miércoles, 25 de febrero de 2009

Miércoles de Ceniza


Al aliento divino, la ceniza
Vuelve a la vida que tuvo en la cruz:
Ahora al polvo que vino del fuego
El Espíritu Santo troca en brisa.
Aleteante signo, sacude el alma.
Nube caricia. Quieta. Dulce en mente,
Hoy Cristo pone su dedo en mi frente

Bajo esa Luz, hoy nace una sonrisa.





***

Escrito por Juan José Rodríguez, que también a veces padece de aires de poeta.

domingo, 22 de febrero de 2009



Bandera el Ejército Trigarante



Mañana es Día de la Bandera. De niños nos han enseñado a venerarla y los ceremoniales laicos de honores a la bandera forman parte de nuestro inconsciente colectivo.

¿Cuántos no olvidan el supremo castigo de ser pasados al frente en la plaza cívica? ¿Cuántos padres no han vivido orgullosos de que uno de sus hijos estuviese en la escolta, fuese el portador del lábaro patrio o, ya de perdida, el sargento gritón de las conversiones?

Otra tarea, fija con marca de agua en nuestra memoria, fue ensayar en cartulina la reproducción de alguna de las banderas de nuestra historia. A mi me gustaba la del Ejercito Trigarante, que ondea un diseño bastante moderno, pero creo que me tocó la de don José María Morelos.

Hemos vivido con el ejemplo de la figura de Juan Escutia, el Niño Héroe que nuestro imaginario ha presentado como el máximo mártir de la enseña nacional. Una vez leí que en el DF hay una primaria llamada como un niño que se cayó accidentalmente de una azotea, representando dicho papel en un ceremonial.

A pesar de la lamentable descortesía que a veces asumimos ante la bandera – muchos la vemos ondeando y no nos detenemos a saludarla – el mexicano en su mayoría vive una comunión personal con sus símbolos patrios, algo más difuminado en otros países.

Los rusos, desde la caída de Gorbachev, dejaron el rojo del socialismo y algunos saludan sin muchas ganas a los colores del Zar Pedro I. En Mozambique quizás existan personas a las que no les agrade saludar un lábaro adornado con un fusil de fabricación soviética AK-47.

Chipre realizó un concurso para adoptar una nueva bandera, ya que la actual es considerada por una parte de su pueblo como una imposición. En las bases se aclaraba que no hay ningún premio en efectivo, pero el autor se quedaba con la gloria de haber diseñado la bandera de un país, cosa no del todo fácil de conseguir en un mundo ya repartido.

Cuando el hombre llegó a la luna, a mi admirado escritor Jorge Luis Borges le pareció arcaico que colocasen una bandera en la superficie calcárea del satélite. Juzgaba fuera de lugar que, en plena era de los viajes por el cosmos, aún rindiéramos fervor a los símbolos medievales.

Sin embargo, esto no puede ser una guía. Borges tuvo una relación ambivalente con su país. Reconocía sólo haber sentido orgullo de ser argentino cuando su país volvió la democracia y fue elegido el presidente Alfonsín en los 80s.

Entre los estadounidenses, la bandera posee un respeto sacro: su canto nacional es de una cadencia y un tono similar a los himnos de las iglesias protestantes, pero al mismo tiempo, suelen usar su bandera en trajes de baño o espacios inconcebibles dentro de nuestra cultura mexicana.

Esto es curioso porque allá el Día de la Bandera mantiene una connotación un poco dolorosa. Uno puede ver en la fachada de una casa varias enseñas sin que eso revele un exagerado sentido cívico.

Algunos de esos pendones envolvieron los ataúdes de miembros de la familia, caídos durante las diversas guerras enfrentadas por dicha nación, y fueron entregados a la familia al final del toque de silencio y la descarga al aire.

Aquí, donde por fortuna no hemos tenido guerras con otros países que hayan merecido la conscripción, este elemento nos puede pasar desapercibido.

Por eso, mañana y siempre, vale la pena sentirse orgullosos de tener una bandera que nunca ha sido ondeada en ningún lugar del extranjero sin consentimiento. Llega en barcos de visita oficial, actos protocolarios y culturales, o con atletas que supieron tenerle amor a su patria, más allá de esa terrible mercadotecnia que todo lo devora.

lunes, 16 de febrero de 2009

Aquellos carnavales





Viene el carnaval, la alharaca de la chaquira y la lentejuela vueltas huracán, los vientos que vuelan toldos en Olas Altas y llenan los miradas de caminantes con partículas de arena, confeti y algo más.


De los tantos lugares comunes que arrastra nuestra fiesta (“El tiempo en Mazatlán se mide por carnavales”, “Los políticos hicieron su carnavalito X año”, “Fulanita fue reina hace cuarenta años y todavía anda con la corona puesta”, etc.) quisiera demorarme en un aspecto casi nunca analizado por nuestros filósofos de la Plazuela Machado: el carnaval que ya no es como antes.

En realidad, la mayoría de los que enarbolan esa frase olvidan que la diferencia es otra. El carnaval, en líneas generales es el mismo y en ciertas ediciones sumamente mejorado. Los que ya no son como antes son quienes han dicho esa frase y prefieren echarle la culpa a dicha entelequia, antes de diagnosticarse ellos mismos y su estado de ánimo.

Comencé a caer en cuenta de eso cuando vi una encuesta aquí en NOROESTE hace años. En el coro de comentarios, un señor decía que no le gustaba el carnaval de ese momento, pero razonaba que era porque buena parte de la fiesta la disfrutaba más la gente joven y los niños.

Claro que los adultos mayores tienen diversas maneras de integrarse a la bullaranga, y no necesariamente en la contemplación del desfile. También existe gente en la treintena, llena de compromisos y de dramas, a la que no le late irse al malecón a celebrar.

Otro detalle consiste en que el carnaval ya no es lo que fue porque la sociedad ha cambiado. Desde los tiempos de Babilonia – donde se elegía por un día a un vagabundo para que fuera gobernante por un corto tiempo, así como le tocó a Sancho Panza en un pasaje del Quijote- la fiesta suprema es aquella donde el orden social es modificado totalmente.

Ese era el chiste de todo. Desfiles, bailongos y escandalitos surgían a partir de esa movilidad social. Cuando las monarquías fueron intocables, cuando los reyes se consideraban beneficiarios del poder divino, sólo en ese tiempo se permitía la entronización de un soberano, de profunda raigambre popular, aunque esto se suscitase sólo durante la realización de la mojiganga.

En un periodo que las clases sociales mostraban divisiones más marcadas, el encuentro de uno y otro bando era posible durante los días de pachanga que anticipaban la llegada de la Cuaresma. Y la Cuaresma era vigilada y observada por el grueso de la población con el rigor de una ceremonia luctuosa.

Además, Mazatlán era más chico y la gente accedía a menos diversiones. En una ciudad del tamaño de Villa Unión era inevitable que los sucesos de estas actividades afectasen la vida cotidiana y la economía, así como los temas de conversación de una sociedad carente de tele, radio, y a veces hasta de educación.

No hay futuro en pasarse añorando los carnavales de ayer. Es mejor vivir cada uno a su manera. Pero tampoco eso debe impedir que la fiesta, nuestra más auténtica tradición, se desnaturalice poco a poco, sin que nos demos cuenta y que nadie rinda cuentas.

Todo debe cambiar para bien. En el pasado, los reyes no eran coronados porque ya eran reyes que venían de lugares remotos. De hecho, parte del mitote era ir a recibirlos en el muelle o en la estación de ferrocarril, a donde llegaban luego de haber pasado la noche en un rancho.

¿Qué sigue ahora? La siguiente generación tendrá la palabra. El cetro, la estafeta y la inspiración aguardan para mantener viva la fiesta que a todos nos reúne.

domingo, 8 de febrero de 2009

Una autora especial





Murió la Sra. Fernanda Villeli, creadora de “El maleficio”, serial que provocaba verdadero terror a los habitantes de un país sin televisión por cable, allá en el tambaleante inicio de los ochentas.


Así como en este espacio hemos dedicado nuestra pluma a reconocer la labor de escritores de escala literaria universal, recordamos también a quienes se entregaron al siempre cambiante y difícil mundo del espectáculo.


Hay algo digno de admirarse y poco conocido de esta dama: Fernanda Villeli era una de las autoras que más apoyos daba a la Sociedad General de Escritores de México, en un tiempo que los escritores estaban exentos de pagar impuestos sobre su trabajo literario, fuese de la calidad que fuese.


Nunca trató de ejercer poder a partir de ello. En los tiempos de Fernanda Villeli y José María Fernández Unsaín, literalmente, los escritores ricos pagaban para ayudar a los pobres.
Con recursos generados a partir de guionistas o autores Best Sellers de la época, la SOGEM compró inmuebles y contó con liquidez para cualquier tipo de apoyos o contingencias.


Un ejemplo es el caso de Armando Jiménez, autor de “Picardía Mexicana”, recopilación de humor underground que tuvo numerosas ediciones. Por cierto, el prólogo era de Octavio Paz, quien reconocía haber deseado siempre realizar un libro como ese, pero que le había faltado valor. Y sí se lo creo.


Jiménez, exitoso arquitecto de profesión, además de compañero de estudios y de diversiones de Mauricio Garcés, en alguna ocasión tuvo una larga y terrible enfermedad que agotó su patrimonio. Siempre había pagado sus cuotas. Ahí la SOGEM entró al quite.


Además de dar buen uso al dinero de la Sogem, surgido de ingresos de autores de cine y teatro, Unsaín – esposo de Jacqueline Andere, padre de Chantal y del hoy famoso “Pirru”- sabía moverse entre los políticos y les daba vuelta y media. Si un escritor tenía un lío injusto con la ley o problemas de salud, él movía sus relaciones y resolvía el problema al estilo de la época, agarrando el teléfono o encarando a los funcionarios involucrados.


Es interesante como antes de Conaculta y el Fonca, muchos de los recursos que beneficiaban a los escritores “serios” provenían del trabajo de autores “frívolos” como Fernanda Villeli o Chespirito.


Las telenovelas son un género no muy bien aceptado por varios de los llamados “escritores serios”. García Márquez decía que siempre deseó hacer un culebrón y alguna vez vi en Canal 11 una que le quedó bastante aburrida. Carlos Olmos (“Cuna de lobos”) y Enrique Serna lograron un buen equilibrio en los dos terrenos.


Ahora que estamos en el Bicentenario de la Independencia y la Revolución, nuestras televisoras deberían abrirse un campito entre el dilema de los spots y hacer una miniserie histórica de calidad. Y digo miniserie, porque las telenovelas de ese tipo ya cumplieron su ciclo.

Para buenas telenovelas no basta un guión preciso. Se requiere malicia y conocer al público.

“Senda de gloria” quedó muy abigarrada. En cambio, nunca tendremos un mejor Benito Juárez que el interpretado por don José Carlos Ruiz en “El Carruaje”. Vicente Leñero cuenta que en un principio, como le negaron el papel, se puso una levita, cambió de peinado y se paseó por todo Televicentro dando discursos hasta que se lo dieron.

Recuerdo que una de mis abuelas dejó de ver “El vuelo del águila” porque le cayó gordo Porfirio Díaz al momento que se casó con la sobrina… Lamentablemente, así es la vida real y ésta, demasiadas veces, puede superar con éxito cualquier melodrama.

domingo, 1 de febrero de 2009

Candelas en fiesta


Tomé esta foto en Tenerife, hace unos dos años,
mientras buscaba la Plaza de la Candelaria,
motivo de este breve texto.




*


Cada vez miramos menos velas en las casas y algo similar ocurre con los cerillos. Fuera del Feng Shui, la aromaterapia o la fe católica, su uso es menos doméstico que escasas décadas atrás.

Las cocinas se equipan con encendedores portátiles y los previsores mantienen una lámpara de mano junto al buró, lista para los apagones, aunque a veces ésta aguarda con sus pilas ya vencidas, incluso impregnadas de herrumbre… Es el momento triunfal para el brillo milenario de las velas: la casa olerá a antorcha y los rostros fulguran como esfinges iluminadas por la luna de Egipto.

¿Quién no ha ido a un rancho y ha gozado de fresca agua de cántaro, servida en un vaso que fuera veladora? Esos coloridos dibujos son inconfundibles y allá los vemos secándose en un esbelto artefacto de alambre, diseñado y adquirido ex profeso.

Antaño, las velas eran parte cotidiana de la vida como hoy son la Internet y la televisión. Mazatlán tuvo varias fábricas de velas y cerillos para uso local. Hoy solo queda una sola, en la colonia Montuosa, y lo sé porque una vez acompañé a una amiga piadosa y algo esotérica a abastecerse.

Tan fundamental eran las velas en el alba de la humanidad que hasta existían celebraciones especiales para bendecirlas. Hoy celebramos la fiesta de la Candelaria, que si bien homenajea la presentación de Jesús en el templo, también en algunos sitios acontece la procesión de las candelas y se bendicen las velas que auxiliarán a los muertos.

La raíz tribal de ciertas festividades del judaísmo y el cristianismo aparece como una impronta desleída. En ciertas parroquias agrarias, hoy bendicen las semillas que comenzarán a sembrarse próximamente.

Para Jorge Ibargüengoitia, irónico escritor y aparte ingeniero agrónomo, dicha precaución no era por demás. En un texto suyo sostiene que en climas fríos se espera con temor la última helada del invierno, la cual por lo general ocurre el 19 de marzo, día de San José.

Para los campesinos que él trató, el fenómeno debe suceder ese día específico o convertirse en un simple nublado providencial. En ese último caso, la cosecha se salva y es cuando San José hace el milagro de sólo mandar lluvias o nublados.

Luego hay que esperar a que San Antonio mande el agua temprana el 13 de junio y después San Juan cumpla con su ancestral misión del 24 de junio. Este acontecimiento se da seis meses exactos antes del nacimiento de Cristo: Juan vino a preparar el camino y a bautizar por agua antes que Jesús de Nazaret.

No hay que descuidar tampoco a San Miguel, patrono de Culiacán por cierto, quien el 29 de septiembre tiene la misión de evitar la primera helada del año, la cual puede tener efectos desastrosos para el maíz.

Ante toda esta danza cósmica, atmosférica y piadosa, era natural que el día de la Candelaria irradiase un poderoso fulgor de esperanza e inicio de un ciclo solar y humano. La figura del Niño Jesús, atesorada en muchos hogares, se viste de un simbolismo que la agricultura hidropónica olvida.

Quizás es el momento en que el año comienza verdaderamente para muchos. Hoy se sacan del almácigo las plantas del tomate, la sandía y el melón para colocarse en surcos repletos de agua rodada. También es la fecha para realizar la poda.

La fiesta se da en Aguacaliente de Gárate - aquí cerca de Mazatlán- y en las Islas Canarias, España. Tlacotalpan, Veracruz, hace lo propio: su Virgen de la Candelaria llegó ahí durante el naufragio de un grupo de marinos canarios. Allá un grupo de queridos amigos seguramente deben de darle en estos momentos al corazón su fiesta y su parte.

*
Fiesta de velas, celebración de candelas, agricultores o urbanícolas, ateos o creyentes, recordemos la Candelaria y el milagro de amanecer vivos y con luz esta mañana.

sábado, 31 de enero de 2009

Allan Poe: 200





¿Si tenemos una pesadilla y al amanecer nos encontramos con un libro de Poe en la mano, será esto la prueba concluyente de que todo lo alucinado ha sido auténtico?



Invocar a Edgar Allan Poe es como hablar de John Lennon, Pablo Neruda o García Márquez. Cada quien le ha cedido un espacio de su vida y lo considera propio, intocable y único. En el caso de Poe, hemos dado sitio en nuestros insomnios a cada una de las fantasías que sostuvieron la pesadilla de su existencia. Quizás su literatura sea una especie de I Ching de las obsesiones y temores de la humanidad: abramos al azar sus obras completas y veremos que no hay aspecto oscuro de su tiempo el cual no haya acometido con prosa fantasmal, mirada clarividente y flamígeras metáforas. La suerte virgiliana de abrir una página de Allan Poe es la mejor manera de dar una caminata segura por el infierno.


Al viejo Edgar le cubre una telaraña de leyendas: las únicas que podemos comprobar son las de su alcoholismo y su pobreza. En su momento, se le quiso encumbrar como un visionario y temprano profeta de las drogas, pero parece ser que esos paraísos artificiales no fueron parte de sus hábitos. La realidad, deformada por el kaleidoscopio vidrioso del whiskey, fue su más influyente musa y fiel consejera.


Sus padres eran gente de teatro y le llamaron Edgar en honor a un personaje de Shakespeare. Como Cervantes, sirvió como soldado (cursó estudios en la Academia de West Point). Como muchos hombres de su tiempo, se casó con una mujer más joven que él (Virginia Clemm tenía 13 años contra los 26 suyos). Enviudó a los dos años de su matrimonio y vivió asolado por los demonios de la realidad. Hay un periodo en blanco de su vida que ciertos biógrafos sostienen que corresponde a un viaje por el Viejo Mundo; otros, más objetivos y maliciosos, sospechan que ese tiempo en realidad lo pasó totalmente briago entre las ciudades de Filadelfia, Nueva York y Baltimore.


Escritor para las masas y escritor para los escritores, extraña definición para un artífice que dejó huella profunda en autores de su mismo calibre: Borges, Baudelaire, Thomas Mann o Julio Cortázar no se explican sin la existencia previa del caminante de Baltimore. Vladimir Nabokov reconoció que el germen de “Lolita” surgió de la prosa de Berenice y sus arcangélicos serafines. La asociación Mystery Writer of America entrega los Premio Edgar cada año a los mejores escritos de misterio. Por su parte, “El cuervo” es un poema tan clásico que hasta los Simpsons lo homenajearon íntegro en un especial de Halloween.


La tragedia humana de Allan Poe refulge por contraste ante la literatura que a su momento se implementaba en Estados Unidos. Una prosa nacida bajo los plácidos olmos de Nueva Inglaterra, al calor de la estufa de Benjamin Franklin, que cobró vida como si un guerrero sioux se materializara en la vidriera de los abuelos. No en balde los primeros críticos dividían a aquellos escritores como los “Caras pálidas” (Henry James) y los “Pieles rojas” (Walt Withman). Poe no admite encasillamientos raciales, pero su tragedia no es una simple letra escarlata sobre el pecho, ni tampoco su metáfora del mal es una remota ballena blanca. Su mundo clava una lanza druida contra los bosques de Thoreau y los manantiales de Longfellow. El mal en Poe es vivo como el altar donde Norteamérica sublimó a las brujas de Salem. De esas brasas saldrían demonios tan definitorios como Faulkner, balbuceantes como Bukowski, gélidos a la manera de Stephen King o las chispas fugitivas de Anne Rice.


Así como los novelistas rusos cimbraron con su realismo el género de la novela –entonces patrimonio victoriano y del folletín francés – Poe insufló la certeza del mal a la precisa relojería del cuento. La gente real irrumpió con sus hedores y deformidades, mostrando sus gangrenas en público. Los estudiosos afirman que el concepto de atmósfera narrativa surge a partir de la suma de sus trabajos. Y en ellos, su genio se dispersó y cobró vida como herméticos conjuros.


Nos legó innovaciones tales como la narración de horror genuino, la historia similar a una pintura (“La cabaña de Landor”); la estratagema del doble (“William Wilson”); el recurso de la criptografía (“El escarabajo de oro”); la evidencia invisible de tan inmediata (“La carta robada”) y el ensayo cosmológico (“Eureka”). Hasta concibió una variante única: el cuento que es puro desenlace, sin principio ni desarrollo, tal como transcurre “El barril de Amontillado” en un húmedo sótano de Venecia. Julio Cortazar agrupa sus textos en cuentos de terror, sobrenaturales, metafísicos, analíticos, de anticipación y retrospección, de paisaje, grotescos y satíricos


No sabemos cuando se hizo el primer poema épico o la primer obra teatral, pero en cambio si sabemos la fecha exacta del surgimiento de la novela policial. (Borges acotaba que hasta es posible hacerle una carta astrológica: Los crímenes de la calle Morgue fue publicada en el mes de abril de 1841).


Poe es el cuentista que mas ha influido en la novela moderna. Mientras las obras de no pocos de sus contemporáneos se nos alejan cada vez más, su prosa descarnada golpea consistente, a pesar de sus molduras parnasianas e inciensos simbolistas. Hay algo más allá de las innovaciones técnicas y el compromiso con el texto: la inteligencia razonada que asombró a Paul Valéry, además del sentido artístico como una prolongación de la magia personal. “Ligeia” sugiere una alegoría de la búsqueda del ideal, la “memoria del sueño” de la filosofía platónica. Y en “La caída de la Casa de Usher”, la belleza perdida resucita con la lectura de un remoto poema efectuada por el narrador. El arte aquí se alimenta con el oráculo de antiguas obras de arte como único recurso para vencer a la muerte.

La muerte de Edgar Allan Poe – a los 40 años de edad, el 7 de octubre de 1849 -se volvió el perfecto lugar común para desdeñar al artista bohemio en ciernes, repugnante palabra que usa la gente pacata para definir al escritor incomprendido y también al incomprensible. Subsiste el misterio sobre porque fue encontrado vistiendo ropas que no eran suyas. Una teoría habla de que quizás lo victimaron “agentes electorales”, quienes embriagaban a incautos en época de elecciones para hacerlos votar varias veces por un mismo candidato. Los hijos de una viuda con la cual estaba a punto de casarse no escapan de la sospecha.


Desde 1949, un anónimo personaje ha dejado sobre la tumba de Edgar Allan Poe tres rosas frescas y una botella de coñac todos los 19 de enero, día de su cumpleaños. (Stéphane Mallarme en su momento le escribió un epitafio simbolista). En un país diseñado para las eternidades de cinco minutos, el tipo se volvió un personaje misterioso y los medios tratan de averiguar porque cumple año con año ese ritual. Él se escabulle y no contesta la menor pregunta. A muy pocos se les ha ocurrido pensar que, sencillamente, ha asumido la obligación de hacerlo a nombre de quienes aún nos maravillamos con el fuego de su prosa y el destello de su magia.



lunes, 26 de enero de 2009

El héroe invisible



El milagroso salvamento del Hudson aparece como un buen augurio para el ascenso de Obama a la presidencia. Pero además de los héroes que hicieron posible la hazaña – pilotos, sobrecargos y rescatistas – falta un detalle indispensable. La excelente capacidad que tienen los gringos para respetar reglas, filas y órdenes directas, tanto en la vida diaria como en una contingencia. Aquí en México siempre nos hacemos bola al descender de un avión de manera normal. Tendrán muchos defectos nuestros vecinos; pero nadie ha dicho que su capacidad natural para organizarse también fue crucial a la hora de salir de la aeronave en peligro. Ahí sí deberíamos de imitarlos, aunque sea para subir al microbus o cederle el paso a quienes nos necesitan... Cómo México, no hay dos.