domingo, 9 de enero de 2011

Crónica Mazatleca: La leyenda de El Buto

Me considero mazatleco de pura cepa porque uno de mis amigos de infancia fue un personaje tan emblemático que, con ese sólo antecedente, daría carta de naturalización a cualquiera.

De hecho, antes de ser “amigo de infancia”, fue una imagen antagónica y perturbadora, mucho más inquietante que el mítico hombre del costal, personaje que siempre es un ser intangible y por lo tanto, poco creíble, tal como muchas cosas que suelen decirle los adultos a los niños.

En mi infancia, si yo no consumía mis sagrados alimentos a la hora y el momento preciso, sentado afuera de mi casa aguardaba el ejemplar castigo. Un ser real que parecía venir de un mundo bizarro.

Me refiero al Buto, figura señera de nuestras calles, personaje central de nuestras plazas, amo y señor de cada uno de los rincones de este incomparable puerto. ¿Quién no lo conoce y lo reconoce? ¿Qué dama de Mazatlán no ha sentido vulnerada su intimidad con la mirada invisible de este errante fantasma de las banquetas?

Si, este señor de piel tostada, mirada apacible y sonrisa abierta, era visitante frecuente en mi barrio. Claro que es escaso el sitio de Mazatlán en donde este cuadrumano caminante no haya dejado su huella, pero especialmente hacía estación afuera de la casa de mis abuelos, donde era común verlo tomando el fresco.

Ahí estaba, tranquilo, a veces hojeando alguna revista con las páginas al revés. Uno de los vendedores de esa época solía regalarle de vez en cuando un vaso rebosante de agua de cebada y no era raro verlo masticando los hielos con gran alegría.

Cuando superamos la edad de que “si no te comes la sopa le vamos a hablar al Buto para que te lleve”, nos hicimos amigo de él, ya que lo saludábamos cada vez que ascendía el cerro y el correspondía con un sonido gutural, mostrando su dientes amarillos y su mirada vidriosa, antes de recargarse en la alta banqueta y mirarnos filosóficamente. A veces duraba largas horas echado bajo nuestra ventana... Quizás en mi barrio de la calle Luis Zúñiga sobrevivía algún fermento de su memoria.

Por cierto, toda la vida oí que la gente de mi rumbo le decían “El Guto”. De la 5 de mayo para abajo ya era “Buto”. ¿Se llamaría en realidad “Gustavo” o “Augusto”? En Cuba y Brasil ese nombre es un diminutivo común. Aquí en México no se utiliza.

Eso abre la puerta a las otras leyendas que circulan en torno a este enigmático vagabundo. Se dice que una vez bajó de un barco en el muelle; otros juran que fue abandonado por una familia errante que despreció su condición física; hay quienes afirman que es heredero de una cadena de tortillerías en una ciudad del norte, cadena de la que fue despojado por familiares ambiciosos a la muerte de sus padres, en fin…


Una de las vecinas, Doña Necky, solía darle de comer y de vez en cuando lo bañaba a manguerazos, pero no era su madre biológica. A veces le tocaba la puerta llamándole “mamá”, una de las pocas palabras que le he escuchado pronunciar. La otra era el nombre de mi padre, a quien saludaba sigiloso, tocándole el tobillo mientras conversaba de espaldas, dándole un ligero susto para después nombrarlo con su voz hueca: “Juaaanjooo”.

Donde bañan seguido al Buto es en el Mercado Pino Suarez. Y es que una tienda departamental de ropa popular suelen regalarle la ropa que normalmente usa. La única condición que le pone el propietario es que acuda bien bañado para recibir la donación. Entonces encamina sus pasos al mercado y ahí lo bañan a golpe de manguera mientras se ríe a carcajadas.

Han pasado las décadas y a veces se le puede ver sentado en el camellón de la cuchilla de Juan Carrasco. También es personaje emblemático en los servicios sanitarios de unos negocios ubicados por el Antiguo Camino a Urías.

Ha sobrevivido a enfermedades y atropellamientos. El día que lo perdamos, Mazatlán ya no será el mismo. Pero la leyenda continúa. Gente como él hace la historia y le da forma, relieve y memoria con su presencia.

domingo, 2 de enero de 2011

AÑO NUEVO: LA OBLIGADA REFLEXIÓN



¿Por qué la mayoría de la gente esperamos hasta Enero para plantearnos propósitos significativos? ¿Acaso las metas deben tener ciclo o caducidad de doce meses para que nos llamen a la reflexión y al compromiso?

Igual sentimiento comparto con las celebraciones de Centenarios o Bicentenarios tanto de personajes ilustres o cuestionables sucesos políticos... Me pregunto de donde vendrá esa obsesión occidental por los números decimales.

La mayoría de las metas planteadas por muchos de nosotros en estas fechas se relacionan con la salud y el aspecto físico. Ahí están los gimnasios y malecones, abarrotados durante las primeras semanas del año. Luego, el económico.

Sin embargo, el cambio mental o de ideal político en realidad está en otro nivel de prioridades. Casi nadie va con el sicólogo, pero si con el nutriólogo, al despuntar enero.

En el sentido espiritual, los calendarios religiosos ofrecen las opciones de la Cuaresma o el Ramadán en el mundo Islámico como periodos de reflexión y análisis de conciencia, por no hablar de las coloridas expresiones orientales en el momento de la renovación. Ambas se rigen por el antiguo calendario lunar.

Tomás de Kempis decía que es imposible volverse santo de un día para otro, pero que si dejamos de cometer un pecado al año, aunque éste sea venial y ya no volvamos a repetirlo, podríamos acercarnos poderosamente a lo que él llamaba La imitación de Cristo.

Para los chinos, este que viene será el Año del Conejo de Metal y se plantea como tiempo de encontrar el equilibrio, la calma, la sensibilidad y la ternura, cualidades del conejo, según algunas de las premisas de esta creencia milenaria.

Los mexicanos parecemos esta acostumbrados a que los cambios de fondo surjan a partir de los ciclos políticos, tanto sexenales, trienales o de fractura grupal. Prueba de eso fue la excesiva confianza concedida en su momento a Vicente Fox… con su consiguiente decepción multitudinaria.

Hace días, en las páginas de este mismo diario, Denisse Dresser argumentaba que la gente se resiste al cambio personal porque, si la clase política siguen en las mismas prácticas, los demás consideran que no tiene ningún sentido sacrificarse en modificar sus conductas.

Nunca será tan precisa aquí la frase de que “todos los pueblos tienen los gobernantes que se merecen”.

Culpar a los políticos del estado de cinismo, desfalco o putrefacción en que se encuentra una sociedad, puede parecer muy cómodo, aunque recordemos que estamos en un país con pocos elementos para ejercer una democracia directa, fuera de las elecciones. ¿Alguna vez hemos tenido un referéndum para aprobar una nueva ley o política de estado?

En 1978, Abel Quezada dijo: “Para ser político en México no se necesitan ideas, mucho menos ideales. Basta con la disciplina, el silencio, la complicidad, el encubrimiento y la abyección”.

En verdad, esos elementos no pertenecen en exclusiva para los políticos, sino que también ya han sido adoptados por la mayoría de sociedad para poder sobrevivir en el esquema en que hoy nos encontramos atrapados.

Aunque usted no crea en las creencias de la cultura china, quizás sea buena la imagen poética del Año del Conejo para aprovecharlo para dar un gran salto hacia adelante, pero que sea real: ya ese concepto lo usaron también en China para definir un proceso de la Revolución Socialista que luego se volvió un callejón sin salida.

Enero es un mes que recuerda las dos caras del dios Jano: hay que elegir mirar hacia el lado correcto. Nunca ha sido sencillo, pero si la vida fuera demasiado sencilla, nunca sabríamos bien como aprovecharla.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Recordando a dos escritores del sur de Sinaloa




Dos excelentes escritores sinaloenses nacieron un 26 de diciembre y con gusto vamos a recordarlos en su semana. Los dos, también noble coincidencia, fueron originarios del Municipio de Rosario: Esteban Flores y Carlos R. Hubbard.

Empecemos con Esteban Flores, quien vino al mundo en Chametla 1870 y falleció en 1927, lamentablemente en un hecho violento en las afueras de Mazatlán. Había sido visitador general de la Secretaría de Hacienda de 1925 a 1926 y su carrera despegaba a nivel nacional.

Se recibió de profesor en educación primaria en la fundacional Escuela Lancasteriana de Mazatlán y ejerció cargos educativos como profesor de historia, matemáticas y literatura en el Colegio Civil Rosales, germen de la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Fue director de El Correo de la Tarde (de 1895 a 1905) y llegó a ser en esa época gran amigo de los poetas Amado Nervo y Enrique González Martínez, entonces también unos desconocidos. En El Correo de la Tarde publicó sus primeros poemas con el seudónimo de José Conde

Gracias a su vocación política fue director del Periódico Oficial del Estado de Sinaloa y colaboró en publicaciones como Mefistófeles, Monitor Sinaloense y las revistas Arte y Bohemia Sinaloense

En 1916, ya radicando en la Ciudad de México, fue redactor de la revista Pegaso, donde convivió con Genaro Estrada y Ramón López Velarde. En 1918 comenzó a trabajar en la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, donde intervino en el conflicto por la huelga de Orizaba de 1919.

Es fundamental rescatar que, aparte de su obra poética, realizó un estudio sobre inmigrantes asiáticos y las condiciones de vida de los trabajadores en el sur de México. En ese tiempo, Sinaloa tenía un gran cantidad de trabajadores de esos dos grupos sociales y Flores conocía su situación de manera inmediata.

Su obra se recopiló en “La visión dispersa”, editada hasta 1938. Hace poco, mi gran amigo Leo Eduardo Mendoza le hizo justicia incluyéndolo en la antología de Conaculta “Sinaloa: lengua de tierra”.

De Don Carlos R. Hubbard tenemos más información, ya que fue un caballero muy activo y referente en muchas obras culturales y cívicas del Municipio de Rosario. Bastante conocida es en la región su labor polifacética y efectiva. Nació en 1912 y me comenta su hijo, el Ing. Iván Hubbard Rentería, que también dos de sus nietos vinieron al mundo un 26 de diciembre.

Podríamos llenar páginas recabando sus anécdotas, como la de su amistad con Lola Beltrán y Pedro Infante, a quien enseñó a tocar la guitarra o su rescate en la crónica de varios hechos históricos, pero esta
vez quisiera detenerme en evocar su prosa chispeante y humorística.

Su libro “Cuentos de mi Rosario” – en realidad son crónicas- es un paseo por una ciudad picaresca, con personajes dotados de un sentido del humor vivo, rescatados con la gracia del narrador provisto de malicia y buen ojo para la anécdota.

Acabó de releer este libro, desde hace años un tesoro de mi biblioteca, y encuentro aquí un verdadero río de notables recopilaciones. La memoria viva de una región poseedora de una fuerte identidad que ha quedado trasladada con éxito, justicia y respeto, a la letra impresa.

Gracias a don Carlos R. Hubbard tenemos noticias de “El Güero Astengo”, ejemplar rimador de verso luminoso cuyo talento se difuminó, lamentablemente, en la leyenda y la bohemia, dos cosas que suelen confundirse.

Otros de sus libros son “Estampas de un Mineral”, “Chupapiedras” y “Mi barrio del 22”. “Rumbos” fue una publicación suya que nos gustaría ver muy pronto reeditada para que esté al verdadero alcance de las nuevas generaciones.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Diaristas



Un día como de hoy, pero de hace 100 años, el escritor Franz Kafka escribió lo siguiente en su diario:

¿Cómo puedo disculparme por no haber escrito todavía nada en el día de hoy? De ninguna manera, más aún teniendo en cuenta que mi estado no es el peor. De continuo me zumba en el oído una invocación: "¡Ojalá vinieras, juicio invisible!". (20 de diciembre de 1910).

La confesión es interesante. No sólo tenemos a un autor que se lamenta por no escribir. Se lamenta por no haber escrito en su diario, a pesar de encontrarse levemente enfermo, según se colige.

Los diccionarios y tratados de literatura que se jactan de tener datos de Kafka nos lo presentaban como un escritor checo. En realidad, durante su existencia física fue súbdito del Imperio Austro-Húngaro y vivió casi toda su vida en Praga, región de Bohemia. (Mozart también tuvo ahí una fecunda y larga etapa).

Un autor pertenece al idioma que elige para escribir. Kafka eligió el alemán. También hablaba el checo y pertenecía a la cultura judía. Cultura no equivale a religión.

Era un gran diarista, arte donde los europeos nos llevan la delantera. Los franceses son los más consumados exponentes del género. Hasta los diarios de las condesas y marquesas más frívolas son verdaderos documentos que nos informan los secretos de una era.

El rey Luis XVI también era un gran diarista. A cada rato se cita que el día de la toma de la Bastilla había escrito en su diario la palabra “Rien” (Nada) y eso se usa para argumentar que era un inconsciente. En realidad, esa frase la escribió un día antes.

Los diarios de Kafka no sólo pueden ser interesantes para los estudiosos de su obra. Hay anotaciones peculiares, reflexiones sobre la ciencia y diversos análisis estéticos.

Pasando al presente, comparto que en mis cursos de literatura, cuando me toca suspenderlos por la llegada de estas peculiarísimas fechas, encargo como ejercicio realizar un diario, generalmente a partir del 15 de diciembre al 15 de enero.

No les pido que pongan “Querido, diario” o se compren un cuaderno especial con su candadito e interlineado. Basta cualquier serie de hojas o la misma computadora que usan para “mensajear” o sumirse en las redes sociales, principales enemigos de un diario convencional.

Diciembre es buen mes para iniciar un diario. La mayoría de las personas están relajadas, salvo aquellas que tengan un negocio que entre en bonanza durante la etapa navideña, pero el caudal de sucesos a veces se vuelven un corte geológico de la vida personal.

En este mes de encuentros, dádivas y recepciones, los sucesos comunes y los más dramáticos adquieren otra dimensión. Todos los funerales y nacimientos son una marca en cualquier vida; si acontecen estos sucesos en diciembre o inicios de enero, el asunto cobra dimensión distinta.

Con la rapidez de la vida moderna, mucha gente que toma nota de su bitácora de sucesos se sorprende de la cantidad de cosas que les ocurren en menos de 15 días. Basta verlas por escrito, no sólo para percatarse de ello, sino también incluso para entenderlas.

El 20 de diciembre de 1968 también es una fecha ligada a Franz Kafka: ese día murió Max Brod, su gran amigo… Kafka, deprimido y molesto por no haber concluido una obra literaria a su gusto, le pidió a Brod que quemara todos sus manuscritos.

Por fortuna, Max Brod valoró la decisión de Kafka y gracias a él conocimos sus novelas, relatos y diarios. La obra de Kafka abrió un camino para la narrativa de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez. Y también nos queda el testimonio de una enigmática bitácora de las ideas de un personaje único e irrepetible.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Ricardo Urquijo





Conocí a Ricardo Urquijo hace más de veinte años y desde entonces fui testigo de la persistente llama de su amistad. Siempre jovial y bien dispuesto, con un humor natural, pleno en referencias humanas y cien por ciento mazatlecas.

En aquellos tiempos, el tenía un alto cargo en CODETUR, bajo la presidencia del también amigo Raúl Rico. Yo era estudiante que se iniciaba en el periodismo y en varias ocasiones me daba raid a mi casa, ya que vivíamos a escasas cuadras de distancia y compartíamos similares gustos por la música.

En uno de esos aventones, me dijo que yo algún día podría ser “el orgullo de La Papalota”. Ante mi obligada extrañeza me explicó que por el rumbo donde residíamos, antiguamente, había existido un viejo molino de viento conocido así por los lugareños. ¡Vaya!

Desde entonces, para referirnos a la dirección de nuestros hogares, nos referíamos en clave como “La Papalota”.

Así era Ricardo, siempre con el humor y la referencia pintoresca anclada a nuestras raíces.

Previo a esa época, nos habíamos conocido haciendo una larga fila para un Teatro Ángela Peralta aún en ruinas, durante un evento del Festival Cultural Sinaloa, en la época de José Ángel Pescador. Yo iba bromeando con tres compañeras de la universidad y él iba con Ceci, su esposa, por lo que desde entonces comenzamos a hacer chorcha como si tuviéramos la misma edad y nos conociéramos de toda la vida.

Ricardo estuvo en ese teatro por un tiempo providencial. Supo hilar una relación positiva con Conaculta a través de los encargados de descentralizar la cultura y logró que la plaza entrara al circuito de los espectáculos, exposiciones y talleres itinerantes de origen federal.

Logró también unir esfuerzos con artistas locales, grupos que llegaron para quedarse y con diversos amigos suyos, lo mismo empresarios como otros promotores y organizadores de otras actividades. En ese tiempo, los eventos y apoyos que enviaban las autoridades estatales eran demasiado dispersos.

El trabajo de Ricardo supo ampliar la brecha iniciada por Jane Abreu y abrió el camino para el actual organismo de cultura, consolidado por Raúl Rico González. Es todo un esfuerzo, un mérito y un desafío.

Con justicia, con verdadero reconocimiento y conocimiento, no debemos olvidar sus aportaciones. Hoy vemos la vida cultural como algo ya nuestro, pero hay vendavales políticos o sociales que pueden volver a una región encendida por el arte en un páramo plagado de resentimientos.

Recordemos el humanismo de Cayo, su entrega a mantener una memoria, su pasión por la fotografía y la vida sencilla del campo, así como esa cualidad tan difícil que algunos consideran don de gentes y otros, generosidad.

Hace unos días, le hablé para confirmar un vocablo en inglés coloquial que escuché en una canción del Viejo Oeste y que también fue un éxito en nuestra música de banda. Él era mi consultor para muchas inesperadas referencias artísticas.

Yo había encontrado ya una buena pista en internet para mi artículo, pero procuro nunca quedarme con eso porque internet muchas veces falla y además, deseaba darme el gusto de hablar con él.

El buen Ricardo no sólo repasó su memoria buscando variantes, si no que en ese mismo momento le llamó a su hijo y a otra persona para encontrar la traducción a la frase.

Para concluir, compartiré que una vez en su casa presencié un detalle que luego incluí en un libro mío, cambiando los nombres por debido respeto. Entre varios cuadros de su agradable sala descubrí un óleo muy especial, reproduciendo un arreglo de rosas rojas. Con orgullo, Cayo me contó que ese fue el primer arreglo de flores que le había mandado a su esposa cuando eran novios y ella lo había pintado de inmediato, eternizándolo así con el pincel.

Los hombres se van, las obras permanecen, la sonrisa vive siempre en la memoria: hasta siempre, Ricardo Urquijo

domingo, 21 de noviembre de 2010

QUÉ SI HUBO REVOLUCION




Ya lo sé: a estas alturas estamos tan cansados del debate que hasta se considera ocioso retomarlo, sobre todo por la idea establecida de que la Revolución Mexicana se quedó en el camino.

Esa noción de incomodidad, de duda y molestia hacia el estado que nos gobierna y el estado de cosas que nos desgobiernan, son ya un sentimiento generalizado y preocupante.

Sin embargo, hace días leí algo que me hizo reflexionar hasta cierto punto de lo contrario. Y es en estos momentos cuando más debemos hacerlo.

Desde los años 60, a partir del análisis marxista de la historia y a contracorriente del triunfalismo gobernante, surgió una escuela que denunciaba el fiasco de la lucha armada y sus ideales utópicos.

En ese sentido, no dejaría de recomendar el libro de Adolfo Gilly “La revolución interrumpida”, que por cierto fue escrita durante los 5 años que estuvo como preso político en la prisión de Lecumberri, en la época de Díaz Ordaz/Echeverría.

Ese libro fue de los primeros en poner en duda el éxito del proceso revolucionario; no obstante a que hoy sostengo una tesis divergente, no dejaría de seguir recomendando su lectura por la validez de sus reflexiones, inéditas en su tiempo.

Pero han pasado 40 años desde ese periodo de análisis y hace poco vi una entrevista del historiador Friedrich Katz, recientemente fallecido y autor de una monumental biografía de Pancho Villa, en 1998, donde ofrece otras visiones a raíz de hechos recientes, como por ejemplo, el desplome de la URSS.

Katz sostiene que, a pesar de sus trapacerías, iniquidades y momentos de confusión, la Revolución Mexicana nunca llegó al extremo de la ingeniería social del terror, que es el gran pecado de las revoluciones, como fue el caso de la Francesa, la Soviética, la Camboyana y la mayoría de las que acontecieron en el Siglo XX.

En el caso de China, está la terrible “Revolución cultural” que se resumió en diez años de conflictos, muertes y atraso cultural, luego del fracaso del “Gran salto hacia adelante” propugnado por Mao... A la fecha en China hay represión y un Premio Nobel no puede salir a recibirlo.

Que no hayamos tenido en México grandes grupos de exiliados, asesinatos en masa sistematizados y leyes de prohibición total a la libre expresión y al libre tránsito, es una gran ventaja que casi sólo aprecian los mexicanos de origen extranjero, como fue el propio Friedrich Katz y Jean Meyer.

Un cambio fundamental aquí en México fue la abolición de la burguesía terrateniente como factor político de primera importancia. En toda Sudamérica, espacio en el cual esa élite quedó intacta, fue donde más se prohijaron y multiplicaron golpes de estado y desórdenes que aun los agobian.

El aspecto educativo, en donde se impulso la lucha contra el analfabetismo y la creación de escuelas rurales, hoy es insoslayable por sus alcances, a pesar de lo deteriorado de la imágenes de los mentores y sus líderes.

La burguesía agraria fue el principal enemigo de la industrialización y la preparación de las masas. Luis Terrazas, dueño de buena parte de Chihuahua, se negaba a que hubiera escuelas en sus haciendas: “No necesito abogados, necesito peones”, fue su respuesta.

También tuvimos el acceso de las clases populares al poder político: en Sudamérica y otras regiones sin revolución casi no se vio gente de origen humilde o de aspecto étnico en los cargos de importancia. Demasiados de sus gobernantes han venido directamente de la aristocracia criolla.

En fin, comparto estas conclusiones de uno de los historiadores más respetados que hemos tenido, también crítico a otros resultados adversos de la Revolución, en aras de abonar algo a una reflexión nacional que tanto nos urge. Descalificar un hecho del pasado cuyas consecuencias positivas aún estamos viviendo es algo que debe ser producto de un verdadero análisis completo. Nunca dejaremos de apreciar el ejemplo de Madero, Villa, Zapata y muchos otros: en la Unión Soviética, país cuya revolución por largo tiempo se considero más exitosa que la nuestra, es muy difícil ver hoy a Lenin, Trotsky y Stalin reconocidos como héroes patrios. Y los gobernantes de las provincias no son elegidos por los electores, como es el caso actual de México, si no por la mano inamovible del Zar Vladimir Putin.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Vieja música... ¿nuestra?




Hace días vi la cinta “Enemigos públicos”, basada en la vida del famoso asaltabancos John Dillinger, y me tocó ver una secuencia donde Johnny Deep -a bordo de un vehículo de los años veinte y en plena fuga por un páramo-, se pone a cantar con un niño una melodía muy del repertorio nuestro: “El último rodeo”.

Originalmente titulada THE LAST ROUNDUP, esta composición fue un gran éxito de la orquesta de George Olsen en 1924, con una versión lenta y casi a ritmo de vals. Fue regrabada casi diez años después por Gene Autry, popular cantante cowboy cuya estrangulada voz era parodiada hasta en las caricaturas.

Esta pieza fue compuesta por Cisco Hill y al parecer cobró segunda vida al ser grabada a ritmo de foxtrot, un ritmo que podemos entrever en algunos éxitos locales como el “Cinco de chicle” o “Tecateando”. Llegó a ser hit también con Bing Crosby, Roy Rodgers, Johnny Cash y Dean Martin. La letra es melancólica y llena de referencias a una despedida en el torno de la vida de los cowboys.

También era conocida como “Git along little doggie, git along”, estribillo de la melodía que alude a una manera cariñosa de arriar al caballo mientras se le monta, aunque un amigo cercano a la cultura gringa campirana me dice que el término “Little doggie” también se usa para referirse a las becerros huérfanos. En todo caso, acabo de ver una película en la que Tin Tan, en su papel de pachuco, le dice esa frase a su caballo luego de cantar la canción de “El Jinete” de José Alfredo Jiménez… a bordo de un carrusel de feria. (Tin Tan en La Habana, 1953)

Otra melodía nuestra que encontré en una película gringa fue en la desquiciada comedia “1941” de Steven Spielberg, en donde vemos a un submarino japonés -comandado por el samurái Toshiro Mifune- llegar a la costa de California con intenciones de destruir Hollywood. Por un error ataca un parque de diversiones y ya imaginará usted el tipo de enredos y explosiones que se detonan por toda la trama.

En esa cinta, John Belushi pilotea un avión de combate enloquecido, provocando más destrozos que un ataque real, mientras entona una canción que algunos aquí llaman “Corazón de teja” y otros “Corazón de Texas”. (La “x” y la “s” provocan todo un cambio geográfico, más terrible que los postulados por la Real Academia de la Lengua).

Me dice un estudiante de música que en “El último Emperador” de Bernardo Bertolucci se escucha a ritmo de ragtime la cumbia de “El chinito bailador”, hace unos años regrabada por Lizárraga Musical. Mi madre me confirma que de niña veía que la bailaban sólo las mujeres. ¿La considerarían en los cincuentas una melodía poco varonil o imperaba con mayor brío el racismo local hacia los orientales? Vaya.

Otro hit gringo perdido que pegó mucho aquí, según Amado Nervo en sus crónicas de El Correo de la Tarde, se llamaba After the Ball, clásico vals de tres por cuatro que, de tan repetido y mencionado en las tertulias provocó que hasta Nervo estuviera en contra suya. De hecho a todos los hombres les molestaba por irreal, mientras que a las mujeres les parecía lo máximo.

La trama de la canción pone a un caballero ya maduro a quien una sobrina imprudente le pregunta porque nunca se ha casado y porque no tiene hogar ni bebés. El tipo se pone a filosofar -de la manera en la que sólo pueden hacerlo aquellos hombres que han desperdiciado su juventud en francachelas- y le dice que “después del baile todo termina, quedan las ilusiones rotas y mi vida se destruyó después de un vals”.

Sucede que una dama a la que galanteaba le pidió que la dejara sola para tomar agua; él la siguió discreto y la sorprendió besando a un hombre. La mandó al Hades; ella intentó explicarle mientras él se negaba hasta que, años más tarde, ya muerta la mujer, descubre gracias a una carta que el tipo del casto beso era su hermano.
Fin de la historia, fin del vals y fin de la fiesta.

Pero la melodía gringa más antigua en aclimatarse en nuestras marismas fue también una de las más gringas: “Oh, Susannah” (1848), de Stephen Foster, que durante los tiempos de la Fiebre de Oro, cuando Mazatlán estaba en la ruta de los vapores a San Francisco, hasta llegó a considerarse composición local, según rescata Herrera y Cairo. Hasta se habla de que en una derruida finca del Viejo Mazatlán el fantasma de una mujer se pasea en las noches entonándola y bailándola con gran energía.

¿Será que los niños que cantan la versión de Tatiana en las piñatas, sin darse cuenta, están recuperando así una tradición perdida? La verdad hoy no me atrevería a establecerlo.

http://www.youtube.com/watch?v=2vLk1MyAcFE