente un “S” gigante).

El sitio había sido gasolinera, autobaño y tienda automotriz. Por si fuera poco, él y mi abuelo, en calidad de contratistas, instalaron en su tiempo los pisos de mosaico. Con sumo orgullo, mi padre me mostró una línea de zoclo sobreviviente aún de la catástrofe, ya que el edificio no tenía techo y revelaba demasiados años en el abandono.

De no ser por esa escala mecánica, hoy todos esos detalles serían desapercibidos para mí. Una tienda próspera en el centro de Mazatlán, hoy perdida, reminiscencia del Boom automovilístico.

Hace días dejé ahí un vehículo y descubrí que la última evidencia, ese letrero redondo, ya fue desprendida, aunque durante este verano recuerdo que se lo mostré a alguien. El orden del cosmos ha perdido una insignificante seña de identidad; llegará un día que no prevalecerá ningún letrero de esa marca sobre el planeta.

El Studebaker fue en su momento un automóvil muy moderno, uno de los primeros con forma simétrica y sin guardafangos curvos. Hugh Hefner, el fundador de la Revista Playboy, cuando descubrió que el tercer número se había vendido a mares, lo celebró comprándose uno, ya que ese era el único vehículo “que se veía igual cuando iba para atrás o para adelante”.

¿Habrá sido ese letrero el último del orbe? ¿Alguna gasolinera de Wyoming o quizás una pizzería de Nueva York mantendrán alguno olvidado en un rincón? La compañía desapareció a principios de los 60s, derrotada por Ford, Chrysler y GM. Era la que ofrecía más ahorro en combustible, pero en aquella época eso no era lo importante.

Las reflexiones de fin de año, por simple naturaleza, generalmente las dirigimos a los seres humanos. Los objetos inmóviles ocupan un necesario según plan, aunque en el esquema del orden del caos, a veces son más decisivos que las decisiones razonadas de los seres conscientes.

Una revista, una bebida, un anuncio oxidado o la marca de un vehículo son presencias dispersas del universo cotidiano. Pueden parecer mínimas, frívolas o insignificantes, pero de ellas está hecha la sustancia de la vida.

¿Qué otros pequeños detalles perderemos del ambiente doméstico sin darnos cuenta en este 2010 que se avecina? Ojalá sea algo práctico, como esa gente que nos llama a las 7 de la mañana para vendernos una tarjeta de crédito.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Navidades...





Hoy, 21 de diciembre, es el día más corto del año y también el de la noche más larga.

Técnicamente, a escala planetaria y cósmica, el año nuevo empezaría hoy, momento en que la esfera realiza un celeste paso de vals y, literalmente y sin darse cuenta, el mundo se mueve.

Algunos teóricos afirman que el año debería iniciar otro día 21, pero en el mes de marzo, para que el ciclo anual marche acorde al paso de las estaciones. Otros miden el tiempo por carnavales y algunos niños a través de las navidades.

Con la navidad, a mi me toco conocer los pasos de las globalizaciones.
La primera navidad que recuerdo fue la de 1975. Recibí un robot mecánico al que se le abría el pecho, saliéndolo unos cañones de foquito rojo, y que luego daba vueltas de manera desorbitada, para luego seguir su torpe andar... En el verano de 2003 entré a una tienda de antigüedades de Canadá y me encontré uno valuado en un dineral, mucho más de lo que llevaba para mi estancia de dos meses.

Fue tan sorprendente el hecho que ni siquiera caí en cuenta de que los juguetes de mi infancia ya eran material de coleccionista. Alguien me consoló informándome que ese robot salió al mercado desde 1955 y por tres décadas no pasó de moda.
Ese robot fue la primera evidencia de que Japón había perdido la guerra, pero que iba vengarse invadiendo el mundo con juguetes de baterías. El Tío Gamboín fue su más eficaz propagandista.

En 1980, estaba de moda una serie bélica llamada “Los tigres voladores”. Las aventuras de una escuadrilla de combate acantonada en el Pacifico Sur durante la Segunda Guerra Mundial era la temática. A me amanecieron dos Zero japoneses para armar, ya que los Corsarios, usados ferozmente por los protagonistas, ya habían desaparecido del mercado local por la euforia consumista.

Mis aviones venían con una ficha técnica muy amplia, incluyendo las especificaciones de los motores, los cuales eran marca Mitsubishi. La sorpresa fue más grande cuando esa misma navidad, camino a Copala para visitar a la familia, vi en la carretera una sonriente familia estadounidense, arriba de un jeep de la misma marca que el avión, destacada con unas letrotas inmensas al frente. ¿Qué no eran enemigos? Bueno, los tiempos cambiaban.

Otra navidad me regalaron un balón de futbol americano. Lo usamos ese día en la mañana y jamás lo volví a tocar. Era un juego que requería la presencia de equipo especial, respeto a complicadas reglas, así como amigos fresas, tres cosas inadmisibles en mi mundo. Además era un deporte odioso: los domingos el canal 5 cancelaba las caricaturas y nos endilgaban largas trasmisiones. No quise saber más de ese bizarro pasatiempo hasta que vi “Jerry Maguire”.

Muchas niñas aprendieron las crueldades de la globalización al comparar sus muñecas Barbie. A pesar de su uniformidad genérica, dichas muñecas estilizadas venían en dos versiones fácilmente reconocibles: la de piernas flexibles y las de plástico rígido, de un plástico muy similar al de los Chapulines Colorados que vendían en “Las Baratas”.

La escritora angelina Sandra Cisneros tiene un hermoso y triste relato sobre eso, donde narra el incendio de un almacén de juguetes y las niñas del barrio terminan con Barbies originales, un poquito chamuscadas, pero con piernas flexibles. El cuento se llama “Barbie Coa”.

Lo bueno es que a los verdaderos niños no les importa la procedencia de los verdaderos regalos. Son para jugar y ya, que importa de donde vengan. La infancia dura un solo día y además puede volver la vida más larga.

domingo, 13 de diciembre de 2009

La música de la fiesta





De todos los que hemos escrito alguna vez sobre el cine, poco escribimos sobre esa música mexicana a la que suelen acudir los gringos en sus películas de vaqueros.

A muchos espectadores nos hace reír – o nos molesta – que pongan mujeres con peinetas y castañuelas arriba de una mesa… O que entonen “Cielito Lindo” a ritmo de flamenco, canción que a fin de cuentas es española. (En ningún lugar de México hay una Sierra Morena; en cambio se menciona varias veces en la ópera “Carmen” y los poemas de Federico García Lorca).

Vemos películas donde el mexicano aparece ocasionalmente y le endilgan un jarabe o un sonido de violincitos y trompetas al ritmo de cualquier son jalisquillo.

Sin embargo, no todo es folklore trasnochado o recuerdos de una corrida de Toros en Tijuana. Hay películas donde la música de la fiesta aparece con mayor dignidad, no sólo musicalmente hablando, si no que irrumpe como un toque de humor o coro griego que recuerda a los personajes – y al espectador de paso – el misterio de la vida.

Acabo de volver a mirar “El tesoro de la Sierra Madre”, la cual si está ubicada en México, y que es una auténtica creación conjunta de B. Traven, John Huston y Humphrey Bogart. La toma donde Curtin confiesa que desea comprarse un campo de duraznos porque de niño vivió en uno en California, es acotada con música mexicana, la cual aparece de nueva cuenta al final, cuando el oro es llevado por el viento y el viejo Howard, carcajeándose como sólo sabía hacerlo Walter Houston, le dice que se vaya a Texas a consolar a la viuda de su amigo, aprovechando que ya viene el tiempo de la cosecha.

En “The Wild Bunch” (Pandilla Salvaje) el grupo de bandidos gringos es recibido con algarabía en un pueblo mexicano y al despedirse cantan a coro Las Golondrinas. El Indio Fernández, encarnando un general huertista cuyo asistente es el joven Alfonso Arau, arma una fiesta donde “El son de la madrugada” resuena discreto mientras los cowboys se bañan en unas barricas de tequila… Al final todos acaban muertos, menos el mexicano que se lleva las cajas de parque para su pueblo rebelde.

La secuencia donde el Indio Fernández, entre balas y cañonazos, le mienta la madre a los villistas antes de subirse al tren militar, es de oro molido. Otro director mexicano que por ahí anda es Chano Urueta, interpretando a uno de los viejos campesinos del pueblo rulfiano

Quizá el compositor de más lujo que acometió melodías incidentales en un western fue el francés Maurice Jarré, en “The professionals” con Lee Marvin, Jack Palance y Claudia Cardinale. La escena donde todos los bandoleros mexicanos se están emborrachando, mientras los güeros colocan la dinamita, posee una melodía muy grácil, con guitarras, salterios y marimbas, digna de nuestros mejores huapangos populares.

Maurice Jarré es el mismo de “Dr. Zhivago” y “Lawrence de Arabia”. También musicalizó “Un paseo por las nubes”, pero la falsa serenata mexicana es del cubano Leo Brouwer.

Otra de mis favoritas es “El secreto de milagro”, dirigida por Robert Redford, en donde un vals resuena a cada momento, a veces entorpecido con un bandoneón argentino que nada tiene que hacer ahí... La escena final, donde Carlos Riquelme va a la fiesta acompañado por La Muerte, es de una plasticidad melódica que sólo el cine y la memoria permiten apreciar al mismo tiempo.

Los verdaderos historiadores del Oeste dicen que en ese mundo abundaban mexicanos y apaches en indumentaria de cowboy, incluso mestizos de ambas ramas, nada más que en el cine no aparecen tantos como deberían. De hecho, afirman que nadie podía andar en la calle con el arma a la vista sin que fuera detenido de inmediato por el Sheriff.

De ahí que no es raro que nuestras melodías flotasen ahí, no solo como telón de fondo, sino también como un espíritu omnipresente. Donde había verdadera fiesta, ahí siempre estaba nuestra música. Y también estaban la acción y la celebración del triunfo de la alegría por encima de la muerte.