viernes, 30 de abril de 2010

Nervo y los indigenas en el Correo de la Tarde





Releo el excelente libro “Lunes de Mazatlán” - donde el Mtro. Gustavo Jiménez rescata las crónicas que publicó Amado Nervo en “El Correo de la Tarde” durante 1892 -1894-, cuando topo con algo interesante.

Sostiene Jiménez que Nervo dio un discurso en el Teatro Rubio con motivo de las Fiestas Patrias el 15 de septiembre de 1892. Gustavo solo cita un párrafo pequeño; quizás no incluyó el resto porque su libro sobre don Amado, quien forjó y templó sus primeras armas literarias en Mazatlán antes de irse a la capital, sólo se dedica a las crónicas porteñas.

Sacudido por el espíritu hemerográfico – de estudiante, una de mis chambas era realizar investigaciones de ese tipo para historiadores profesionales – corrí al Archivo Municipal en busca del discurso completo. Actualmente dirijo la Revista de la UAS y estoy al cierre de un número dedicado al Bicentenario, por lo que el texto me caería muy bien en el contexto.
Sorpresa: luego de que Luis Díaz de León y Aristeo Herrera y Cairo sacaron la compilación, resguardada por varias protecciones, descubro con tristeza que Nervo no publicó su discurso completo. Sólo un anónimo “repórter” – eso era la palabra usada en la época- mencionó el mismo fragmento que cita Jiménez en una breve gacetilla.
En vista de eso, aprovecho el desplazamiento y la inmersión al mundo de la hemeroteca para realizar un viaje por el túnel del tiempo de “El Correo de la tarde”.
Lo más divertido son los anuncios: Calzado fino y corriente a los mejores precios. Tónico Peruano milagroso para todas las enfermedades. Novelas baratas y con Rebaja de Precios en Imprenta Retes. Tambien se publican los nombres de los barcos fondeados en la bahia y las listas de pasajeros que arrivaban por mar y diligencia.
Las mencionadas “novelas baratas” no eran tan baratas. No lo digo por el precio, si no por su gran calidad, como “Armadale” del Wilkie Collins, sumamente recomendado por Borges. “Allan Quatermain”, un clásico de la aventura africana de Ryder Haggard, se ofrece en un solo tomo a 90 centavos.
Pero lo que me animó a escribir este texto fue un largo escrito titulado “Las garantías individuales y acatamiento a las órdenes del Gobierno. Indios de Chametla”, firmado por el Sr. Juan José Álvarez, el 14 de octubre de 1892 en Rosario, Sinaloa.
En síntesis, el Sr. Álvarez se queja de que en la cárcel de El Rosario se tenga en prisión a un grupo de indígenas de Chametla, incluyendo a varios de edad avanzada, por el falso delito de destruir unas plantas ubicadas en tierra de cultivo.
Analizando la carta, concluyo que el Gobernador porfirista Francisco Cañedo mandó repartir unos terrenos en Chametla a los grupos indígenas, sólo que el hecho contó con réplicas; incluso del mismo Alcalde local, las cuales terminaron en el encarcelamiento de dichos indígenas, quienes habían tratado de hacer uso de esas tierras.
El Sr. Álvarez pide la intervención de las autoridades gubernamentales para que den órdenes a la Prefectura del Distrito del Rosario y que el juez Miguel Sánchez no de lentitud al proceso, ya que el plazo de cuatro meses que otorga la ley para instruir una causa es demasiado. Añade que los indígenas ya padecen varias enfermedades en la prisión y sería lamentable que sus hijos tuviesen que hacer el triste papel de pordioseros.
Desconozco quien haya sido el Sr. Álvarez, y si aun tenga familia en El Rosario, pero a 108 años de su noble denuncia, hecha en un tiempo lleno de perjuicios contra los indígenas y la gente humilde, aplaudo y admiro ese digno gesto. También a “El Correo de la Tarde”.

domingo, 25 de abril de 2010

Furia de los dioses




Casi tres décadas después de ver “Furia de titanes” en el desaparecido cine Diana de Mazatlán, me acercó una vez más al mito, sublimado gracias a la tecnología 3D y la animación digital, con la reverencia desconfiada de quien busca el tiempo perdido de la nostalgia.


La nueva versión, además de tocar y retocar la esencia de algunos pasajes básicos de la mitología grecolatina, no puede evitar acercarse a los problemas de la actualidad, aprovechando un viaje parabólico… parabólico en más de un sentido si contamos las moralejas filosófica y el vuelo de Pegaso.

De entrada, reafirmo que yo voy al cine a divertirme y, hace buen rato, dejé de exigirle al cine gringo de fin de semana coherencia artística y corrección histórica. Cuando quiero ver una obra de arte o romperme la cabeza con enigmas fílmicos, mejor acudo al cine europeo u otras dignas producciones independientes.

Sin embargo, no dejan de hacerme ruido varias de las premisas de “Furia de Titanes” manejadas a lo largo de la trama y que pueden entrar en el esquema de la decepción de las generaciones actuales, agobiadas por heridas abiertas como las siguientes:

1.- Los progenitores desentendidos: el caso del Perseo fílmico, enseñado a vivir y a pescar por un padre no-biológico que se revela comprensivo y entregado, mientras que por otro lado está Zeus, padre severo y distante que se acerca cuando ya no se necesita de él.

2.- Las religiones teocráticas, donde se exige oración y sacrificio a los humanos en pro del bienestar común. (Es curioso que el único hombre rubio con barba sea el que insista en sacrificar a Andrómeda para calmar la ira de los dioses)

3.- La existencia misma de una divinidad que – desde un punto de vista humano y marcado por nuestra circunstancia social y tiempo histórico - no nos escucha, no responde, además de que nos da todo lo que le pedimos y creemos merecer. Aquí Nietzsche domina la trama y faltaban siglos para que Pascal y Simone Weil intentasen explicar “el silencio de Dios”.

El error histórico más grave de la película es cuando vemos a los dioses en el Olimpo preocupados porque los humanos ya no les rezan. En realidad, en el mundo de la antigüedad pre-cristiana, la oración no fue algo de uso común.
Para hablarle a la Divinidad – Zeus, Amón Ra e incluso el propio Yahvé – era menester la intervención de un sacerdote, hombre instruido y con un espacio físico donde garantizaba la presencia celestial. Y los griegos, además de las religiones enemigas de los judíos, usaban a sacerdotisas que a través del sexo permitían acceso a la comunicación con los seres superiores. Las bacanales y saturnales tenían un cómodo trasfondo religioso, ligado a la fertilidad y la renovación de las estaciones.

La “clave de acceso” de la plegaria individual apenas lleva 2,000 años y hay gente que prefiere aún los amuletos. Jesucristo abre esa puerta y cancela para sus seguidores varios de los complicados rituales del judaísmo anterior. El Corán, por su parte, sería un libro revolucionario al pedir la oración tres veces al día como mínimo, instrucción que no se nos da en la Biblia.

Incluso se consideraba eficaz el sacrificio como forma de dialogar con los dioses. En un solo día, Quetzalcóatl recibió sangre de 18,000 prisioneros. Recordemos en la Ilíada los toros sacrificados constantemente y en la propia Biblia las precisas instrucciones para los holocaustos, además de la prohibición de ejecutar a niños, algo no raro en aquel tiempo. El episodio de Abraham clausuraría en definitiva esa costumbre, según afirman algunos antropólogos y estudiosos de las religiones; aunque Abraham no siguió la tradición de Melquisedec, quien en esa época tan temprana ya ofrecía rituales con pan y vino.

Con el advenimiento del cristianismo y el judaísmo rabínico, comienza a establecerse la oración como el diálogo directo con el Creador. Desde un punto de vista histórico, la aparición de los salmos, el Padrenuestro, los mantras hindúes y la eliminación de los holocaustos, representan un súper avance en la relación con el misterio de la fe.

Aquí falla la película. La relación de los humanos con Dios Padre o los dioses páganos era muy diferente. La única semejanza directa del entorno griego con nosotros es la creencia en el logos y la psique, además de los modelos aristotélicos presentes en los orígenes del cristianismo… (Véase el libro de Los Macabeos, donde los miembros del clero ven con preocupación de la presencia helénica en la vida judía tradicional, en la que se celebran olimpiadas, se instalan gimnasios y cometen abominaciones sexuales)

Tenía razón Freud, autor que ya se considera desfasado: la vida de los hombres actuales está plagada de mitos griegos invisibles. Pero el complejo de Edipo y de Electra hoy son una verdadera Furia de Titanes, entre la hybris, las furias y el soplo cada vez más distante de las musas.

sábado, 17 de abril de 2010

La Familia Ingalls y las ejecuciones de Mankato





Descubro que en uno de los canales de televisión por cable retransmiten una serie clásica, tan clásica que llegó a tener tres nombres: “La familia Ingalls”-“Los Pioneros”-“La pequeña casa en la pradera”.

Yo la vi de niño y, casi todas las mujeres de mi generación, al hablar de su infancia la recuerdan -o quisieran recordarla- como si fuesen la pequeña niña que aparecía correteando en un pastizal, con música de fondo idílica entre créditos flotantes.

Era un entorno arcádico, donde los personajes llevaban una vida tranquila no exenta de retos, siendo el más común la pobreza o la incomprensión a los semejantes. Había siempre una moraleja que, por lo general, no caía en la moralina.
Dicha serie estuvo basada en los diarios de Laura Ingalls, una niña que en la vida real vivió la colonización del Oeste en la región de Minessotta. El personaje del padre lo encarnó Michael Landon, quien antes obtuvo fama en otro western lleno de conflictos familiares llamado “Bonanza”. (Bonanza me da miedo verla porque todos los protagonistas principales están muertos y el gutural doblaje fue hecho en Puerto Rico).
Vista a la luz del tiempo, la serie no le pide mucho a los programas actuales; incluso la pulcritud de sus guiones supera la previsibilidad de no pocas producciones del momento. Los conflictos dramáticos se desarrollan sin demasiado melodrama y, hasta donde el doblaje se toma sus libertades, el humor se mantiene incólume.
Pocas villanas han sido odiadas como Nellie Oleson, quien quedó encasillada para siempre en el ejemplo más terrible del síndrome premenstrual, como ella misma lo dice en los monólogos cómicos con los que aún se gana la vida. A la fecha hay gente que la abofetea en la calle. Su castigo es seguir condenada a interpretar ese mismo papel...
(Y en la vida real, su repugnante hermanillo era hermano de Melissa Gilbert, ambos adoptados. Melissa Gilbert de adolescente quiso que Michael Landon la adoptará en la vida real, incluso hasta anduvo con uno de sus hijos, pero algo vieron los Landon en ella que no les gustó).
Siempre me sorprendió que su papá, tan educado y noble, no la pusiera en paz ni tampoco a su impertinente esposa. Ahora sospecho que a lo mejor su mujer era la verdadera dueña de la tienda y del dinero.
El otro actor que aún sigue viviendo de su personaje es el intérprete de Almanzo Wilder, esposo de Laura Ingalls, quien radica en el verdadero pueblo de Walnut Grove. Ahí prospera un parque temático para turistas y suele fungir como anfitrión.
Algunas veces la serie se tomaba licencias, como episodios sobrenaturales donde se vivía la historia del avaro navideño de Dickens o de un anciano caminante que se revela como un ángel misterioso, pero por lo general, la credibilidad era apreciable.
Más adelante, el propio Landon intentó una secuela moderna llamada “Camino al cielo”, donde personificaba a otro ángel… dicha aventura se perdió en melosidades y chantajes evidentes. En cambio, “Los pioneros” transmitía valores sin parecer propaganda religiosa o tratar de convertirnos en héroes civiles: dejaban fluir la historia y, además, divertía a la familia.
No todo fue color de rosa en ese pueblo en la vida real. Ahí aconteció una terrible guerra con los indígenas locales y la parte más dura de ese genocidio. Es conocida como "La guerra de Little Crow" y todo comenzó cuando se acusó a unos sioux de haber matado una vaca.
Yo me enteré de este episodio cuando en Mérida vi al artista canadiense Fred Wah proyectar un libro de poemas sobre la matanza de Mankato, el pueblo más grande vecino a Walnut Grove. Seguido lo mencionaban en la serie e, incluso se sobreentiende en algunas situaciones, ahí estaba la única taberna-burdel "decente" de aquellos páramos.
Ahí en Mankato fueron ejecutados, un día después de la navidad de 1862 y en una horca inmensa, 38 indígenas alzados, la mayor ejecución en masa de la historia gringa. Abraham Lincoln y el obispo episcopal Henry Wipple lograron indultar a 285, pero no fue posible salvar a estos 38. Fred Wah se enteró del asunto porque, en una tienda de antigüedades, se encontró una charola cervecera conmemorativa del asunto: una auténtica tragedia americana donde el racismo y el capitalismo salieron triunfantes. Vale la pena reflexionar sobre este asunto.

lunes, 12 de abril de 2010

El abuelo: 100 años

Mis abuelos, Bertha Medrano y Juan Imperial





Hoy, 12 de abril, mi abuelo Juan Imperial cumpliría 100 años. Tuvo 15 hijos y más de 30 nietos. Le tocó un siglo difícil y, a pesar de que nació con la Revolución, recordaba haber saludado junto con su padre al Gral. Juan Carrasco.


El que sí anduvo en los balazos – y lo dieron por muerto durante largo tiempo – fue su futuro suegro, mi bisabuelo Alejo León, quien se unió al grupo de La Noria de Justo Tirado y se alzó con el remolino hasta que reapareció por los años veinte.


Cómo tanto revolucionarios, no recibió gran recompensa. Pasó sus últimos años como simbólico velador en las obras de mi abuelo. Mi padre me contó que se acostaba a dormir sobre una caja de herramienta, hecha con cuatro puertas unidas, armado con el mismo revólver de su juventud, “puesto un ojo al gato y otro al garabato”.


Mi abuelo perdió a su padre en la infancia y salió adelante junto con sus hermanas. Trabajó de joven con don Severo Montero, acabaron mal por culpa de unos gallos de pelea y decidió dejar el campo para dedicarse a la construcción. Lo hizo toda su vida y se jactaba de haber hecho su primer plano con una caja de puros de madera. Las reglas escuadra eran caras y escasas.


Su mamá, la bisabuela Fermina, era maestra rural. Varias de mis tías se dedicaron al magisterio y en cada pueblo que fueron dejaron una escuela. Es curiosa la vida de esa familia: los hombres andaban en la obra y las mujeres en la enseñanza. Tenían la ilusión vasconceliana de estar levantando una nación.



En Mazatlán, mi abuelo realizó varias construcciones, algunas como maestro mayor, en otras como contratista y en no pocas ejerciendo funciones de arquitecto. Trabajó con don Isaac Coppel en la Jabonería San Vicente y mi padre de niño anduvo en los andamios, así como en la instalación de los pisos del Hotel Freeman, ya que esa fue la tarea que le tocó en el “primer rascacielos del norte de México”.


Pienso ir a Tayoltita a ver los edificios que dejó allá. Mi padre estuvo a punto de nacer en el avión que hacía el recorrido de Mazatlán a Tayoltita, un Ford bimotor que aparece en un cuento de Ramón Rubín y, por su diseño novedoso, terminó como reliquia histórica en el Museo Smithsoniano, junto con el inmenso “Ganso” de Howard Hughes y el fragilísimo Flyer de los hermanos Wright.


Hay abuelos que siempre cuentan su historia. Mi abuelo era de los que nunca contaban “su historia”.


Llegó a ser regidor municipal gracias a su liderazgo en el Sindicato de Trabajadores de la Construcción, allá por los cuarenta, con el presidente Federico Cuevas. Otro día escribiré esa crónica y su conflicto con el grupo del ayuntamiento saliente, el cual terminó con una balacera incruenta en el patio del Palacio Municipal.


Ahí mi abuelo se parapetó tras de un busto de Juárez ubicado entonces en el centro. Ese busto terminó en la primaria Benito Juárez, donde yo estudié y fue directora por más de 20 años una de sus hermanas, mi tía Petra Rodríguez Imperial.


Hoy sobrevive otra de sus hermanas, mi tía Ángela, y aún atiende su cristalería “El Nevado”, en plena Aquiles Serdán. Ella fue muy guapa de joven y personaje de uno de los corridos de la Guerra del Monte, donde el caudillo Mercedes Osuna le mandaba saludos antes de “irse con la organización”. Se casó con mi tío Pancho Torrero, exitoso agente de ventas de Francisco Echeguren.


He mencionado apellidos conocidos sin ninguna pretensión. Era un Mazatlán más chico donde la gente honrada y trabajadora se conocía y trataba sin ninguna complicación. Mi abuelo siempre se jacto siempre esas dos cualidades, como un auténtico credo, y hemos tratado siempre de seguir ese digno ejemplo.

domingo, 21 de marzo de 2010

Fumando con Vitola





Yo me fumo dos puros al año. Y son Cohíba. Uno en noviembre, que me regala el arquitecto de Monterrey Jorge González Neri. Otro en marzo, regalo del arquitecto Alejandro García Villalón, más conocido como Virulo.

Más que un vicio, fumar esos puros equivale a la visita anual al Monumento del Soldado Desconocido. He sido un derrotado en las filas del tabaco. Soy como esas damas que se embriagan sólo en Navidad y en las bodas… O aquellos vegetarianos que se comen una hamburguesa cada tres meses a escondidas de su esposa y los hijos.

Me dice Virulo que la hoy popular Niurka es en realidad un invento igual de mexicano que la torta cubana: nadie las conoce en Cuba. A la torta cubana le celebramos su generosidad de carnes. A Niurka, su papel en “Aventurera”.

Antes que Niurka, tuvimos otra artista cubana como personaje de nuestra cultura popular. No tenía la silueta de una vedette del cine mexicano; pero, viéndola bien, su cuerpo es muy similar a la estructura anatómica de las modelos de hoy, tiempos de la anorexia y abulia del bolo alimenticio.

Me refiero a Fanny Kauffman “Vitola”, la genial comediante que aplaudimos no sólo en las películas de Tin Tan, sino que incluso hasta cumplió el reto de interpretar a una imposible mamá de Pedro Infante en “También de dolor se canta, donde la vemos como esposa de Óscar Pulido y a Pedro de maestro de escuela y “estrello” de cine”.

(Para mayor confusión familiar, su futura esposa Irma Dorantes, entonces de 15 años de edad, personifica a su hermana latosa e ingenuota).

Vitola no es cubana de nacimiento: nació en Toronto y su familia vivó antes en una de las regiones más remotas de Canadá, en el poblado de Churchill, sitio perdido en una bahía más intricada que el trazo de una hoja de maple. Alguna vez viajé por las carreteras del norte de Canadá y me tocó ver ese sitio en el fin del mapa.

No es el único símbolo tropical del cine mexicano nacido en páramos boreales donde la nieve es cosa de todas las vidas. Yolanda Montes, “Tongolele”, nació en Spokane, región fronteriza de Canadá y Estados Unidos. A la fecha no habla español con corrección y se hizo amiga muy cercana de Tin Tan porque él hablaba inglés con fluidez. Me dice Virulo que Tongolele nunca estuvo en Cuba.

Vitola es tan cubana como su apodo. Los mexicanos de a pie consideramos al puro un genérico, pero los cubanos, que lo ven como medicina y tampoco conocen el chile habanero, tienen más presentaciones de tabaco que las variedades mexicanas de salsa. Vitola es el nombre de un puro alargado que quizás en algo recuerde a la silueta de esta diva. También se le llama así al molde que forma un puro y a la anilla que lo asegura y de paso, evita que nos manchemos de nicotina.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, la palabra vitola -sin mayúsculas - ha tenido con el tiempo estos significados: 1.- Plantilla para calibrar balas de cañón o de fusil. 2.-Regla de hierro para medir las vasijas en las bodegas. 3.- Cada uno de los diferentes modelos de cigarro puro según su longitud, grosor y configuración. 4.- Traza o facha de una persona… O sea que vitola también es la regla de oro para pedir un puro o medir el aspecto físico de una persona.

Uso la palabra Diva sin temor a cometer una descortesía, ya que doña Fanny Kauffman fue cantante de ópera y dejó de hacerlo cuando vio que la gente se reía al momento de prorrumpir en un aria: así eran de chistosos los gestos nacidos de su esfuerzo vocal. Vea usted “El rey del barrio”, donde Tin Tan se finge maestro de ópera para sonsacarle dinero y ella interpreta un aire que arranca los elogios de Germán Valdés, quien finge hablar italiano: “¡Bela, bela, belísima! Hasta parece una vela”.

Encendimos por ella un puro y también, una sonrisa como vela.

sábado, 13 de marzo de 2010

Magia y Palabra





Es curioso: la palabra “gramática”, utilizada con energía en la enseñanza del idioma, estaba relacionada en su origen más con la magia que con el lenguaje.


Hoy no lo parece, pero muchas palabras en su origen fueron atrevidas metáforas, las cuales decimos en el momento actual sin buscar su real y primigenio significado. Alguien escuchó en una tormenta al cielo decir el nombre del dios Thor y de ahí surgieron la palabra “trueno” y sus derivaciones. (Thunder en inglés)


La raíz griega es grammatiké tekné (arte de escribir). Durante la Edad Media, la gramática (grammar) incluía todo conocimiento, incluso la magia, asunto muy común del cual aún la ciencia no había demostrado su gran dosis de superchería.


De hecho muchas ciencias hoy respetables, como la química y la astronomía, tuvieron su base en profesiones ejercidas originalmente por pícaros como los alquimistas y los astrólogos. No era raro que algunos científicos serios (véase el caso de Kepler) se revistieran de un aire de misticismo para ganarse credibilidad y, de paso, también la vida.


De “grammar” se derivó en el escocés a gramarye, en el entendido de “encantador”; pronto la palabra se convirtió en glamer y por último de ahí surgió el vocablo ingles glammourous: aquel que posee dones obtenidos por encantamiento.


En esa antigüedad sin glamour, el mago y el gramático se confundían, así como el encantador que rezaba palabras mágicas y el hombre inspirado que invocaba palabras llenas de magia.


Escuchamos a los magos decir “abracabra” y esa es una palabra que puede escribirse en un triángulo y leerse igual de arriba a abajo. Los genios, que son personajes de las Mil y Una Noches, suelen decir ¡Alakazán!, una variante - o quizás el origen - de ese concepto. La palabra “alquimia”, y casi todas las que comiencen con “al”, son de origen árabe: albañil, alfeñique, alcahuete, alcantarilla, etc.


Dentro de un mundo con exceso de analfabetismo y credulidad, el poseedor del don de la palabra escrita pasaba por un ser extraordinario. Aquellas personas que no sabían leer y escribir llevaban consigo conjuros u oraciones, seguros de que portar un papel escrito los protegía de la desgracia o los males de los hombres.


En el Tibet, hay templos donde las oraciones están escritas en rollos de papel, forrados de metal para que no se dañen. Los peregrinos caminan haciéndolos girar y ese acto vale por una oración.


No es de extrañar que los libros fuesen respetados como objetos mágicos. En el mundo islámico, a la fecha, un ejemplar de El Corán no debe de ponerse en un librero o estar abajo o encima de otro libro. Debe de estar en un mueble propio, de preferencia en una mesa. Si uno entra a una casa de musulmanes piadosos, no es raro que encontremos un Corán colocado reverentemente en un atril, así como aquí en México muchas familias lo hacen con una Biblia.


Los hebreos también fueron un pueblo del libro y creían en la magia de las palabras. Para algunos de ellos, un bebé recibe el espíritu al momento que dársele nombre. Los judíos ortodoxos no pueden dar a un recién nacido el nombre de un familiar vivo: lo bueno es que el Pentateuco les ofrece gran diversidad de opciones.


Una leyenda dice que los rabinos medievales podían crear un “Gólem”, especie de Frankenstein de arcilla usado en las sinagogas para trabajos menores. Para darle vida, le escribían en la frente la palabra EMET, que significa VERDAD. Si se deseaba desactivarlo, se le borraba una letra y quedaba MET: muerto en lengua hebrea… Una vez un rabino lo dejó crecer demasiado y, al borrarle la letra con una escalera, el mono cayó encima de él, matándolo de inmediato.


Hoy, en hebreo moderno, la palabra Gólem equivale a “tonto”. En verdad, son sorprendentes la magia y vida propia que adquieren con el tiempo las palabras.

domingo, 7 de marzo de 2010

La locura de San Juan de Dios





A los 21 años descubrí que nací el mismo día que nació y murió un “santo loco” aunque, por supuesto, en diferente época. Definido así por sus contemporáneos, no sólo pasó una temporada en un manicomio, si no que luego fundaría varios de esos sitios y llegaría a morir a consecuencia de una locura.


Mi intención aquí no es hacer propaganda religiosa o anticlerical, si no rescatar a un más que curioso personaje de la historia. Si usted es ateo o pertenece a una religión que no venera a santos fallecidos, tome este texto como un ejemplo de literatura fantástica, como decía Borges. Pero tome en cuenta sus valores.


San Juan de Dios, santo que hoy celebra su nacimiento para el mundo y para el cielo, fue un personaje peculiar. Y no me enteré de su vida leyendo una libro piadoso, si no en el suplemento Sábado, que dirigía Huberto Batis, donde lo mismo se publicaban reflexiones de política cultural, traducciones de Nerval o Ezra Pound, dibujos eróticos y repentinos análisis filosóficos.


Pertenezco a una generación que considera la locura un estado de gracia. Leí y vi de niño adaptaciones de “El Quijote” y en la secundaria alguien puso en mis manos “El loco”, de Gibran Jalil Gibran, excelente escritor que, de manera inexplicable, pasó a formar parte del gremio de la autoayuda gracias al manoseo de sus parábolas.


Todo gran santo fue antes un gran pecador o llevó una vida mundana. Juan de Dios de joven fue pastor, vendedor de libros, soldado bajo las órdenes de Carlos V y estuvo a punto de ser ahorcado por descuidarse durante una guardia.


Participó en la defensa de Viena de los turcos y, como Cervantes, vivió un tiempo en el norte de África. Sería en Granada, durante 1539, cuando sintió el llamado de la fe absoluta, total y pura.


Ahí, luego de escuchar una plegaria de Juan de Ávila – elevado a santo en su momento – fue cuando lanzó unos gritos, reconociéndose como pecador y de inmediato vendió su pequeña librería y repartió el dinero entre los pobres. Tenía 39 años e ignoraba que le quedaban 16 de vida.


Luego de esa epifanía, empezó a correr por las calles, desnudo y recibiendo palos y pedradas, hasta ser recluido en un manicomio. Pasó largo tiempo en esos sitios hasta que Juan de Ávila le invitó a gastar sus energías en una verdadera “locura de amor”.


Algunos historiadores sostienen que padeció y superó una enfermedad mental; otros afirman que se fingió loco para ponerse a prueba a él y a su prójimo, imitando a San Simeón, personaje que inspiró a Buñuel la trama de “Simón del desierto”.


Juan de Dios fundó varios manicomios y mejoró el trato a los residentes: su experiencia previa en ellos fue fundamental, aunque hay testimonios de que fue mal administrador y, poco antes de su muerte, casi no salía a la calle para que no encontrarse con gente a la que le debía… También le tocó un incendio y salvó a varios reclusos padeciendo varias quemaduras, por lo que también se le considera protector de los bomberos. Falleció luego de que trató de salvar –inútilmente- a un joven caído a un río helado el 8 de marzo de de 1550, día de su cumpleaños.


Su primer hospital lo construyó junto con dos hombres que se odiaban, ya que uno había asesinado al hermano del otro. Logró volverlos amigos y Antonio Martín, uno de ellos, sería el heredero en la empresa.


Repaso su vida sin ninguna irreverencia. Usted puede corroborar esta información en Internet o, de preferencia, en un libro docto de santidades. Lo que me encanta de este personaje es su humanidad; no sólo en el sentido humanitario de hacer el bien, si no de su existencia llena de calamidades, equívocos y confusiones, similares a las que enfrentamos a diario todos los mortales. ¿O no es así?