domingo, 31 de octubre de 2010

Todos los Santos





Hoy es día de todos los santos. No hay festividad más multitudinaria en el santoral que ésta, luego de los siempre respetados Fieles Difuntos.

Un modo de descubrir cuando una región geográfica no es muy religiosa, al menos por la vertiente social del catolicismo en nuestro país, es revisar de dónde saca la gente los nombres elegidos para sus hijos.

Ponerle a los recién nacidos Britney o Beckham (este último lo vi el miércoles en una sección de Sociales en Culiacán) les dirá a esos niños en el futuro a que santo se atenían sus padres y donde depositaron su fervor.

Antes, un alumbramiento era asunto mucho más dramático que hoy en día. Los riesgos eran mayores; la tensión previa, desgastante; y la mortandad de infantes, terrible. Por eso un nacimiento se consideraba un auténtico milagro y había que agradecérselo al santo de ese día, aunque tuviese un nombre peculiar, poco apto para una portada de un disco o un despacho contable y confiable.

De tan comunes que fueron esos nombres tan socorridos, a nadie le parecía raro toparse con personas bautizadas como los santos griegos Pánfilo, Demetrio o Anacleto. Un amigo de la infancia me decía que el santo del día era aquel quien nos acompañaba antes del alumbramiento y, por lo tanto, el comisionado en “aventarnos” desde una nube.

Existen familias con muchos hijos en donde algunos llevan nombres muy comunes y, de repente, le ponen a alguno un nombre algo bizarro, correspondiente a la fecha. Suelen ser casos de criaturas que vinieron al mundo en partos difíciles o de riesgo, aunque también a veces los padres deseaban honrar a un familiar fallecido.

Los calendarios eran objetos bastante apreciados en las casas y servían como una estática agenda para recordar los cumpleaños venideros. No había duda de que un vecino con nombre excéntrico celebrase un año más de vida en la fecha del onomástico.

En Francia, país que algunos consideran como la hija mayor de la Iglesia Católica, el nombre de la festividad del día de hoy es bastante común como nombre y apellido. Incluso el primer gobernante independiente de la América Latina fue un esclavo que llegó a emperador de Haití con ese nombre y le hizo la guerra a Francia y a Inglaterra: Toussaint-Louverture.

Aquí en México se usa el plural de “Santos”, de mismo modo que a algunos de los nacidos el 6 de enero les ponen “Reyes”, en vez de elegir cualquiera de los nombres de dichos monarcas. Hay gente distraída que pensó que ese era el verdadero nombre de pila del Enmascarado de Plata, quien nació como Rodolfo Guzmán Huerta y así fue conocido antes de subir al pancracio.

En los tiempos modernos, para los practicantes del Catolicismo, la santidad está más cercana, ya que desde los años veintes se anunció que cualquier persona podría alcanzar ese nivel si se dedicaba a la obra de Dios. Antes se creía que sólo los pertenecientes a órdenes religiosas o al clero secular eran capaces de aspirar a una aureola.

Otras religiones tienen sus grados y facetas de santidad. Los musulmanes y los hinduistas, en contraparte, suelen entregarles gran devoción a los santos vivos y hasta se sorprenden de que en Occidente se venere más a los santos fallecidos. En África, incluso entre los paganos, es raro que asesinen a un sacerdote, ya que mantienen un respeto algo supersticioso por los llamados “hombres santos”, aunque pertenezcan a otra religión.

La tradición dice que el Hotel California de Todosantos en Baja California fue el que inspiró la famosa melodía homónima. Parece ser que nada más en Guatemala y Baja California existen ciudades con este nombre que hoy se festeja. Felicidades a ellas y también a todos sus onomásticos... Y también a mi amigo Luis Felipe Lomelí, que tiene un libro de cuentos con ese nombre.

lunes, 25 de octubre de 2010

Tres grandes figuras al vuelo




Es demasiada coincidencia que, a la par de las masacres en diversos puntos del país, se estén muriendo varios de nuestros hombres de letras. Monsiváis, Dehesa, Esther Seligson, en fin.

Sumamente trágica también fue la semana anterior para la literatura mexicana: se fueron tres grandes figuras, cada una de ellas un verdadero hito en su campo. Friedrich Katz, Antonio Alatorre y Alí Chumacero.

Primero fue don Friedrich Katz, el mexicano nacido en Austria que, de tan agradecido por lo bien que trató México a su familia al salir de un país ocupado por los nazis, le regaló a nuestro México la mejor biografía que existe del Gral. Francisco Villa.

Katz no sólo fue gran historiador: su prosa era de gran calidad, algo que aumenta su mérito al tratarse de un ensayista de largo aliento. Si bien en su español verbal en ocasiones se confundía con un verbo o algún género específico, siempre compartía cosas deslumbrantes, hilando las ideas con suma pericia magisterial.

Katz, además del periodo revolucionario, investigó un campo fructífero y revelador: el espionaje en México, a través de las redes en el extranjero, revisando tanto informes desclasificados como libros de memorias de espías jubilados. En esos documentos es donde se encuentran los mejores secretos de nuestra historia.

El pasado viernes se fue uno de los primeros escritores que leí en mi infancia. Don Antonio Alatorre, de los más grandes hombres que nos dio Jalisco en el siglo XX, orgullosamente oriundo de Autlán. (¿Ya se fijaron que tanto él, como Arreola y Rulfo, nacieron en pueblitos pequeños y retirados de la pretenciosa Guadalajara?)

Fue uno de los creadores de mis libros de texto gratuito, editados en 1972, y en la primaria leí bastante cuentos suyos, además de los firmados por su esposa Margit Frenk, la maestra sonorense Armida de la Vara y Gonzalo Celorio.

De ellos, sólo quedan Margit Frenk y Gonzalo Celorio, que cuando lo conocí y le agradecí por esos libros, me sorprendió que fuera tan joven, ya que los otro autores eran figuras venerables desde entonces. Yo tenía 23 años y me dijo (con cierto sobresalto porque toda la vida he aparentado más edad de la que tengo), que tenía incluso un hijo de mi edad. Celorio, nacido en 1948, colaboró en esas ediciones a la edad de 23 años, mientras que los otros autores habían venido al mundo por la década de los 20.

Por fortuna, llegué a conocer a Alatorre, creador de un libro infaltable que se llama “Los 1001 años de la lengua castellana” y que seguido releo para recordar la maravilla del idioma castellano y sus orígenes. Estuve con él en un extraño coloquio de escritores en donde el otro participante y yo mejor decidimos callarnos para que el Mtro. Alatorre hablara todo el tiempo que le diera su gana. Cosa que así sucedió.

Como muchos de los grandes escritores, tenía dos cualidades únicas: la sencillez y la naturalidad.

Alí Chumacero, nacido en Acaponeta, Nayarit, fue uno de los más monumentales poetas mexicanos. Fue gran amigo del sinaloense Gilberto Owen, a quien le mandó unas cartas muy divertidas y hermosas que en su momento se publicaron en sus obras completas.

Su poema “Responso del Peregrino” es un bello epitalamio –poema hecho con motivo de una boda- en donde se reconoce como pecador y maneja en secreto inesperadas simbologías religiosas. Además, fue un gran maestro de escritores por décadas en el Centro Mexicano de Escritores y eso no es escaso mérito

Alguna vez, en un evento del INAH al que fue para pelear el rescate de una zona arqueológica de Nayarit, le preguntaron con sorpresa si tenía trabajo en ese instituto, al ver la manera tan oronda como se desempeñaba. Alí dijo que sí, ya que su principal función era fungir como “monumento nacional” y recogía en persona el cheque necesario “para su mantenimiento”.

Descansen en paz, estos tres inquietos caballeros de la letra, verdaderos maestros del idioma.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Frente al otoño de verano





Escribo desde Morelia y aquí si hay otoño. Salgo a un patio a media mañana y veo caer pequeñas hojas que se confunden con la llovizna desleída, así como con el glogloteo de una fuente de cantera al centro del claustro.

El Conservatorio de las Rosas en su origen fue un convento y esa aura de clausura y soledad viene a bien a los aires de fin de mes. La luz de las mañanas aquí es como la de las ocasionales tardes nubladas de Mazatlán.

Corre un viento frío y la piedra de los muros y la cantera de las baldosas adquieren mayor condición conventual. Un árbol de naranjas alza sus racimos, desafiando un sol cariacontecido tras las nubes, incapaz de imponerse a una llovizna que se deshoja en chispas de claridad.

Otra señal del otoño es que comienza a oscurecer más rápido, a pesar del artificio del horario de verano que demora el efecto. Las luces se enciende más temprano y, por la falta de costumbre, sorprende ver los comercios tan llenos a horas que parecen tardías. Como si ya fuera diciembre, pero no.

En el centro y sur del país se nota más ese efecto, tanto por los cambios de latitud como por la presencia de las montañas que oscurecen pronto a las ciudades. En Mazatlán el sol siempre se oculta entre pocas nubes y el mar funge como espejo que reverbera la luminosidad largo rato, aún después de que el astro solar se ha desvanecido.

Los mazatlecos tenemos un otoño demasiado sutil: nunca veremos el soplo cefírico del viento agitando caudas de hojas secas e incluso formando fugaces esculturas en las plazuelas. Tampoco veremos los árboles desnudos con sus brazos en actitud de garra, señoreando como en los bulevares de Paris, el Paseo de la Reforma o las caricaturas de Remy.

Nuestro otoño es verde por las recientes lluvias del verano y el calor que aun bosteza su tibia bocanada. Este color verde se mantendrá con suerte hasta las lluvias de febrero que tanto sabor y desasosiego le dan a nuestros carnavales.

Sólo el agua del mar estará más fresca, aunque no tanto como la frialdad de Semana Santa.

¿Será que nos hace falta un buen y soporífero otoño para volvernos una sociedad más pacífica, más reflexiva, menos tensionada por la brasa solar que nos agobia desde mediados de mayo hasta finales de septiembre?

Por lo pronto el destello del clima ira bajando un poco su intensidad, con rachas de altas y bajas, según tengan las lluvias la caridad o la calamidad de visitarnos.

Hay ciudades donde la gente usa suéter o chamarra todo el año y la vestimenta no siempre da una idea del tiempo vivido. Nosotros los porteños, a un ritmo que se nos hará lento, comenzaremos a sacar las camisas de manga larga y esos cambios oscuros que sería un suicidio ponérselos incluso para una salida breve.

Somos tan refractarios a reconocer que tenemos un frío que nos burlamos del amigo que se pone una bufanda en octubre o diciembre, aunque el pobre tenga una calentura terciana y se encuentre obligado a salir a la calle.

Por lo pronto, oficialmente ha nacido ya el otoño, el falso otoño que tenemos en el Trópico de Cáncer: quizá por eso nos sentimos eternamente jóvenes, ante la falta de una estación que sirva de intermedio entre el tiempo de la plenitud y el tiempo del recogimiento, el tiempo de la pausa y el tiempo de la melancolía, el tiempo de la luz cegadora y los momentos del descanso.

El otoño es algo tan exótico para nosotros que sólo lo usamos para hablar de modas o referirnos con supuesta cortesía las personas maduras. Los franceses dicen que si una primavera sale muy fría o lluviosa es una falsa primavera: a ver si algún día los mazatlecos nos toca un otoño verdadero, de hojas volando y aroma de carcaza que se quema flotando entre la floresta de la plazas

lunes, 20 de septiembre de 2010

Historia de bullying





Me parece un verdadero acierto que hayan comenzado los educadores a tomar medidas contra el “bullying”. Yo lo padecí durante un breve lapso y la culpa fue de Steven Spielberg.

Por fortuna, no fui una víctima consuetudinaria de esta execrable forma de acoso y ostracismo social. Cuando te llevas con un grupito de amigos, es normal que de de vez en cuando te carguen la mano. Pero confirmo lo privilegiado de mi estatus, sobre todo al recordar a compañeros bastante martirizados.

Yo estuve en tres primarias. La segunda de ellas era una escuela de cartón. No me da vergüenza decirlo. Pudimos habernos ido a la Gabriela Mistral donde estaban todos los primos, pero quisimos estar ahí un año y medio. Era a la vuelta de la casa y estaban muchos de nuestros vecinos, además de un solar inmenso para jugar.

Nos tocó el proceso de creación de la escuela. A pesar de que abundaban niños de hogares muy pobres o en conflicto, nunca padecí de humillaciones repetidas.

El problema fue cuando la escuela al fin fue construida y los grupos aumentaron. Los que estuvimos en las aulas de cartón consideramos unos advenedizos a los que esperaron que la concluyeran. Pero también accedieron bastantes alumnos que nos llevaban dos o tres años de ventaja y más cercanos a las furias de la adolescencia.

En aquella época, el cine era una cosa más extraordinaria que nunca. No todos asistían una vez por semana y quien veía una película no vista por los demás adquiría un papel protagónico a la hora del recreo.

Acostumbrado a compartir con mis amigos esos hallazgos, una vez narré, con el mismo asombro que nunca me ha abandonado, la trama de “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo” de Steven Spielberg. Incluí desde la escena de las fallas eléctricas provocadas por los OVNIS hasta el contacto final a través de claves musicales.

Ahí fue donde me agarraron y ya no me soltaron: a algunos les pareció más que divertida la forma en que recreé las cinco notas musicales utilizadas y, peor aún, las señalizaciones manuales para identificarlas, señales que años después supe que eran parte del alfabeto musical de Zoltan Kodaly. Una de ellas incluía inclinar la mano hacía abajo mientras se interpretaba la melodía de “tu-ru-ru-ru-rú”.

También en aquel tiempo la escuela estaba en un proceso de formación laboral y varias veces nos cambiaron de maestros o permanecía el grupo desatendido, haciendo infinitas combinaciones numéricas ordenadas por el director. Eso recrudeció mi leve infierno personal. No había quien me apoyara.

Ya en mi siguiente escuela tuve compañeros de mi edad y fui a un grupo que era el mismo desde primer año y todos se apreciaban. Fin del drama, por fortuna.

Debo añadir que en esos tiempos, no era costumbre tratar mal a los compañeros que eran cerebritos o diferentes. Dichos compañeros recibían sus diplomas y eran visto con respeto, costumbre que yo vi mantenerse en la secundaria y parte de la prepa.

Al segundo año de prepa la abandoné porque hice un viaje largo y a mi regreso - mediados de los 80s-, descubrí que mis nuevos compañeros eran más agresivos y despiadados con los aplicados, los tímidos o los indefinidos sexualmente. ¿Cuál fue el cambio?

Me atrevo asociar que, en ese verano, se puso de moda la película “La Venganza de los Nerds” y todos pusieron en práctica sus jocosos ejemplos. Si bien su mensaje final fue respetar a los demás, muchos de esa generación – y las que vinieron o la vieron en video y tele – se quedaron con el pasatiempo de humillar a los individualistas.

De hecho, no había ningún equivalente en español para la palabra “nerd”. Y, por algo, aún así sigue sucediendo.

sábado, 19 de junio de 2010

Monsi




Quizás don Carlos Monsiváis – dicho sea sin ironía - no dejó una obra maestra perfecta, pero cada uno de sus libros son joyas relevantes de nuestra cultura, el periodismo y el análisis político de nuestro tiempo. Monsiváis apostó por un género difícil y hasta hace poco apreciado, que es el de la crónica de lo inmediato, el rescate del momento fútil de lo cotidiano como explicación del pasado y los futuros de nuestra identidad.

De eso está hecha la vida y en su tiempo, pocos “intelectuales” se acercaban a la tele, nuestro objeto cotidiano más invasivo. Monsi salía en ella y escribía sobre los comerciales de los Hermanos Vázquez, las tragedias de Verónica Castro, o se tomaba una foto con las Flans… aunque luego reconoció haberse equivocado al defender a Gloria Trevi como paladín del antimachismo... Nunca olvidaré una crónica que narra cómo María Félix se digna a ir a Neza a la inauguración de una calle horrible con su nombre, donde se porta como toda una dama y convive amable con las doñas, los albañiles y las lideresas de la colonia que montaron el homenaje.

Algo similar sucedió con el poeta Salvador Novo, quien durante años llenó de ironías, sátiras y epigramas la vida literaria de México, pero no nos dejó un libro redondo como referente inmediato. (A los pintores Raúl Anguiano, Juan Soriano y Manuel Rodríguez Lozano les decía “los anales” y - por favor-, no me pidan que escriba el escatológico apodo que le puso a Frida Kahlo)

Monsiváis fue en más de un sentido su heredero, aunque nunca fue nombrado cronista oficial del DF como Novo. El prólogo de don Carlos a “La estatua de sal”, las memorias homosexuales de don Salvador publicadas póstumamente, es una puesta al día de la vida secreta de muchos mexicanos, aquejados por la incomprensión, la ignorancia y el desprecio.

Aclaro: decir que no dejaron un libro perfecto no es una crítica negativa. Ambos corrieron riesgos al jugar la apuesta de lo efímero y aparentemente banal como destello del instante.

Conocí a don Carlos Monsiváis hace más de veinte años, cuando recibió el Premio Mazatlán en 1987. En otras ocasiones coincidí con él y le mandé puntualmente mis libros a su casa de San Simón 62, en la Colonia Portales.

Por allá por 1993, me topé con él en la Feria del Libro de Guadalajara: yo venía de una presentación de los moneros Jis y Trino y, en ese momento, uno de ellos me estaba autografiando mi calendario ilustrado por ellos. Como Monsiváis a veces aparecía como personaje en sus tiras cómicas, le pedí a Jis que me lo dibujara a un lado de mi dedicatoria, para pedirle que me lo firmara después el personaje real.

“Ah, caray”, me dijo, “hace mucho que no lo dibujo”, así que luego de voltearlo a ver de perfil, me dibujó con su pluma a un Carlos Monsiváis de gesto malhumorado, junto a los personajes de “El Santos” y “La Tetona Mendoza”, verdaderos monstruos de la caricatura mexicana.

Rodeado de jóvenes que le pedían autógrafos, yo aparecí con mi calendario y de inmediato me lo firmó. Mis amigos, que habían visto la escena de lejos, se impresionaron al ver que don Carlos me había puesto una dedicatoria con mi nombre… sin que yo se lo hubiese mencionado. No sólo Carlos Monsiváis me conocía, sino que aparte me recordaba. Caramba, la leyenda de la poderosa memoria de nuestro cronista de lo inmediato era real, dijimos todos.

Pero yo mismo caí en cuenta de que no era así: simplemente, antes Jis me había puesto, “Para Juan José Rodríguez, un saludo del Santos” junto a un dibujo improvisado, por lo que don Carlos se tomó la molestia de escribirlo; no se limitó a dejar sólo un garabato, a la manera de los rockstar. Sí: así era Monsi, don Carlos Monsiváis, el padre de la crónica moderna mexicana y la crónica del instante.

Ilustración de Carlos Maciel KIJANO

sábado, 5 de junio de 2010

Recta escritura: ortografía




Lo que se está volviendo un problema vergonzante es el desvanecimiento del respeto a la ortografía. Pocos se sienten con derecho a seguir las reglas mínimas y el caos impera a partir del actual boom tecnológico.

La capacidad de hilar una frase con ciertos reglamentos de acentuación disminuye a velocidad luz. Suelen culparse a los teclados de los teléfonos, pero el problema puede percibirse incluso en algunos profesores no adictos a los mensajes de texto y el internet mismo. Al parecer, el problema es social, educativo e histórico.


El alfabeto Morse, primera irrupción del progreso técnico en la vida diaria, respetó desde su inicio la correcta reproducción de las diferentes letras, incluyendo las homófonas. Las consonantes “B” y la “V”, por ejemplo, tienen su propio signo en esa clave sin hilos. En cambio, tratar hoy de leer algunos de los modernos mensajes de texto equivale a sumergirse en un nudo gordiano polisémico.

La palabra ortografía viene de “orto” que quiere decir “rectitud” y “grafía” que viene de escritura… algo tiene que ver este sufijo con el grafito volcánico usado en la antigua Roma para “grafitear” las paredes. A fin de cuentas, este detalle paleográfico nos recuerda que los idiomas los forma la gente sencilla. No se hacen en las academias y en los diccionarios, sino en los caminos, las plazas y las barriadas. Pero no por eso hay que caer en el caló, el argot y la tatacha.

Don Andres Bello, desde Sudamérica, propuso en el siglo XIX eliminar algunas letras como la “g” y dejar sólo la “j” española para volver más concreta la escritura, lectura y aprendizaje del idioma español. El general y escritor Domingo Faustino Sarmiento quería que en Argentina se cambiaran la “c” de cebolla y la “z” de zapato por la grafía unificada de la “s”, bajo el argumento -no del todo ilógico- de que en América el seseo es superior al ceceo.

Estas propuestas americanas, no despertaron gran emoción en los académicos españoles, celosos de su hablar madrileño. Ni siquiera querían aceptar algunas palabras de origen vasco, catalán o gallego, exigiendo que el idioma correcto era el hablado en la meseta central de Castilla, la vieja.

En el idioma español, la ortografía mantiene algunas palabras arcaicas quizás por puro amor a la herencia latina de la lengua. Durante largo tiempo se escribió “Philosophia” hasta que se adoptó la “F” en vez del sonido de la “Ph”, quedando dicha palabra como hoy la conocemos. En inglés, a pesar del generalizado uso de la “f”, aun se escribe” Philosophy” para darse un aire harvardiano u oxoniense. (“oxoniense” es la manera ultracorrecta de referirse a lo que tiene que ver con la académica ciudad de Oxford, Inglaterra)

No puedo recordar de momento cuál fue el gramático que pidió, hace más de trescientos años, usar “k” en vez de “q”, y “z” en vez de “s”, con propósitos similares a los de don Andrés Bello. Con esta medida “el idioma ezpañol terminaría ziendo muy parezido al alemán y al ruso y el uzo de zeta y ka nos daría un aire de habla andaluza.”, si se me permite poner un ejemplo gráfico.

Los italianos, por lo contrario, hace buen rato se despejaron esa nostalgia a incluso jubilaron la hache latina, tan cara para los amantes del esplendor romano. Para decir “hombre” escriben “uomo” sin temor a perder la virgiliana relación con el latín clásico, de donde provino la palabra materna “homo”... (Por cierto "omosessuale" es la palabra correcta para definir a los gay, aunque en la calle usan “finocchio”, con la cual se refieren también a una popular hierba fina italiana).

domingo, 9 de mayo de 2010

Sucedió en el Día de la Madre


Julio Cortázar, de niño.






Uno de los cuentos que más me divierten de Julio Cortázar es de tan sólo tres páginas y acontece en el Día de la Madre.



La trama ocurre así: están los hijos entorno de la mamá, pero en la reunión no se encuentra el más pequeño de todos. Al preguntar la progenitora por él, le dicen que no tarda en llegar, qué, precisamente, a él lo comisionaron para ir a escoger y comprar el regalo.



¿Motivo de esa decisión? No porque fuese por coincidencia el niño consentido, sino porque tanto la madre como el retoño comparten el gusto por la música clásica. Así que sólo ese endiablado genio precoz posee la capacidad de elegir mejor que nadie el regalo.



La señora, con esa clarividencia que sólo pueden tener las madres, le dice a su rosario de hijos que le va a regalar la Sinfonía número 3 de Gustav Mahler.



En ese momento, aparece el comisionado del presente y, en efecto, lleva en sus manos un disco con la Sinfonía número 3 de Mahler que provoca la ovación unánime.



Para fines de mejor visualización de la historia, creo pertinente señalar que el disco es un LP de acetato, de esos grandotototes que venían envueltos en plástico trasparente y eran objetos tan caros y selectos que, al regalar uno de ellos, no era necesario envolverlo en papel de obsequio. Debían de lucirse de manera evidente, como si fuesen una botella de Grand Marnier o coñac Napoleón.



¿Cómo supo la mamá que le iba a regalar ese disco? No porque ella fuese fanática de Mahler… como buena madre, sabe que precisamente ese es el disco que le falta a su hijo para completar su colección de música sinfónica europea del siglo XIX.



Casi nadie ha leído ese texto porque se esconde en uno de los libros misceláneos del genial cuentista argentino, en donde revuelve cuentos con poemas, fotografías, ensayos y una que otra vacilada.



Lo he contado a los amigos y algunos me honran pensando que ese cuento no existe, que lo acabo de inventar en el momento y que le doy crédito a don Julio para que no piensen que me ocurrió a mí en la vida real.



Por cierto, este año le regalé a mi mamá una bicicleta estática para hacer ejercicio a la que he dado buen uso, aunque mi corpulencia actual no lo denote a simple vista. Mi hermana mayor no se dejó y le compró un elegante sillón que, ese si, no se me permite dar uso con la intermitencia dedicada a la bicicleta.



Parece ser que una tradición indisoluble del 10 de mayo es la de los regalos utilitarios y pragmáticos. Suelen ser denostados por algunos, pero lo cierto es que muchas veces la misma destinataria sugiere una lavadora o un refrigerador, objeto que a fin de cuentas van a aligerarle la inevitable carga laboral de todos los días o de toda la vida.



Quizás el regalo más espectacular y simbólico dado el día de la madre, (y también el más importante hecho por un político mexicano), fue el de aquel Presidente de México que decidió que debía de celebrarse todos los 10 de mayo, aunque no cayera en fin de semana, debido a que ese era el mismo día del cumpleaños de su jefecita santa. (Una versión habla de una encuesta propuesta por el periodista Rafael Alducín, pero otra sostiene que a miles de burócratas se les obligó a votar por ese día, en una "quedada bien" de varios funcionarios ambiciosos).



En la mayoría del mundo civilizado, el día de la madre es una fecha movible, al igual que el día del Padre y la Semana Santa, gracias al imperfecto calendario gregoriano. Otros lo festejan el segundo domingo de mayo, aunque en Francia es el último, salvó que el primero caiga en Pentecostés… (Todos los calendarios, incluyendo al azteca, el maya y el chino, son más perfectos que el calendario gregoriano)