sábado, 19 de junio de 2010

Monsi




Quizás don Carlos Monsiváis – dicho sea sin ironía - no dejó una obra maestra perfecta, pero cada uno de sus libros son joyas relevantes de nuestra cultura, el periodismo y el análisis político de nuestro tiempo. Monsiváis apostó por un género difícil y hasta hace poco apreciado, que es el de la crónica de lo inmediato, el rescate del momento fútil de lo cotidiano como explicación del pasado y los futuros de nuestra identidad.

De eso está hecha la vida y en su tiempo, pocos “intelectuales” se acercaban a la tele, nuestro objeto cotidiano más invasivo. Monsi salía en ella y escribía sobre los comerciales de los Hermanos Vázquez, las tragedias de Verónica Castro, o se tomaba una foto con las Flans… aunque luego reconoció haberse equivocado al defender a Gloria Trevi como paladín del antimachismo... Nunca olvidaré una crónica que narra cómo María Félix se digna a ir a Neza a la inauguración de una calle horrible con su nombre, donde se porta como toda una dama y convive amable con las doñas, los albañiles y las lideresas de la colonia que montaron el homenaje.

Algo similar sucedió con el poeta Salvador Novo, quien durante años llenó de ironías, sátiras y epigramas la vida literaria de México, pero no nos dejó un libro redondo como referente inmediato. (A los pintores Raúl Anguiano, Juan Soriano y Manuel Rodríguez Lozano les decía “los anales” y - por favor-, no me pidan que escriba el escatológico apodo que le puso a Frida Kahlo)

Monsiváis fue en más de un sentido su heredero, aunque nunca fue nombrado cronista oficial del DF como Novo. El prólogo de don Carlos a “La estatua de sal”, las memorias homosexuales de don Salvador publicadas póstumamente, es una puesta al día de la vida secreta de muchos mexicanos, aquejados por la incomprensión, la ignorancia y el desprecio.

Aclaro: decir que no dejaron un libro perfecto no es una crítica negativa. Ambos corrieron riesgos al jugar la apuesta de lo efímero y aparentemente banal como destello del instante.

Conocí a don Carlos Monsiváis hace más de veinte años, cuando recibió el Premio Mazatlán en 1987. En otras ocasiones coincidí con él y le mandé puntualmente mis libros a su casa de San Simón 62, en la Colonia Portales.

Por allá por 1993, me topé con él en la Feria del Libro de Guadalajara: yo venía de una presentación de los moneros Jis y Trino y, en ese momento, uno de ellos me estaba autografiando mi calendario ilustrado por ellos. Como Monsiváis a veces aparecía como personaje en sus tiras cómicas, le pedí a Jis que me lo dibujara a un lado de mi dedicatoria, para pedirle que me lo firmara después el personaje real.

“Ah, caray”, me dijo, “hace mucho que no lo dibujo”, así que luego de voltearlo a ver de perfil, me dibujó con su pluma a un Carlos Monsiváis de gesto malhumorado, junto a los personajes de “El Santos” y “La Tetona Mendoza”, verdaderos monstruos de la caricatura mexicana.

Rodeado de jóvenes que le pedían autógrafos, yo aparecí con mi calendario y de inmediato me lo firmó. Mis amigos, que habían visto la escena de lejos, se impresionaron al ver que don Carlos me había puesto una dedicatoria con mi nombre… sin que yo se lo hubiese mencionado. No sólo Carlos Monsiváis me conocía, sino que aparte me recordaba. Caramba, la leyenda de la poderosa memoria de nuestro cronista de lo inmediato era real, dijimos todos.

Pero yo mismo caí en cuenta de que no era así: simplemente, antes Jis me había puesto, “Para Juan José Rodríguez, un saludo del Santos” junto a un dibujo improvisado, por lo que don Carlos se tomó la molestia de escribirlo; no se limitó a dejar sólo un garabato, a la manera de los rockstar. Sí: así era Monsi, don Carlos Monsiváis, el padre de la crónica moderna mexicana y la crónica del instante.

Ilustración de Carlos Maciel KIJANO

sábado, 5 de junio de 2010

Recta escritura: ortografía




Lo que se está volviendo un problema vergonzante es el desvanecimiento del respeto a la ortografía. Pocos se sienten con derecho a seguir las reglas mínimas y el caos impera a partir del actual boom tecnológico.

La capacidad de hilar una frase con ciertos reglamentos de acentuación disminuye a velocidad luz. Suelen culparse a los teclados de los teléfonos, pero el problema puede percibirse incluso en algunos profesores no adictos a los mensajes de texto y el internet mismo. Al parecer, el problema es social, educativo e histórico.


El alfabeto Morse, primera irrupción del progreso técnico en la vida diaria, respetó desde su inicio la correcta reproducción de las diferentes letras, incluyendo las homófonas. Las consonantes “B” y la “V”, por ejemplo, tienen su propio signo en esa clave sin hilos. En cambio, tratar hoy de leer algunos de los modernos mensajes de texto equivale a sumergirse en un nudo gordiano polisémico.

La palabra ortografía viene de “orto” que quiere decir “rectitud” y “grafía” que viene de escritura… algo tiene que ver este sufijo con el grafito volcánico usado en la antigua Roma para “grafitear” las paredes. A fin de cuentas, este detalle paleográfico nos recuerda que los idiomas los forma la gente sencilla. No se hacen en las academias y en los diccionarios, sino en los caminos, las plazas y las barriadas. Pero no por eso hay que caer en el caló, el argot y la tatacha.

Don Andres Bello, desde Sudamérica, propuso en el siglo XIX eliminar algunas letras como la “g” y dejar sólo la “j” española para volver más concreta la escritura, lectura y aprendizaje del idioma español. El general y escritor Domingo Faustino Sarmiento quería que en Argentina se cambiaran la “c” de cebolla y la “z” de zapato por la grafía unificada de la “s”, bajo el argumento -no del todo ilógico- de que en América el seseo es superior al ceceo.

Estas propuestas americanas, no despertaron gran emoción en los académicos españoles, celosos de su hablar madrileño. Ni siquiera querían aceptar algunas palabras de origen vasco, catalán o gallego, exigiendo que el idioma correcto era el hablado en la meseta central de Castilla, la vieja.

En el idioma español, la ortografía mantiene algunas palabras arcaicas quizás por puro amor a la herencia latina de la lengua. Durante largo tiempo se escribió “Philosophia” hasta que se adoptó la “F” en vez del sonido de la “Ph”, quedando dicha palabra como hoy la conocemos. En inglés, a pesar del generalizado uso de la “f”, aun se escribe” Philosophy” para darse un aire harvardiano u oxoniense. (“oxoniense” es la manera ultracorrecta de referirse a lo que tiene que ver con la académica ciudad de Oxford, Inglaterra)

No puedo recordar de momento cuál fue el gramático que pidió, hace más de trescientos años, usar “k” en vez de “q”, y “z” en vez de “s”, con propósitos similares a los de don Andrés Bello. Con esta medida “el idioma ezpañol terminaría ziendo muy parezido al alemán y al ruso y el uzo de zeta y ka nos daría un aire de habla andaluza.”, si se me permite poner un ejemplo gráfico.

Los italianos, por lo contrario, hace buen rato se despejaron esa nostalgia a incluso jubilaron la hache latina, tan cara para los amantes del esplendor romano. Para decir “hombre” escriben “uomo” sin temor a perder la virgiliana relación con el latín clásico, de donde provino la palabra materna “homo”... (Por cierto "omosessuale" es la palabra correcta para definir a los gay, aunque en la calle usan “finocchio”, con la cual se refieren también a una popular hierba fina italiana).

domingo, 9 de mayo de 2010

Sucedió en el Día de la Madre


Julio Cortázar, de niño.






Uno de los cuentos que más me divierten de Julio Cortázar es de tan sólo tres páginas y acontece en el Día de la Madre.



La trama ocurre así: están los hijos entorno de la mamá, pero en la reunión no se encuentra el más pequeño de todos. Al preguntar la progenitora por él, le dicen que no tarda en llegar, qué, precisamente, a él lo comisionaron para ir a escoger y comprar el regalo.



¿Motivo de esa decisión? No porque fuese por coincidencia el niño consentido, sino porque tanto la madre como el retoño comparten el gusto por la música clásica. Así que sólo ese endiablado genio precoz posee la capacidad de elegir mejor que nadie el regalo.



La señora, con esa clarividencia que sólo pueden tener las madres, le dice a su rosario de hijos que le va a regalar la Sinfonía número 3 de Gustav Mahler.



En ese momento, aparece el comisionado del presente y, en efecto, lleva en sus manos un disco con la Sinfonía número 3 de Mahler que provoca la ovación unánime.



Para fines de mejor visualización de la historia, creo pertinente señalar que el disco es un LP de acetato, de esos grandotototes que venían envueltos en plástico trasparente y eran objetos tan caros y selectos que, al regalar uno de ellos, no era necesario envolverlo en papel de obsequio. Debían de lucirse de manera evidente, como si fuesen una botella de Grand Marnier o coñac Napoleón.



¿Cómo supo la mamá que le iba a regalar ese disco? No porque ella fuese fanática de Mahler… como buena madre, sabe que precisamente ese es el disco que le falta a su hijo para completar su colección de música sinfónica europea del siglo XIX.



Casi nadie ha leído ese texto porque se esconde en uno de los libros misceláneos del genial cuentista argentino, en donde revuelve cuentos con poemas, fotografías, ensayos y una que otra vacilada.



Lo he contado a los amigos y algunos me honran pensando que ese cuento no existe, que lo acabo de inventar en el momento y que le doy crédito a don Julio para que no piensen que me ocurrió a mí en la vida real.



Por cierto, este año le regalé a mi mamá una bicicleta estática para hacer ejercicio a la que he dado buen uso, aunque mi corpulencia actual no lo denote a simple vista. Mi hermana mayor no se dejó y le compró un elegante sillón que, ese si, no se me permite dar uso con la intermitencia dedicada a la bicicleta.



Parece ser que una tradición indisoluble del 10 de mayo es la de los regalos utilitarios y pragmáticos. Suelen ser denostados por algunos, pero lo cierto es que muchas veces la misma destinataria sugiere una lavadora o un refrigerador, objeto que a fin de cuentas van a aligerarle la inevitable carga laboral de todos los días o de toda la vida.



Quizás el regalo más espectacular y simbólico dado el día de la madre, (y también el más importante hecho por un político mexicano), fue el de aquel Presidente de México que decidió que debía de celebrarse todos los 10 de mayo, aunque no cayera en fin de semana, debido a que ese era el mismo día del cumpleaños de su jefecita santa. (Una versión habla de una encuesta propuesta por el periodista Rafael Alducín, pero otra sostiene que a miles de burócratas se les obligó a votar por ese día, en una "quedada bien" de varios funcionarios ambiciosos).



En la mayoría del mundo civilizado, el día de la madre es una fecha movible, al igual que el día del Padre y la Semana Santa, gracias al imperfecto calendario gregoriano. Otros lo festejan el segundo domingo de mayo, aunque en Francia es el último, salvó que el primero caiga en Pentecostés… (Todos los calendarios, incluyendo al azteca, el maya y el chino, son más perfectos que el calendario gregoriano)

viernes, 30 de abril de 2010

Nervo y los indigenas en el Correo de la Tarde





Releo el excelente libro “Lunes de Mazatlán” - donde el Mtro. Gustavo Jiménez rescata las crónicas que publicó Amado Nervo en “El Correo de la Tarde” durante 1892 -1894-, cuando topo con algo interesante.

Sostiene Jiménez que Nervo dio un discurso en el Teatro Rubio con motivo de las Fiestas Patrias el 15 de septiembre de 1892. Gustavo solo cita un párrafo pequeño; quizás no incluyó el resto porque su libro sobre don Amado, quien forjó y templó sus primeras armas literarias en Mazatlán antes de irse a la capital, sólo se dedica a las crónicas porteñas.

Sacudido por el espíritu hemerográfico – de estudiante, una de mis chambas era realizar investigaciones de ese tipo para historiadores profesionales – corrí al Archivo Municipal en busca del discurso completo. Actualmente dirijo la Revista de la UAS y estoy al cierre de un número dedicado al Bicentenario, por lo que el texto me caería muy bien en el contexto.
Sorpresa: luego de que Luis Díaz de León y Aristeo Herrera y Cairo sacaron la compilación, resguardada por varias protecciones, descubro con tristeza que Nervo no publicó su discurso completo. Sólo un anónimo “repórter” – eso era la palabra usada en la época- mencionó el mismo fragmento que cita Jiménez en una breve gacetilla.
En vista de eso, aprovecho el desplazamiento y la inmersión al mundo de la hemeroteca para realizar un viaje por el túnel del tiempo de “El Correo de la tarde”.
Lo más divertido son los anuncios: Calzado fino y corriente a los mejores precios. Tónico Peruano milagroso para todas las enfermedades. Novelas baratas y con Rebaja de Precios en Imprenta Retes. Tambien se publican los nombres de los barcos fondeados en la bahia y las listas de pasajeros que arrivaban por mar y diligencia.
Las mencionadas “novelas baratas” no eran tan baratas. No lo digo por el precio, si no por su gran calidad, como “Armadale” del Wilkie Collins, sumamente recomendado por Borges. “Allan Quatermain”, un clásico de la aventura africana de Ryder Haggard, se ofrece en un solo tomo a 90 centavos.
Pero lo que me animó a escribir este texto fue un largo escrito titulado “Las garantías individuales y acatamiento a las órdenes del Gobierno. Indios de Chametla”, firmado por el Sr. Juan José Álvarez, el 14 de octubre de 1892 en Rosario, Sinaloa.
En síntesis, el Sr. Álvarez se queja de que en la cárcel de El Rosario se tenga en prisión a un grupo de indígenas de Chametla, incluyendo a varios de edad avanzada, por el falso delito de destruir unas plantas ubicadas en tierra de cultivo.
Analizando la carta, concluyo que el Gobernador porfirista Francisco Cañedo mandó repartir unos terrenos en Chametla a los grupos indígenas, sólo que el hecho contó con réplicas; incluso del mismo Alcalde local, las cuales terminaron en el encarcelamiento de dichos indígenas, quienes habían tratado de hacer uso de esas tierras.
El Sr. Álvarez pide la intervención de las autoridades gubernamentales para que den órdenes a la Prefectura del Distrito del Rosario y que el juez Miguel Sánchez no de lentitud al proceso, ya que el plazo de cuatro meses que otorga la ley para instruir una causa es demasiado. Añade que los indígenas ya padecen varias enfermedades en la prisión y sería lamentable que sus hijos tuviesen que hacer el triste papel de pordioseros.
Desconozco quien haya sido el Sr. Álvarez, y si aun tenga familia en El Rosario, pero a 108 años de su noble denuncia, hecha en un tiempo lleno de perjuicios contra los indígenas y la gente humilde, aplaudo y admiro ese digno gesto. También a “El Correo de la Tarde”.

domingo, 25 de abril de 2010

Furia de los dioses




Casi tres décadas después de ver “Furia de titanes” en el desaparecido cine Diana de Mazatlán, me acercó una vez más al mito, sublimado gracias a la tecnología 3D y la animación digital, con la reverencia desconfiada de quien busca el tiempo perdido de la nostalgia.


La nueva versión, además de tocar y retocar la esencia de algunos pasajes básicos de la mitología grecolatina, no puede evitar acercarse a los problemas de la actualidad, aprovechando un viaje parabólico… parabólico en más de un sentido si contamos las moralejas filosófica y el vuelo de Pegaso.

De entrada, reafirmo que yo voy al cine a divertirme y, hace buen rato, dejé de exigirle al cine gringo de fin de semana coherencia artística y corrección histórica. Cuando quiero ver una obra de arte o romperme la cabeza con enigmas fílmicos, mejor acudo al cine europeo u otras dignas producciones independientes.

Sin embargo, no dejan de hacerme ruido varias de las premisas de “Furia de Titanes” manejadas a lo largo de la trama y que pueden entrar en el esquema de la decepción de las generaciones actuales, agobiadas por heridas abiertas como las siguientes:

1.- Los progenitores desentendidos: el caso del Perseo fílmico, enseñado a vivir y a pescar por un padre no-biológico que se revela comprensivo y entregado, mientras que por otro lado está Zeus, padre severo y distante que se acerca cuando ya no se necesita de él.

2.- Las religiones teocráticas, donde se exige oración y sacrificio a los humanos en pro del bienestar común. (Es curioso que el único hombre rubio con barba sea el que insista en sacrificar a Andrómeda para calmar la ira de los dioses)

3.- La existencia misma de una divinidad que – desde un punto de vista humano y marcado por nuestra circunstancia social y tiempo histórico - no nos escucha, no responde, además de que nos da todo lo que le pedimos y creemos merecer. Aquí Nietzsche domina la trama y faltaban siglos para que Pascal y Simone Weil intentasen explicar “el silencio de Dios”.

El error histórico más grave de la película es cuando vemos a los dioses en el Olimpo preocupados porque los humanos ya no les rezan. En realidad, en el mundo de la antigüedad pre-cristiana, la oración no fue algo de uso común.
Para hablarle a la Divinidad – Zeus, Amón Ra e incluso el propio Yahvé – era menester la intervención de un sacerdote, hombre instruido y con un espacio físico donde garantizaba la presencia celestial. Y los griegos, además de las religiones enemigas de los judíos, usaban a sacerdotisas que a través del sexo permitían acceso a la comunicación con los seres superiores. Las bacanales y saturnales tenían un cómodo trasfondo religioso, ligado a la fertilidad y la renovación de las estaciones.

La “clave de acceso” de la plegaria individual apenas lleva 2,000 años y hay gente que prefiere aún los amuletos. Jesucristo abre esa puerta y cancela para sus seguidores varios de los complicados rituales del judaísmo anterior. El Corán, por su parte, sería un libro revolucionario al pedir la oración tres veces al día como mínimo, instrucción que no se nos da en la Biblia.

Incluso se consideraba eficaz el sacrificio como forma de dialogar con los dioses. En un solo día, Quetzalcóatl recibió sangre de 18,000 prisioneros. Recordemos en la Ilíada los toros sacrificados constantemente y en la propia Biblia las precisas instrucciones para los holocaustos, además de la prohibición de ejecutar a niños, algo no raro en aquel tiempo. El episodio de Abraham clausuraría en definitiva esa costumbre, según afirman algunos antropólogos y estudiosos de las religiones; aunque Abraham no siguió la tradición de Melquisedec, quien en esa época tan temprana ya ofrecía rituales con pan y vino.

Con el advenimiento del cristianismo y el judaísmo rabínico, comienza a establecerse la oración como el diálogo directo con el Creador. Desde un punto de vista histórico, la aparición de los salmos, el Padrenuestro, los mantras hindúes y la eliminación de los holocaustos, representan un súper avance en la relación con el misterio de la fe.

Aquí falla la película. La relación de los humanos con Dios Padre o los dioses páganos era muy diferente. La única semejanza directa del entorno griego con nosotros es la creencia en el logos y la psique, además de los modelos aristotélicos presentes en los orígenes del cristianismo… (Véase el libro de Los Macabeos, donde los miembros del clero ven con preocupación de la presencia helénica en la vida judía tradicional, en la que se celebran olimpiadas, se instalan gimnasios y cometen abominaciones sexuales)

Tenía razón Freud, autor que ya se considera desfasado: la vida de los hombres actuales está plagada de mitos griegos invisibles. Pero el complejo de Edipo y de Electra hoy son una verdadera Furia de Titanes, entre la hybris, las furias y el soplo cada vez más distante de las musas.

sábado, 17 de abril de 2010

La Familia Ingalls y las ejecuciones de Mankato





Descubro que en uno de los canales de televisión por cable retransmiten una serie clásica, tan clásica que llegó a tener tres nombres: “La familia Ingalls”-“Los Pioneros”-“La pequeña casa en la pradera”.

Yo la vi de niño y, casi todas las mujeres de mi generación, al hablar de su infancia la recuerdan -o quisieran recordarla- como si fuesen la pequeña niña que aparecía correteando en un pastizal, con música de fondo idílica entre créditos flotantes.

Era un entorno arcádico, donde los personajes llevaban una vida tranquila no exenta de retos, siendo el más común la pobreza o la incomprensión a los semejantes. Había siempre una moraleja que, por lo general, no caía en la moralina.
Dicha serie estuvo basada en los diarios de Laura Ingalls, una niña que en la vida real vivió la colonización del Oeste en la región de Minessotta. El personaje del padre lo encarnó Michael Landon, quien antes obtuvo fama en otro western lleno de conflictos familiares llamado “Bonanza”. (Bonanza me da miedo verla porque todos los protagonistas principales están muertos y el gutural doblaje fue hecho en Puerto Rico).
Vista a la luz del tiempo, la serie no le pide mucho a los programas actuales; incluso la pulcritud de sus guiones supera la previsibilidad de no pocas producciones del momento. Los conflictos dramáticos se desarrollan sin demasiado melodrama y, hasta donde el doblaje se toma sus libertades, el humor se mantiene incólume.
Pocas villanas han sido odiadas como Nellie Oleson, quien quedó encasillada para siempre en el ejemplo más terrible del síndrome premenstrual, como ella misma lo dice en los monólogos cómicos con los que aún se gana la vida. A la fecha hay gente que la abofetea en la calle. Su castigo es seguir condenada a interpretar ese mismo papel...
(Y en la vida real, su repugnante hermanillo era hermano de Melissa Gilbert, ambos adoptados. Melissa Gilbert de adolescente quiso que Michael Landon la adoptará en la vida real, incluso hasta anduvo con uno de sus hijos, pero algo vieron los Landon en ella que no les gustó).
Siempre me sorprendió que su papá, tan educado y noble, no la pusiera en paz ni tampoco a su impertinente esposa. Ahora sospecho que a lo mejor su mujer era la verdadera dueña de la tienda y del dinero.
El otro actor que aún sigue viviendo de su personaje es el intérprete de Almanzo Wilder, esposo de Laura Ingalls, quien radica en el verdadero pueblo de Walnut Grove. Ahí prospera un parque temático para turistas y suele fungir como anfitrión.
Algunas veces la serie se tomaba licencias, como episodios sobrenaturales donde se vivía la historia del avaro navideño de Dickens o de un anciano caminante que se revela como un ángel misterioso, pero por lo general, la credibilidad era apreciable.
Más adelante, el propio Landon intentó una secuela moderna llamada “Camino al cielo”, donde personificaba a otro ángel… dicha aventura se perdió en melosidades y chantajes evidentes. En cambio, “Los pioneros” transmitía valores sin parecer propaganda religiosa o tratar de convertirnos en héroes civiles: dejaban fluir la historia y, además, divertía a la familia.
No todo fue color de rosa en ese pueblo en la vida real. Ahí aconteció una terrible guerra con los indígenas locales y la parte más dura de ese genocidio. Es conocida como "La guerra de Little Crow" y todo comenzó cuando se acusó a unos sioux de haber matado una vaca.
Yo me enteré de este episodio cuando en Mérida vi al artista canadiense Fred Wah proyectar un libro de poemas sobre la matanza de Mankato, el pueblo más grande vecino a Walnut Grove. Seguido lo mencionaban en la serie e, incluso se sobreentiende en algunas situaciones, ahí estaba la única taberna-burdel "decente" de aquellos páramos.
Ahí en Mankato fueron ejecutados, un día después de la navidad de 1862 y en una horca inmensa, 38 indígenas alzados, la mayor ejecución en masa de la historia gringa. Abraham Lincoln y el obispo episcopal Henry Wipple lograron indultar a 285, pero no fue posible salvar a estos 38. Fred Wah se enteró del asunto porque, en una tienda de antigüedades, se encontró una charola cervecera conmemorativa del asunto: una auténtica tragedia americana donde el racismo y el capitalismo salieron triunfantes. Vale la pena reflexionar sobre este asunto.

lunes, 12 de abril de 2010

El abuelo: 100 años

Mis abuelos, Bertha Medrano y Juan Imperial





Hoy, 12 de abril, mi abuelo Juan Imperial cumpliría 100 años. Tuvo 15 hijos y más de 30 nietos. Le tocó un siglo difícil y, a pesar de que nació con la Revolución, recordaba haber saludado junto con su padre al Gral. Juan Carrasco.


El que sí anduvo en los balazos – y lo dieron por muerto durante largo tiempo – fue su futuro suegro, mi bisabuelo Alejo León, quien se unió al grupo de La Noria de Justo Tirado y se alzó con el remolino hasta que reapareció por los años veinte.


Cómo tanto revolucionarios, no recibió gran recompensa. Pasó sus últimos años como simbólico velador en las obras de mi abuelo. Mi padre me contó que se acostaba a dormir sobre una caja de herramienta, hecha con cuatro puertas unidas, armado con el mismo revólver de su juventud, “puesto un ojo al gato y otro al garabato”.


Mi abuelo perdió a su padre en la infancia y salió adelante junto con sus hermanas. Trabajó de joven con don Severo Montero, acabaron mal por culpa de unos gallos de pelea y decidió dejar el campo para dedicarse a la construcción. Lo hizo toda su vida y se jactaba de haber hecho su primer plano con una caja de puros de madera. Las reglas escuadra eran caras y escasas.


Su mamá, la bisabuela Fermina, era maestra rural. Varias de mis tías se dedicaron al magisterio y en cada pueblo que fueron dejaron una escuela. Es curiosa la vida de esa familia: los hombres andaban en la obra y las mujeres en la enseñanza. Tenían la ilusión vasconceliana de estar levantando una nación.



En Mazatlán, mi abuelo realizó varias construcciones, algunas como maestro mayor, en otras como contratista y en no pocas ejerciendo funciones de arquitecto. Trabajó con don Isaac Coppel en la Jabonería San Vicente y mi padre de niño anduvo en los andamios, así como en la instalación de los pisos del Hotel Freeman, ya que esa fue la tarea que le tocó en el “primer rascacielos del norte de México”.


Pienso ir a Tayoltita a ver los edificios que dejó allá. Mi padre estuvo a punto de nacer en el avión que hacía el recorrido de Mazatlán a Tayoltita, un Ford bimotor que aparece en un cuento de Ramón Rubín y, por su diseño novedoso, terminó como reliquia histórica en el Museo Smithsoniano, junto con el inmenso “Ganso” de Howard Hughes y el fragilísimo Flyer de los hermanos Wright.


Hay abuelos que siempre cuentan su historia. Mi abuelo era de los que nunca contaban “su historia”.


Llegó a ser regidor municipal gracias a su liderazgo en el Sindicato de Trabajadores de la Construcción, allá por los cuarenta, con el presidente Federico Cuevas. Otro día escribiré esa crónica y su conflicto con el grupo del ayuntamiento saliente, el cual terminó con una balacera incruenta en el patio del Palacio Municipal.


Ahí mi abuelo se parapetó tras de un busto de Juárez ubicado entonces en el centro. Ese busto terminó en la primaria Benito Juárez, donde yo estudié y fue directora por más de 20 años una de sus hermanas, mi tía Petra Rodríguez Imperial.


Hoy sobrevive otra de sus hermanas, mi tía Ángela, y aún atiende su cristalería “El Nevado”, en plena Aquiles Serdán. Ella fue muy guapa de joven y personaje de uno de los corridos de la Guerra del Monte, donde el caudillo Mercedes Osuna le mandaba saludos antes de “irse con la organización”. Se casó con mi tío Pancho Torrero, exitoso agente de ventas de Francisco Echeguren.


He mencionado apellidos conocidos sin ninguna pretensión. Era un Mazatlán más chico donde la gente honrada y trabajadora se conocía y trataba sin ninguna complicación. Mi abuelo siempre se jacto siempre esas dos cualidades, como un auténtico credo, y hemos tratado siempre de seguir ese digno ejemplo.