domingo, 21 de febrero de 2010

Madero y Washington, 1913






Hoy es el aniversario del nacimiento de George Washington y también de la muerte de Madero, dos próceres que a su manera, tiempo y estilo, lograron una permanente obra libertadora.



En su campaña presidencial, Madero estuvo en nuestro puerto de una manera bastante peculiar. El mitin se llevó acabo en el Circo Atayde, el cual era una empresa circense de origen reciente… fundada aquí en Villa Unión, por cierto.


Entre los organizadores de esa actividad, destaca la figura de un escritor y activista político fundamental para entender el porfiriato. Heriberto Frías, ex soldado que renunció a raíz de la masacre de Tomóchic, en Chihuahua y pasó sus últimos días en nuestro puerto.


La caída de Madero – antes de que se supiese su muerte - fue celebrada con champaña en la embajada de los Estados Unidos. Henry Lane Wilson fue el embajador quien propició muchas de las circunstancias que desembocaron en su renuncia, detención y asesinato, aunque algunos analistas afirman que su muerte era algo no previsto en los planes originales.


Wilson exigió garantías para las inversiones norteamericanas. Él y su gobierno estaban a disgusto con Madero, pues éste había creado un impuesto a la exportación petrolera, algo inédito en ese tiempo.


Haber aplicado ese impuesto, en los primeros años del siglo XX, fue el primer acierto y, al mismo tiempo, el más grande error político de don Francisco.
Don Bernardo Reyes (padre del gran escritor Alfonso Reyes) y Félix Díaz (tragicómico sobrino de opereta de don Porfirio) organizaron un golpe de estado, el cual fue impulsado por el embajador norteamericano. Incluso en el sótano de la embajada gringa se imprimieron panfletos para conseguir adeptos a la rebelión.
Durante la Decena trágica, Madero designó a Victoriano Huerta para enfrentar la rebelión y el embajador instó a Huerta a unirse a los porfiristas por medio de Pacto de la Ciudadela. A pesar de que el propio Huerta y el artillero Felipe Ángeles hubieran podido tomar la Ciudadela, recinto de los alzados, Huerta nunca lo concretó y, además, le impidió a Ángeles llevar a cabo el ataque a ese bastión.
La traición de Huerta culminó con los asesinatos del presidente Madero y José María Pino Suárez. La voz popular rebautizó el acuerdo como el Pacto de la embajada. Y aconteció durante la fiesta de George Washington.
Esto fue demasiado. A Gustavo A. Madero se le asesinó de manera artera e incluso le arrancaron el único ojo sano que tenía, ya que portaba una prótesis. Durante su última noche de vida, los testigos cuentan que Madero la pasó muy triste, llorando la cobarde muerte de su hermano a manos de unos forajidos.
Fue tan burda esta intervención del embajador Wilson que, durante buen tiempo, los gringos no volvieron a ser tan viles y evidentes en sus maniobras de presión a México.


Diplomáticamente, esto fue algo muy criticado, aunque luego harían cosas peores en otros países. (El mejor y más imparcial testigo del momento fue el embajador de Cuba, quien trató de salvar a Madero y lo dejó escrito un libro.)

En descargo a los embajadores gringos, debemos decir que el siguiente, Dwight Morrow, demostraría a su gobierno que México que nunca sería una dictadura comunista. Y posteriormente, Josephus Daniels, convencería a Roosevelt de no atacar a México durante la Expropiación Petrolera, asunto poco analizado por nuestros historiadores.
Morrow amaba México y era amigo de Diego Rivera. Daniels sabía que la expropiación era una causa justa, positiva para el país y, a la larga, también para los Estados Unidos.


Por cierto, Morrow fue suegro de Charles Lindberg, quien conoció a su hija en una visita de buena voluntad a México en 1927. ¿Curioso, no?

domingo, 14 de febrero de 2010

Ah, qué amistades!


Doña Elenita y Don Paco, una amistad de décadas...


*

Cómo vengo de una familia muy saludadora, me resulta difícil entender a esa gente que encontramos en la calle y a veces finge no habernos visto.

A lo mejor tuvieron una mañana difícil o hemos sido impertinentes con ellos en el pasado, pero un ligero saludo, aunque sea un gesto, no quita la civilidad.

Debo reconocer que yo también he incurrido en eso. Soy un alma distraída y los años de miopía han limitado mi capacidad de percepción perimetral. Pasan junto a mí y no los percibo. Incluso, aunque me convenga mirar a la aparición en turno, no me doy cuenta a primera instancia.

En consecuencia, muy seguido saludo a gente que confundo con otra y luego ya no encuentro como remediarlo. Termino creando nuevas amistades.

Es muy fácil reconocer a esas personas que no consideran la cortesía como un asunto permanente. Mi método se basa en la observación. Si alguien no nos quiere saludar, de manera inconsciente disminuye el paso, como arrepintiéndose de toparse con nosotros… luego aceleran un poco, sin darse cuenta, y miran hacia otro sitio, así como distraídos.

Estudié teatro muy joven, con el Mtro. Casto Eugenio Cruz, y desde entonces aprendí la importancia de los gestos, el lenguaje corporal, la manera en que expresamos u ocultamos los verdaderos sentimientos.

Los auténticos distraídos pasan junto a nosotros con la vista al frente, sin revisar aquellas cosas que llevan en la mano o su oportuno celular. Los esquivos se cruzan la calle unos metros antes… a esos antipáticos los castigo interceptándolos en su fuga, obligándolos a que me den la cara, sin revelarles que me di cuenta de sus previas intenciones de fuga. Perdono, pero no olvido.

Con las redes sociales ocurre algo parecido. Dos conocidos, que actualmente detentan un poder político temporal y son mucho mayores que yo, no han deseado aceptarme como amigo virtual, a pesar de que hemos colaborado antes y les he hecho más de un favor.

Esto es fácil saberlo porque el moderador de la red social deja de insistir en que te vuelvas amigo de la otra persona… persona que está activa en Facebook porque te enteras - por la misma red - que ha seguido aceptando a otros amigos. ¿De eso se trata la amistad?

No todos podemos ser amigos de todos. Alguien me crítica por ser demasiado generoso con eso, de tener una bolsa de amigos en vez de un grupo selecto, una élite personal. Pero crecí en un mundo multitudinario, donde toda la gente se conocía y se ayudaba sin necesidad de invocar las relaciones personales o de ocultar los intereses del momento.

Entre lo positivo del carnaval, existe el hecho de que permite reencontrarse con otros o hacerse amigo del desconocido, en un marco de cordialidad y júbilo. El acto de salir a una tradición popular revela ese deseo. Uno se encuentra en el marco de la fiesta con personas de las que a veces no recordamos haber sido presentados o sólo ubicábamos de vista.

Durante mucho tiempo, de manera popular, automática y sintomática, el carnaval fue una celebración espontánea de la amistad. La ciudad ha crecido y ciertos valores decrecido con ella. Aún así, sobreviven focos de esa magia tribal que nos hacía encontrarnos en el rostro de la multitud y reflejarnos sin miedo en el colorido de sus máscaras.

Y así como existe gente que va por la calle, como si fuera la Reina del Carnaval, no deben olvidar que la propia reina sí nos saluda a todos: desde lo alto de su trono y su cauda, en un mensaje silencioso que no debemos de olvidar, mantener y, por supuesto, acatar.

domingo, 31 de enero de 2010

J. D. Salinger, el misterio, la bruma...





Se nos fue J. D. Salinger, uno de los escritores más misteriosos de los todos los tiempos. Esa ha sido la noticia más revelante en el entorno literario: no sólo murió un autor ermitaño, si no uno de los últimos símbolos de las letras norteamericanas del siglo XX.

Muchos sólo lo conocen porque es el creador de “El guardián en el centeno”, aquel la novela que obsesionó al asesino de John Lennon. Por si fuera poco, ese mismo día que lo mató, hizo en la vida real casi todas las cosas que hace el personaje en la novela: Holden Cauldfied.

Como la novela tiene 26 capítulos, Chapman declaró que al matar a Lennon é había escrito el capítulo 27. (Hay una película por ahí que narra esta historia: “Capitulo 27”. Taxi Driver, la clásica cinta de Scorsese-DeNiro, también toca el tema del tipo gris que comete un asesinato para hacerse famoso, sin decir el nombre de Salinger).

Por culpa de todos ellos, la obra de Salinger ha sido satanizada. Hasta llegó a prohibirse esa novela que “invitaba a cometer asesinatos”. Hubo un tiempo que no se conseguía en México. No fue censura. Quizás porque era una historia “bastante gringa” para el grueso de nuestros lectores ochenteros.

Antes y después de esos escándalos, Salinger llevó una vida monástica. Vivía en una casa de campo cerca de Nueva York y escribía todos los días. No publicaba nada. Todo se guardó en una caja fuerte.

Nada más un vecino lo trató continuamente y nunca hablaron ni de literatura ni de fama. Seguido le visitaban fanáticos, pero ni les abría la puerta ni se asomaba a la ventana.

Llegó a ser olvidado por rachas, pero nunca dejó de ser un clásico. Un incendio en su casa aumentó la leyenda de que se habían perdido ahí nuevos manuscritos. Él nunca declaró nada al respeto.

Salinger fue el primero en tocar el tema de la adolescencia y sus miedos. Sin él, no se explica la aparición en los años 60s de la novelística de José Agustín y Gustavo Sainz, por nombrar a sus mejores discípulos aquí en México.

No volvió a publicar desde esa época. Una vez se enamoró de una chica por correo (correo del de antes, aquel de cartero con silbato y quince días de espera) y dicha dama decidió poner en subasta sus cartas, oro molido para los adoradores que tenían años esperando una nueva página suya.

Por fortuna o por desgracia, esas cartas amorosas fueron compradas por miles de dólares por el Dr. Norton… Sí, el Dr. Norton de los antivirus, el mismo que aparece como un ícono en las computadoras, el cual es un hombre real como Billy Gates y posee millones de dólares, además de ser un buen admirador de Salinger.

En el colmo de la caballerosidad y el ejemplo al respeto a la vida privada, el Dr. Norton compró las cartas y se las devolvió al propio Salinger sin leerlas. Buen ejemplo en esta época de paparazzis y revelaciones de alcoba farandulescas.

Dos escritores amargados en películas gringas están inspirados en él. Son los de “El campo de los sueños” (James Earl Jones) y “Descubriendo a Forrester” (Sean Connery).

Yo leí sus textos en la Biblioteca Benjamin Franklin de Mazatlán. Tiene cuentos muy raros, algunos descuidadamente escritos (no lo digo yo, lo dicen los críticos) pero el aliento de su obra es el del misterio… Ahora él se ha ido y quedan las brumas de esa actitud sostenida.

Su misterio no es como el de Greta Garbo. Es el como el de Lilian Gish, la actriz del cine mudo que era tan bella qué, cuando envejeció, jamás se dejó tomar una foto y siempre salió a la calle envuelta bajo un velo. No iba a permitir que sus admiradores sufrieran la decepción de ver su rostro destruido por el tiempo, la realidad y las arrugas.

A pesar de lo admirable de Salinger, y de este tributo que comparto, no dejo de preguntarme si lo que había tras él no era la genialidad, si no tan sólo un hombre sencillo que tan solo deseaba que nadie lo molestaran y la cultura gringa, carente de videntes, se imaginó todo el resto. Claro que hay calidad humana: el misterio es más grande.

domingo, 24 de enero de 2010

¡Atención al mercado!





¡Atención al mercado, que es mi vida! dice en su inicio uno de los mejores poemas de Pablo Neruda, verdadero rey Midas de la poesía que jamás excluyó algún tema.

Como un verdadero auto de fe espontáneo hemos tomado los mazatlecos el pasado y lamentable incendio acontecido. La hoguera inesperada es una llaga viva sobre nuestra conciencia regional.

El Mercado Pino Suárez – antes Romero Rubio en dudoso homenaje a un señor cuyo principal mérito fue haber sido suegro de don Porfirio Díaz – es una de nuestros símbolos más acendrados. No me detendré en repetir lo que han dicho otros compañeros o personajes entrevistados, pero en ese sitio donde antaño hubo una plaza de toros aún palpitan muchos recuerdos de nuestra esencia patasalada.

Según Marcel Proust, la memoria no está sólo en la inteligencia. También se queda en los objetos inanimados, en las cosas que no miramos y no sentimos, hasta que un día, al enfrentarlas, nos revelan el arcón de aquellas vivencias que creíamos perdidas… Proust ha hecho una novela de más de 5,000 páginas narrando cómo, al sumergir un pan en una taza de té, se le vino de golpe el caudal de su infancia olvidada.

Ahí, en ese sitio, se han concentrado cientos de generaciones en un tejido de experiencias que sólo aguardan su sublimación por el arte o la nostalgia. En ese mercado expuso en varias ocasiones el pintor Carlos Bueno, apoyado por la unión de locatarios.

Precisamente en la presidencia del Sr. Raúl Bernal, lamentablemente uno de los más afectados por el fuego, se iniciaron estas actividades, las cuales tuvieron una digna continuidad. Recuerdo que nos convocó a una reunión en el Museo de Arte a todos los responsables de las áreas culturales para solicitar nuestro apoyo y presencia.

Año con año, el Centro Municipal de las Artes enviaba grupos artísticos para ofrecer conciertos de música clásica el 5 de mayo, aniversario de su fundación, los cuales eran escuchados con respeto, mientras se servían taquitos a todos los asistentes y Raúl Mora jalaba la banda para el otro lado del recinto.

Entre las tantas teorías del origen del carnaval, una de ellas sostiene que se le puso orden a la fiesta debido a que, durante el pleito de “los del muey” contra “los del abasto”, origen de nuestra tradición, los del muelle estuvieron a punto de dinamitar el mercado para vengarse de los abasteros en 1898. Las pedradas se volverían serpentinas y flores. Los cascaronazos hoy son el eslabón perdido de ese momento.

No de balde se ha descubierto recientemente que el principal organizador fue un militar, el Coronel Joaquín Mass, quien luego participaría en cruentos combates en el norte durante la Revolución por el lado federal. (El maestro Enrique Vega me informa que puede tratarse de un homónimo)

Por supuesto, el mercado actual no existía, los mataderos estaban en la Calle Sacrificio, hoy Niños Héroes, así que por allá era el asunto; pero quizás esto influyó en que se planeara un mercado apropiado para la ciudad. Durante un lapso menor a ocho años surgieron la organización Carnaval, el agua potable entubada y el Mercado Municipal. ¿Hemos vuelto a tener un despegue similar además del boom portuario y turístico?

Cuidemos todos al mercado acudiendo a él. Permítanme comentar qué, durante la filmación de la película “Sangre de familia/Asesinato… etc.”, los productores encargaron a los responsables de alimentos adquirir ahí lo más posible, todo para que la derrama económica permaneciese en Mazatlán y no se fuese a los grupos foráneos de autoservicio.

El mercado es nuestra vida. Corazón herido de los mazatlecos que no debe perderse con ninguna llamarada.

domingo, 17 de enero de 2010

Hotel Belmar





La caída de la marquesina del Hotel Belmar nunca se comparará con la tragedia de Haití. Sin embargo, por la manera en que ha removido la conciencia del Centro Histórico, el sacudimiento arquitectónico toca con una fuerza inusitada la sensibilidad de los viejos mazatlecos.

La coincidencia remite a la fantasiosa teoría del efecto mariposa: si una mariposa aletea en Oriente, al otro lado exacto del mundo puede iniciarse una tormenta apocalíptica. Cuando murió aquí Ángela Peralta, en 1883, durante la epidemia de fiebre amarilla, a escasos días una erupción volcánica desapareció en Asia a la isla de Krakatoa.

Curioso: la marquesina al venirse abajo, nos mostró el rostro antiguo del hotel, con sus arcos gráciles y evocadores. El sitio vuelve a darnos el rostro característico de las imágenes de la Bella Época… Capaz que las poltronas de la entrada son las mismas en las que se sentaron Pedro Armendáriz, John Wayne o Lázaro Cárdenas.

El Belmar fue producto casi directo de la riqueza de las minas del Tajo, allá en el vecino Rosario, además del ímpetu y visión de la familia Bradbury, a principio de los veinte. Hasta se dijo que el propietario no dejaba de construirle detalles para mantener ocupados a sus trabajadores.

Su decorado interior, con azulejos moriscos, iconografías taurinas y una Virgen de la Macarena, son un viaje a otro tiempo. Buena parte de esa madera fue trabajada por la familia Habif, excelentes muebleros por generaciones. Los pasamanos, torneados en negro barniz, combinan con sus mosaicos ajedrezados, así como unos quetzales estilo maya que adornan lo que fuera el Patio Andaluz, hoy una bodega.

Alguna vez, en un evento de mi universidad, me tocó ahí la presentación del libro “Loaiza y El Gitano”, del periodista José María Figueroa, crónica del suceso que estremeció al Sinaloa de los cuarentas, donde perdiera la vida el Gobernador Rodolfo T. Loaiza.

Una de las justificaciones de los guardaespaldas de Loaiza – que extrañamente en ese momento lo dejaron solo junto a la reina de los Juegos Florales – fue que al correr a protegerlo se resbaló con el excremento de una de las mulas que estaban afuera del hotel. En efecto, ahí había un sitio de “arañas”, las calesas clásicas del Viejo Mazatlán, hoy convertidas en aurigas motorizadas.

En el gran ciclón del 43 tuvo que aterrizar un avión en Mazatlán donde venía Walt Disney con su equipo de producción, de vuelta de recibir un reconocimiento del Gobierno de México por su apoyo a la lucha contra el analfabetismo. Acudieron a quedarse en un Belmar atestado, durmiendo en catres, pero el gerente de la época anotó que nunca perdieron el humor. Con él venían Desi Arnaz y Lucille Ball.

En los ochentas, a muchos mazatlecos les fascinaba colarse a los hoteles de la Zona Dorada a nadar en las albercas y socializar en los bares. Pues bien, esa costumbre viene desde antes, cuando la gente gustaba de ir al Hotel Belmar a tomarse una copa de anís, sentarse en las ya mencionadas poltronas o invitarle un trago a una gringuita.

El papá de mi amigo Florencio Zatarain le vendió ahí a Dámaso Pérez Prado una bolsa de piel de armadillo, prenda que en su momento fue una artesanía típica asociada con el sitio. Contaba, a manera de broche, con una cabeza disecada de dicho animalito, hoy políticamente incorrecto.

Errol Flyn, Tyrone Powers, Gregory Peck y James Stewart complementan la prodigiosa lista de huéspedes célebres. Y a diferencia de Disney, gozaron de más de una noche en nuestro puerto. John Wayne incluso pasó su última navidad aquí con la familia de un famoso gerente del Belmar, el señor Roberto Gorostiza.

domingo, 3 de enero de 2010

¿Bicentenario? ¿Independencia?




Todo este año andaremos enfiestados celebrando el bicentenario de la Independencia, pero en realidad deberíamos andar en la farra toda una década, ya que en 1810 apenas inició la larga y accidentada lucha por nuestra autonomía.

Sería hasta el 27 de septiembre de 1821 cuando la Independencia se llevó a cabo, a partir de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, al mando del hoy semi olvidado Agustín de Iturbide. Por cierto, ese también era el día de su cumpleaños y lo festejó haciendo que el desfile pasara bajo el balcón de la legendaria “Güera Rodríguez”, nuestra versión local de Madame Recamier.

Pero, formalmente, hasta el día siguiente se firmaría el acta de la independencia de manera protocolaria por parte de Itubide, el ex-virrey O’Donojú y otros tres regentes. Si esas dos fechas se agregaran a nuestro santoral laico, los “puentes” del mes de septiembre tendrían una interesante prolongación, además de un interludio dramático y recuperativo.

Siendo más puristas, exagerados y revisionistas, la conmemoración oficial debería de ser el 23 de noviembre de 2025, definitivo momento en que se cumpliría el Bicentenario.

Fue en esa fecha del siglo antepasado cuando el Almirante Pedro Sainz de Baranda consumó la Independencia, al tomar por fin el Fuerte de San Juan de Ulúa, último reducto de la armada española que seguía activo y amenazaba con recuperar la colonia. (Desde entonces, la marina ya realizaba apariciones sorpresivas).

Esto nos puede dar una idea de lo complicado y vericuetal de nuestra historia patria. No faltan analistas serios que afirmen que Hidalgo retrasó la Independencia porque el baño de sangre de su lucha demostró a los peninsulares que los novohispanos aún no estábamos listos para gobernarnos a nosotros mismos.

Otra coincidencia resulta del hecho de que la Independencia se realizara en 1821: trescientos años después de la caída de la Gran Tenochtitlán, el 13 de agosto de 1521.

Hemos tomado muchas veces como oficial ese día para fijar la Conquista de México, pero también es erróneo: sólo en 1521 los españoles pudieron comenzar a someter la resistencia azteca en el entonces lago de Texcoco… Dado que las tribus del norte de México (chichimecas, guachichiles, apaches, yaquis, ópatas, etc) nunca fueron sometidas del todo, no se puede hablar de una Conquista total del actual territorio nacional, sino hasta un buen rato después.

Este enredo de fechas no se compara en nada con lo que nos espera a la hora de analizar la biografía y destino de nuestros caudillos. ¿Al fin se removerán los restos de Iturbide que descansan en la Catedral Metropolitana para enviarlos al Ángel de la Independencia con el resto de los próceres? ¿Su pecado de volverse Emperador se volverá una minucia comparado con su intolerancia religiosa? ¿Mazatlán recuperará su nombre de Villa de los Costilla porque aquí vivieron los descendientes del Cura Hidalgo?

Ojalá que también, en el marco de estas celebraciones, los comentaristas deportivos se hagan el propósito de leerse completos el “Popol Vuh” y el “Nican Mopohua” todo con el fin de mejorar la calidad de sus crónicas en vivo… Así tendrán mayor conciencia social y humanitaria y, durante el Mundial de Sudáfrica, no volverán a hacer comentarios racistas, como aquellos que se aventaron, casi sin darse cuenta, durante las pasadas transmisiones olímpicas de China.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Lo que se va...






Entre las cosas cotidianas, aparentemente intrascendentes que perdimos en este año que se va, quiero rescatar a la Familia Burrón y el refresco Wink. La celebre historieta de Gabriel Vargas ya no circula a nivel nacional desde septiembre y la susodicha bebida de toronja ha dejado de consumirse en Mazatlán.

Quizás tenga un poco más de tiempo de ido el refresco, pero fue en este año que caí en cuenta. No lo vendían por mi casa y me tocaba disfrutarlo en una casa a la que iba de visita.

Cada año nos quita algún detalle al que a veces no le damos importancia, pero con el tiempo se vuelven una suma de pequeñas revelaciones de un entorno cotidiano antes inamovible.

¿Alguien sabe cual fue el último año en que se bebió el refresco Mission o dejó de funcionar en nuestro puerto la agencia de automóviles Studebaker?

En diciembre de 1999, dentro de mis festividades personales del nuevo milenio, me compré una camioneta que tuve que guardar en una vieja pensión del centro. Al ir a echarla a andar, mi padre me contó que en esos patios había estado la agencia Studebaker, señalándome un letrero de lámina, casi completamente borrado, donde se adivinaban las letras desleídas, (básicamente un “S” gigante).

El sitio había sido gasolinera, autobaño y tienda automotriz. Por si fuera poco, él y mi abuelo, en calidad de contratistas, instalaron en su tiempo los pisos de mosaico. Con sumo orgullo, mi padre me mostró una línea de zoclo sobreviviente aún de la catástrofe, ya que el edificio no tenía techo y revelaba demasiados años en el abandono.

De no ser por esa escala mecánica, hoy todos esos detalles serían desapercibidos para mí. Una tienda próspera en el centro de Mazatlán, hoy perdida, reminiscencia del Boom automovilístico.

Hace días dejé ahí un vehículo y descubrí que la última evidencia, ese letrero redondo, ya fue desprendida, aunque durante este verano recuerdo que se lo mostré a alguien. El orden del cosmos ha perdido una insignificante seña de identidad; llegará un día que no prevalecerá ningún letrero de esa marca sobre el planeta.

El Studebaker fue en su momento un automóvil muy moderno, uno de los primeros con forma simétrica y sin guardafangos curvos. Hugh Hefner, el fundador de la Revista Playboy, cuando descubrió que el tercer número se había vendido a mares, lo celebró comprándose uno, ya que ese era el único vehículo “que se veía igual cuando iba para atrás o para adelante”.

¿Habrá sido ese letrero el último del orbe? ¿Alguna gasolinera de Wyoming o quizás una pizzería de Nueva York mantendrán alguno olvidado en un rincón? La compañía desapareció a principios de los 60s, derrotada por Ford, Chrysler y GM. Era la que ofrecía más ahorro en combustible, pero en aquella época eso no era lo importante.

Las reflexiones de fin de año, por simple naturaleza, generalmente las dirigimos a los seres humanos. Los objetos inmóviles ocupan un necesario según plan, aunque en el esquema del orden del caos, a veces son más decisivos que las decisiones razonadas de los seres conscientes.

Una revista, una bebida, un anuncio oxidado o la marca de un vehículo son presencias dispersas del universo cotidiano. Pueden parecer mínimas, frívolas o insignificantes, pero de ellas está hecha la sustancia de la vida.

¿Qué otros pequeños detalles perderemos del ambiente doméstico sin darnos cuenta en este 2010 que se avecina? Ojalá sea algo práctico, como esa gente que nos llama a las 7 de la mañana para vendernos una tarjeta de crédito.