miércoles, 10 de junio de 2009

Whitman: Hojas de yedra para el hombre común


Publicado en DIA SIETE


Walt Whitman no sólo fue el inaugural cantor de una América cuyo verso retumbó por primera vez en todo el orbe: también fue el primero a quien el propio continente escuchó con atención. En un tiempo que la visión del Nuevo Mundo equivalía a un desordenado conjunto amorfo, él demostró que la poesía podía darse aquí, fantasmagórico entorno que ante los europeos se alzaba en barbarie de tribus emplumadas contra ejércitos de opereta. Y no sólo escucharon la voz de Whitman si no que también aprendieron bastante de su diapasón verbal, un verso esgrimido magistralmente contra el yunque forjador de una conciencia continental.

América entonces era una identidad difuminada en países jóvenes, plagados de enfrentamientos internos y desencuentros fronterizos, diametralmente debatidos entre el sueño trunco de Bolívar, la Doctrina Monroe y el carruaje en fuga de Benito Juárez... Liberales y conservadores se enfrentan en México mientras al norte del río Bravo una guerra civil de puntos cardinales incendia pastizales y campos de algodón. En esa hoguera, un enfermero voluntario trató de curar las heridas de una nación con los poderes invisibles de la poesía, publicando sus libros en modestas ediciones de autor y celebrando al hombre común, aquel que vivía preso en lo cotidiano de un mundo joven, sin obras maestras ante si o catedrales góticas a cada plaza. Me celebro y me canto a mi mismo, anuncia claramente al inició de su pregón en Hojas de hierba. Cantarle a la individualidad era cantarle a todos los hombres, gracias a la nueva fraternidad - todavía imperfecta- de la democracia, un valor inalcanzable aún en la Europa monárquica y arrogante.


Una vida americana

Como el futuro Hemingway, como John Dos Passos, Whitman sirvió en el área de sanidad mientras su país se debatía en una guerra, en su caso intestina. Uno de sus versos menciona el horrible sonido de los miembros amputados al caer en la cubeta: seguramente, en esa época anterior a los antibióticos y donde los médicos debían tomar decisiones rápidas, Whitman auxilió a soldados fulminados por la sierra del cirujano sin mayor anestesia que la plegaria y un sorbo de whiskey.

Su biografía es muy similar a la de los seres comunes a los que él canta. No hay sucesos extraordinarios ni grandes viajes que revelen experiencias más allá de lo cotidiano. Allan Poe, sin salir de Nueva Inglaterra y con una vida más breve, pasó por más vivencias que las recomendables para cualquier ser humano; mientras que Mark Twain recorrió vastas regiones de su país y el extranjero, transitando entre el periodismo, la literatura y una peculiar celebridad en vida. Whitman no conoció muchos de los sitios que enumera en sus versos, mencionados con la misma prodigalidad de Adán al nombrar las cosas en el día de la creación. Lo único pintoresco de su anecdotario es que de joven solía declamar versos de Homero y Shakespeare ante el oleaje y las gaviotas de Coney Island. Su vejez fue tranquila, tal como su barba patriarcal parece insinuar; aunque vivió solitario y padeció de parálisis en sus últimos años.

La sinfonía del Nuevo Mundo de Walt Whitman es más bien un viaje compuesto, alrededor de la alcoba, que una travesía de Jack London, David Crocket o el propio William F. Cody. Los ríos salvajes que invoca, las luminosas mañanas ante legiones de bisontes o las escenas de guerra en Texas que describe son en buena parte producto de su imaginación. Las muchedumbres que tanto amaba pueblan sus versos de tal modo que parecen anticiparse a las técnicas del collage y la velocidad del zapping televisivo. Habrá que averiguar hoy si la variedad de las imágenes de un poema de Whitman tienen un equivalente con cualquier segmento de la programación de MTV. ¿Existe algo más estadounidense que eso?

En un país donde los escritores se forman desempeñando oficios manuales antes de encontrar su vocación definitiva, él no representa la excepción. Fue ayudante de un abogado, aprendiz de tipógrafo, albañil, carpintero, periodista y oficinista en más de una ocasión. Podría pensarse que su experiencia de enfermero en la guerra civil es lo más fuera de lo común que experimentó, pero no es así. Quizás para nosotros los mexicanos la guerra sea una abstracción de las noticias, aunque no para los nacidos en Estados Unidos: desde hace más de un siglo, ellos no han dejado de tener un contacto intermitente y generacional con los horrores de la lucha armada. Ahí Whitman se vuelve contemporáneo lo mismo de las madres que perdieron un hijo en la Guerra Hispanoamericana –acontecida seis años después de su muerte-, que de los abuelos de hoy que, gracias a Obama, pueden observar el ataúd de un nieto caído en Irak a la hora de las noticias.


El profeta trascendental


No era fácil entonar una fanfarria para el hombre común en el mismo siglo de las Vidas Ejemplares de Carlyle. Apenas Marx y demás economistas iban a precisar que la historia no la hacían Cleopatra, Napoleón y Abraham Lincoln, sino el modo de producción y la manera de distribuir la riqueza entre los hombres. En Whitman aparecen los esclavos junto con el coro de voces que forman aquella Norteamérica anglosajona, veteada de tribus agonizantes, hombres encadenados descendiendo de las fragatas. Es así como lo afroamericanos aparecen como melodía constante a lo largo del oleaje de sus versos: trabajando en campos de caña mientras el capataz vigila en su montura; huyendo de cazarecompensas por las planicies del norte, o en la estampa de la esclava que presencia la subasta de su cuerpo ante hombres que no faltaron ningún domingo a su templo.

Ese tono elegíaco, entre bíblico y confidencial, es heredero directo de la tradición anglosajona y protestante de leer la Biblia en voz alta a mitad del foro. A pesar de que España fue el país católico erigido en campeón de la Contra Reforma, su literatura no se fundó en su traducción del libro sagrado, cosa que sí aconteció en Inglaterra con la versión King James y en Alemania con la realizada piadosamente por Lutero. (Hay filólogos afirman que la historia de nuestra lengua sería otra si hubiésemos elegido como libro canónico la versión Reyna-Valera o las pulcras obras de Quevedo, en vez de la rustica novela de Miguel de Cervantes). La aparición del profeta Withman fue algo casi natural en una nación donde aun se juran la Presidencia y los testimonios legales sobre una Biblia. Por ese tiempo, Lincoln dijo una frase que George Bush padre resucitó durante la Tormenta del Desierto: la Casa Blanca es un buen sitio para rezar.

Acostumbrados a ver la Biblia como un todo, nos cuesta encontrar los diversos registros en la obra de Withman y nos vamos con la finta de que todo el verso libre extendido es característica del Viejo Testamento. En Whitman afloran tanto las enumeraciones bucólicas que Job utiliza para ilustrar la teoría del sufrimiento como la ironía del Eclesiastés. Los cantos de Isaías a Israel, una nación cuya identidad era amenazada por invasiones militares y las religiones exóticas de sus vecinos, inspiraron el tono mántrico de Hojas de hierba. La América conservadora, devota de las reglas y la continencia, fue la tierra prometida donde pudo aparecer nuestro barbudo predicador cuyas religiones fueron la poesía, el hombre común y la democracia. Whitman, a pesar de su afán totalizador, no nos dejó una Biblia donde el Missisipi sea un nuevo río Jordán, pero su verso bien puede ser un sincero Sermón de la Montaña pronunciado en las Rocallosas.

El pecado original

García Lorca le escribe en las páginas de Poeta en Nueva York un canto con una corriente de homosexualidad subvertida y declarada. Ahí, el andaluz profesional traslada su drama a orillas del Hudson y enumera una serie de calificativos que entonces eran más políticamente incorrectos (“sarasas de Cádiz, Jotos de México, pájaros de La Habana”) como una letanía para exorcizar demonios personales. A pesar de muchas reivindicaciones de Whitman e intentos para erigirlo como primer poeta del amor sexual de los hombres entre los hombres, algunos críticos sostienen que su vida y su poesía solo tuvieron una asexualidad por lo mismo sospechosa. ¿Importa eso hoy en día? Harold Bloom sostiene que son más claros los signos del onanismo que de una homosexualidad discrecional. De paso, añadiremos que para Bloom, Neruda es sólo un pastiche de Whitman, mientras que Pascale Casanova afirma que fue el primero en vendernos la idea de la “historia del porvernir”: vivir en un país donde no hay pasado es estar a la vanguardia del futuro.

Quizás Whitman entonó su canto democrático porque deseaba que esa nación fragmentada en decenas de religiones, tonalidades de la piel y el conflicto sangriento entre un norte industrial y un sur esclavista se volviese al fin una sola entidad, donde un hombre podría ser igual a otro hombre y, al cantarse a la individualidad, se cantase a la masa y a uno mismo en un solo verso. “Muero con el moribundo y nazco con el niño que recogen en pañales”, sostiene democráticamente.


La respuesta iberoamericana, la voz del mundo

No fue inmediata la difusión y el encuentro de la obra de Whitman con sus lectores y acólitos. Su primera edición fue en 1855, siendo la definitiva hasta 1892, mismo año de su muerte. Pero cuando sus hojas de hierba se extendieron lo suficiente, su poder mágico encendió la imaginación de quienes creían que sólo el ajenjo montparnasiano y las flores del mal eran los únicos atajos para la inspiración lírica.
Su equivalente latinoamericano, Rubén Darío, lo saludó en vida con un soneto donde lo retrata como profeta digno del manto. Darío, un nicaragüense que publicó sus dos libros más importantes en cada extremo del continente -Azul en Valparaíso (1888) y Prosas Profanas en Buenos Aires (1896)- fue uno de sus más entusiastas difusores, a pesar de que el también miraba rumbo a la escuela francesa. En un mundo sin Internet, ferias del libro y tirajes modesto, la obra de ambos se propagó a velocidad sorpresiva.

Otro de sus primeros lectores fue José Martí, quien publicó en México “El poeta Walt Whitman”, fechado el 19 de abril de 1887 en el periódico El Partido Liberal. Para el autor de Versos sencillos, el lenguaje de Whitman, expresado en “versículos, sin música aparente” a veces asemeja “el frente colgado de reses de una carnicería; otras parece un canto de patriarcas, sentados en coro, con la suave tristeza del mundo a la hora en que el humo se pierde en las nubes; suena otras veces como un beso brusco, como un forzamiento, como el chasquido del cuero reseco que revienta al Sol”. Aún a la fecha se le reconoce a Whitman su poder ecuménico y se le crítica el forzamiento de algunos imágenes.

Jamás imaginaron Whitman y Martí que sus naciones no solo se enfrentarían en 1898 en una guerra rápida pero sangrienta, si no que personificarían uno de los conflictos más duraderos del Siglo XX: un siglo que comenzó con el hundimiento del Maine en Cuba y no concluye con los sucesos del 11 de septiembre, si no con las terribles escenas de Guantánamo.
Voces como las de Neruda, Ledo Ivo, León Felipe o Saint-John Perse no pueden explicarse sin la ventana de imaginación que Whitman le abrió la poesía. El propio Borges – y no escasos grandes poetas que luego seguirían otro derrotero – revela en sus primeros poemas la impronta constante del sabio de Camden. Y hemos mencionado a solo poetas de esencia latina, donde destacan los Nobel de Neruda y Perse. Hasta hubo duelos entre sus discípulos: León Felipe fue acusado por Borges de falsear sus traducciones de Whitman y darle un tono “a lo Núñez de Arce”, además de añadirle onomatopeyas, (lo cual es cierto, donde el norteamericano escribe “cada hombre golpea en su lugar”, L.F. le hace decir “Y todos dan en su sitio: pin, pan, pin, pan, pin, pan…”) Felipe respondió que él era tribunalicio y teatral como Whitman y que todo lo del mundo era suyo y valedero para entrar en un poema, hasta Núñez de Arce. Whitman quizás hubiera sonreído ante esa democracia panteísta aunque, a lo mejor, también habría ceñido un poco el entrecejo.

Tal vez por esa vocación de apertura, León Felipe se arrojó en su poesía y Joan Manuel Serrat declamaba en la España Franquista este poema, con los acordes de su canción “Campesina” y en la versión del viejo león de botica denostado por Borges: “Creo que una brizna de hierba, no es menos que el camino que recorren las estrellas, y que la hormiga es perfecta, y que también lo son el grano de arena y el huevo del zorzal, y que la zarzamora podría adornar los salones del cielo, y que una vaca paciendo con la cabeza baja, supera a todas las estatuas, y que un ratón es un milagro capaz de asombrar a millones de incrédulos. Y que la menor articulación de mi mano, puede humillar a todas las maquinas”. ¿San Francisco de Asís o Jehová regañando a Job cuando solicita su comparecencia?... Hay aquí también un eco de El Corán, donde vacas y hormigas ilustran el mensaje que el arcángel Gabriel le dictó a Mahoma en medio del desierto. Pero sobre todo, aquí yace y se yergue la poesía donde todos quieren venir hacia a mí / y yo quiero ir hacia ellos ./ Y tal como son, más o menos soy yo ;/ y de ellos / de cada uno y de todos / y de mi mismo… / sale está canción. (Canto a mi mismo, número XV: Hoy es cuatro de julio).




Juan José Rodríguez

domingo, 7 de junio de 2009

Camus: intelectualidad y política









Uno de los escritores que más admiro fue también uno de los más discretos y extraños. Extraño por que su vida fue peculiar y a su manera tranquila.



Hablo de Albert Camus, autor de “El extranjero” y “La peste”, donde narra una epidemia en la ciudad de Orán, en África. Por motivos evidentes, hoy esta novela está siendo releída con verdadero interés en buena parte del mundo. El mal que narra Camus cobra vigencia.


No sólo denuncia el problema de la salud. También el de la ignorancia como madre de los vicios y el fanatismo en su forma de soberbia social. “La peste” es vista por algunos como una metáfora de los avances del nazismo en Europa y el mundo.


Acudo a él porque, si bien es reconocido por su postura existencialista, hay dos renglones fundamentales en los que se mantuvo firme y que hoy en México, de cara a las elecciones, están en la mesa de discusión: su firme negativa a aceptar la pena de muerte y la necesidad de que intelectuales y artistas no se plieguen a los movimientos políticos sin discutir antes sus contradicciones.


Merecedor del Nobel en 1957, Camus fue contemporáneo de otros intelectuales franceses que movieron y conmovieron el siglo XX, André Malraux y Jean Paul Sartre, ejemplos para muchos sobre el papel del intelectual en la política. Estos dos últimos fueron marxistas comprometidos. Sartre apoyó al feminismo y a Fidel Castro; Malraux, como ministro de cultura de Charles De Gaulle, realizó actos memorables. Gracias a él se le devolvieron a México las banderas perdidas durante la Intervención Francesa de 1862.


Albert Camus alzó su voz pero tuvo un papel más discreto. Además era más entrañable. Entre los escritores circula una trivia: ¿en que se parecen Camus, Vladimir Nabokov y Juan Pablo II? La respuesta es que los tres fueron porteros de talento en ligas juveniles europeas.


La historia de Camus es tierna. Tuvo una infancia solar en el norte de África y jugaba de portero porque su abuela le prohibía desgastarse los zapatos. Mario Vargas Llosa se lo encontró muy joven en Paris, en la entrada de un teatro, y le preguntó en su mal francés si en efecto era Camus en persona, a lo cual éste le respondió en perfecto español y con un acento de ninguna parte, ya que su mamá era española de Orán.


La pobreza nunca le faltó, especialmente en su primera época de escritor. De ese tiempo dice que “saber permanecer sólo en París, durante un año, en una habitación miserable, enseña más al hombre que cien salones literarios y cuarenta años de experiencia de la vida parisina. Es algo duro, espantoso, a veces atormentador y siempre lindando con la locura, pero en esa vecindad la calidad de un hombre debe templarse y afirmarse – o perecer. Y si perece, en porque no era lo suficientemente fuerte para vivir


Albert Camus varias veces criticó a Sartre y Malraux que se plegaran demasiado a los dogmas del socialismo y la militancia partidaria. Decía que se habían subido al comunismo como quien se sube a un asiento y va hacia donde el movimiento se dirige sin chistar. Si el comunismo iba a la gloria se iban juntos, pero si se marchaba a la dictadura y la corrupción, nadie decía nada para no darle argumentos a los enemigos capitalistas.


También criticó el cristianismo y a la derecha. En resumidas cuentas, rechazó con gran inteligencia los defectos de aquellas ideologías que alejaban al hombre de lo esencialmente humano.


Al momento de su temprana muerte, él y Sartre estaban distanciados, pero él pidió decir unas palabras en su sepelio y concluyó con una frase sincera: “Estábamos peleados al momento de su muerte, pero estar peleados es otra manera de estar juntos”. Las cosas entre los grandes hombres nunca son sencillas.


lunes, 1 de junio de 2009

De la Marina




Alcemos hoy en alto la bandera del festejo para conmemorar el día de nuestra marina, jornada en la que se celebra a los hombres y mujeres que no pudieron negarse a una vocación esencialmente acuática, ligada al aliento del mar y el enigma de sus navegaciones.

Aires de memoria, el espíritu aventurero por lo general encuentra como primera inclinación el llamado de las mareas y las corrientes submarinas, canto de sirenas que no proviene de los arrecifes, sino del horizonte henchido de velas, arboladuras y estelas fosforescentes.

Hoy por nuestro canal de navegación se inicia un leve recorrido en que se levan anclas y se marcha avante, ese evocador término que nombra el avance de un navío mientras rompe el oleaje con la proa airosa. Y en la calle Venustiano Carranza también se invoca a quien diera inicio oficial a nuestra gesta naviera.

Mazatlán tiene más motivos para compartir este orgullo. Ahora que andamos en la esfera del centenario, no olvidemos que la única batalla naval de la Revolución Mexicana se llevó a cabo en Sinaloa. Por ello, dos de las calles más antiguas del puerto llevan los nombres de “Cañonero Tampico” e “Hilario Rodríguez Malpica”, quien fuera capitán de dicha nave. (Dejó a las nuevas generaciones que se tomen la obligación de descubrir donde está dicha rúa; algo escondida, pero no tanto.)

Otra particularidad de nuestro puerto es la primaria Gral. Ángel Flores: única institución educativa construida con forma de ancla, en homenaje al revolucionario quien se ganara su sustento en el mar. Y, visto de frente, el plantel nos recuerda a un navío en marcha.

La impronta marina se respira incluso en más motivos arquitectónicos. Fijándonos bien, veremos la existencia de varias casas en el centro de Mazatlán con líneas y giros que evocan más a un buque en dique seco que a una vivienda familiar. Mi madrina Julieta Montero vivió en una casa que parece un barco ascendiendo la cresta de una ola, con escalerillas, cubiertas y puente de mando.

Otros viven en fincas con claraboyas inmensas y ruedas de timón por ventanas. Varias generaciones de la Escuela de Ciencias del Mar tomaron al abordaje unos depas en Los Pinos que tenían la inconfundible forma de un barco.

Las generaciones de marinos que han surgido del puerto y su escuela han dejado huellas. Hagamos una mención especial para los tripulantes del “Potrero del llano” y el “Faja de oro”, hundidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Siguiendo con las calles no muy conocidas de nuestro puerto ¿sabía usted que la calzada Joel Montes Camarena se llama así en homenaje a un marino, egresado de la Escuela Náutica de Mazatlán, que tomó la difícil decisión de hundirse con su barco? Más allá de las circunstancias del hecho, sólo quisiera asentar que me parece una verdadera justicia poética que se nombre así a una calzada construida en un sitio que antes fuera el mar rompiente. En efecto, me refiero a la ruta que nos lleva al faro en cuya vera se encuentran las flotas deportivas y homenajea a dicha navegante que vino al mundo en la ciudad de Manzanillo, Colima, y no en Mazatlán, como erróneamente consigné anteriormente en este mismo espacio.

Uno de mis primeros trabajos en mi época de estudiante fue realizar varias coberturas de la marina. Me tocó desde simulacros en la armada, visitas a astilleros, entrevistas a personajes e incluso la fiesta que hoy se celebra. Aprendí mucho: desde los primeros secretos del periodismo hasta la urgencia de la carretera Mazatlán-Durango para ofrecer a las navieras conexión veloz con Monterrey y los güeros, así como el conflicto del impuesto a los activos fijos, principal tope al crecimiento de la industria naval.


Pero hoy esperemos que nuestra marina siga avante y, como decía Robert Luis Stevenson, ¡viento de popa y con la mar en calma!

lunes, 18 de mayo de 2009

El tiempo de Benedetti




Con la muerte de Mario Benedetti no concluye una época: inicia una leyenda.

Pocas figuras de la literatura latinoamericana alcanzaron su popularidad y nivel de polémica. En el tiempo de las dictaduras, del reencuentro de las identidades de America a través del exilio y los caminos cerrados para la democracia, la voz de nuestro poeta alcanzó un eco similar en difusión a la obra del propio Pablo Neruda.

Mario Benedetti perteneció a una especie de escritores hoy en vías de extinción, Los polígrafos, esos creadores omnívoros que se regocijaban sin temor en la práctica de diversos generos y lograban asombrarnos con sus apuestas estéticas.

A esta estirpe pertenecieron Alfonso Reyes, Octavio Paz y Jorge Luis Borges: hombres muy diferentes, que fueron capaces de mantener un alto - y por lo mismo, variable en ocasiones - nivel de calidad en la poesía, la narrativa y el ensayo. Incluso el teatro, como prueba el éxito de la obra “Pedro y el Capitán”.

Algunos escritores amigos míos lo prefieren como ensayista. Sus ensayos sobre el ejercicio del criterio son más que reveladores. Otros se quedan con su poesía que, como muchos fenómenos populares, ha tenido seguidores, imitadores y enemigos furibundos.

Ha alcanzado también el dudoso fantasma del éxito. Su tema “Te quiero” alcanzó explosiva difusión en las voces de Nacha Guevara, Gesualdo y la sinaloense Amparo Ochoa. Usted debe haberlo oído: “Si te quiero es porque sos, / mi amor, mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos / somos mucho más que dos”…

Era un poema y una canción que se volvió un himno para aquellas parejas que se conocieron en la plaza, en la manifestación contra los militares, las huelgas campesinas y las universidades combativas. Bastantes veces la escuché en las peñas de mi universidad o en las protestas a favor de Nicaragua o la caída de Pinochet, allá en la Casa del Marino, que en los años ochentas era “territorio liberado”, como solían decir algunos militantes.

El trovador local Edmundo Carrillo solía entonarla en un tono distinto al de Nacha Guevara. Ante una pregunta expresa, nos comentó que ese era el ritmo que originalmente le daba el también fallecido Guadalupe Trigo, amigo de Benedetti en su momento, cosa que me confirmó Gabino Palomares.

Ese es el entorno de Benedetti. La lucha que se hizo a golpes de guitarra y que luego tuvo que madurar en las urnas. La movilización moral de un continente a favor de una causa continental, algo que ha sido difícil de lograr para asiáticos y africanos. Es cierto que los mitos y los dictadores no se tumban a golpes de poesía, pero el arte puede sembrar la semilla de nuevas conciencias y preparar el sendero de un cambio basado en la razón y su fuerza.

De Mario Benedetti quedará algo más que el grito en la calle y el graffiti con sus versos puesto a escondidas de los verdugos armados. Cuentos suyos como “La noche de los feos” son de una ternura inolvidable. Yo la verdad lo daba por acabado y hace seis años sacó un libro de cuentos breves que me dejó verdaderamente impresionado por su dominio de la trama. En Benedetti había auténtica vida, auténtica literatura.

Duele su muerte, pero es grato saber que a diferencia de Vallejo o Neruda, el si pudo ver a América Latina dejar de abrirse las venas. Y su obra resistió el paso del tiempo. No es el último de “los comunistas de lujo” si no uno de los primero en tomar la palabra y alzar la voz en mitad de un foro.

Y esa voz sigue resonando en las calles, en las bardas, en las universidades, en donde quiera que hay que decir la verdad y devolverle su verdadero significado a las palabras.

sábado, 16 de mayo de 2009

Noticias de Nuestro Imperio

Tropas francesas en Mazatlán, Templo de San José.



Debido a la alerta de influenza, el 5 de mayo para algunos pasó desapercibido. No es tarde para compartir varios datos interesantes.

Llevo varios meses documentándome para una novela sobre la Intervención en Mazatlán y me he topado con sorpresas que no coinciden con las creencias populares y algunos historiadores de la vieja escuela. Una visita al Museo de los Inválidos me permitió ubicar publicaciones y datos reveladores.


Hemos condenado a los franceses por el incendio a Concordia en 1865: las cartas de varios de los militares revelan que entre ellos mismos existió este malestar. No los justificaremos nunca, pero es interesante saber que no todos fueron sanguinarios y enfrentaron al general Armand Castagny, quien en sus campañas de África había cometido este mismo tipo de atrocidades.

Por ejemplo, el coronel Garnier, que había fusilado antes a 14 mexicanos rebeldes en Durango, se negó a obedecer las órdenes de Castagny y el encargado de cumplirlas fue su edecán P. D. Billiot (Billaut, según el historiador Hijar y Haro, quien militó con el Gral. Ramón Corona y pedía no olvidar su nombre).


Al momento de ese ataque, las tropas de Corona habían ejecutado a varios franceses, por lo que el ánimo de la soldadesca era de venganza… Aún así, gran parte no estuvo de acuerdo con la destrucción de poblaciones inocentes. “¿No aprendimos en África que las represiones son siempre inútiles?”, afirma el oficial D ‘Esclevin, en un documento rescatado por Jean Meyer.


Otros dos oficiales, Lambert y Bérard, que según apunta el teniente A. Chateau eran “hombres de más corazón”, enloquecieron por un tiempo, luego de los horrores de Concordia. Los periódicos de Francia acusaron a Castagny de hacer en Sinaloa “un Palatinado”, en referencia a las aldeas germánicas mandadas incendiar por el rey Luis XIV.

Las memorias del teniente Georges Crist, hijo de un tonelero provenzal que llegaría a Capitán, censuran su dirección “inhábil, insensata y culpable”. También sostienen que las consecuencias del ataque provocaron posteriores faltas de disciplina entre la tropa. El jefe de batallón, Rodolfo Mowat, fue de los primeros comandantes con alta graduación en desaprobar el acto.

Según el Barón de Montfort, egresado de la Academia de Saint-Cyr y voluntario en Mazatlán, el mayor Corona atacó antes La Noria y Rosario porque eran favorables al imperio. En represalia, Castagny ordenó el incendio de Concordia “y treinta pueblitos y rancherías entre Mazatlán y el río de Rosario”.
Por cierto, otro miembro de la realeza europea les acompañó en esa masacre: el Barón de Brockenhelm, “un Hércules sueco, teniente de la Guardia Real de su país”, apunta Montfort. También tenemos el dato de que en Mazatlán murió Prosper Du Parc de Locmaria, hijo del Conde de Constantin, pero desconocemos las circunstancias. Era hombre de confianza del futuro rey de Italia, Vittorio Emmanuelle I y servía en Piamonte, ya que su padre había militado con el Delfín de Francia y no se llevaba bien con los Bonaparte.

No sólo Concordia padeció: también Veranos, El Verde, Santa Catalina, Jacobo, Copala, Malpica, Villa Unión y Aguacaliente de Gárate, que son mencionados en los archivos. De Matatán y Hacienda del Tamarindo solo quedaron cenizas, según Hijar y Haro. En El Zopilote mataron a mujeres y niños. “Zigueros” y “Naranjas” –escritos así en francés-, podrían ser Siqueros y El Naranjito. (Al norte de Copala)

Castagny era vanidoso y se creía noble. Traía una guardia personal de indígenas coras y huicholes con taparrabos, arcos y flechas, al modo de los mariscales ingleses que usaban escolta nativa en la India o Francisco Franco con su Guardia Mora.
(CONTINUARA)

domingo, 10 de mayo de 2009

Tula Escobar: Poeta de El Rosario

Vista general de El Rosario, Sinaloa.



Hace unas semanas, todavía aquejado aún por una apicectomía, cirugía menor que me sacó de circulación por quince días, me trasladé a El Rosario con el fin de presentar una recopilación de los versos de la poeta Tula Escobar.

Escribo poeta, porque el término “poetisa” debe caer YA en desuso por su carácter peyorativo. Durante décadas, se usó como definición de las mujeres que profesaron este oficio, oficio que nunca ha sido un don o una gracia. Nadie nace escritor por genética: esto es asunto de gusto, educación y años de sacrificio.

La primera vez que escuché los versos de la Sra. Gertrudis Escobar Contreras fue en secundaria. A pesar de que entonces los escritores sinaloenses no tenían gran presencia en la vida cotidiana, mi maestra de español, a la hora de estudiar de la poesía moderna, solía incluir a los autores locales. No faltaron Carlos McGregor Giacinti y doña Elenita Vázquez de Somellera, vivos aún en aquel momento.

Conocí su poesía en el peor y el mejor lugar para encontrarse con la poesía: en la plaza cívica de la secundaria, en este caso la Federal 1 Guillermo Prieto y, con la altísima voz de mi compañera de grupo, Conchita Preciado Soltero, supe de la poesía “Anatema” interpretada ahí como preparativo para el concurso estatal de declamación.

Antes, ella había ganado el concurso interno con la ya clásica “Guerra civil” de Víctor Hugo, pero para la competencia definitiva, Conchita decidió participar con un poema de una autora regional y, antes de marchar al combate, realizó esa práctica en la ceremonia de honores a la bandera.

“Anatema” es una creación de lo que entonces llamaban “poesía de protesta”. Hoy en día, todo acto poético realizado ante la metalizada y violenta sociedad que vivimos es una acción de protesta por si mismo. Incluyo en esa lucha la heroica publicación del libro de la señora Tula Escobar.

Adrede menciona arriba a Elena Vázquez de Somellera: en esa misma época, esta dama de la vieja estirpe había publicado en Noroeste un poema de protesta ante el resultado de las elecciones municipales de 1983: “Clamor del pueblo mazatleco”, era el nombre de su texto.

Volviendo al poema de doña Gertrudis, diré que era pacifista, pero agresivo. Un llamado a los valores del respeto y una defensa a los campesinos, menospreciados por las personas con estudios y supuesto intelecto. Conchita, histriónica y temperamental, hizo una recreación furibunda que duró días en la memoria de mis compañeros y, hasta el momento, en la mía… Me preguntó si en las secundarias los maestros siguen enfatizando la memorización de la poesía con el mismo entusiasmo de quien maneja una Hummer.

En homenaje a esas enseñanzas, y en reconocimiento a la trayectoria de una maestra que empuñó la lira y el cálamo en tiempo más duros para el arte, escribí estas líneas y participé en el homenaje, donde no faltó su vasta familia. Sólo conocía antes a una nieta de la señora Escobar, pero al leer el libro “Ecos de mi voz”, conocí poco a poco a casi toda la simpática parentela.

Hay un poema fascinante en que narra tres bodas realizadas en el patio de su casa, esas bodas que empezaban desde el amanecer, con chocolate y todo para el desayuno nupcial, mientras las campanas llaman a misa y la cerveza se hiela en uno de los rincones. Y además, varios poemas dedicados a la figura materna: canciones de cuna y versos dedicados a la madre ausente.

Doña Gertrudis Escobar nació en 1910 y falleció el 3 de junio de 1990. Pero quedan sus versos y, en palabras del poeta Gerardo Diego, un rosario de hijos y nietos, unidos todos como en un soneto.

domingo, 3 de mayo de 2009

Del mito al mitote



"La llegada de Ángela Peralta a Mazatlán",
cuadro de mi amigo Antonio López Sáenz.
Con la ópera, también llegó la Fiebre Amarilla.

Está confirmado que, en el año de 1902, la totalidad de las mujeres de Mazatlán comenzaron a usar ropa interior gracias a la epidemia de fiebre bubónica. Esto no es ninguna broma de mal gusto: es un dato fehaciente que el Dr. Martiniano Carvajal destacó en su informe a las autoridades sobre su lucha contra la peste negra.


Además de pelear contra el flagelo de la pandemia, el doctor tuvo que enfrentar enemigos más rápidos que un virus y que aún siguen activos: los mitos y el mitote.

Si bien la gente de nuestra ciudad tenía un nivel de escolaridad muy alto para la época, muchos se negaron a aceptar los medicamentos gratuitos ofrecidos por el gobierno y la comunidad de extranjeros, encabezado por los inmigrantes alemanes, siempre primeros en dar la mano en tiempo de crisis.

El argumento era porque seguramente esos medicamentos contenían veneno para acabar de una vez con la pandemia. ¡La sabiduría popular sostenía que, de ser medicinas reales y efectivas, nadie las hubiese regalado!

Tuvieron que tomarse una fotografía todos los médicos de la ciudad, afuera de la Droguería Canobbio, con el brazo levantado, para demostrar que el suero hiperinmune de Yersin no era tóxico. La publicó “El Correo de la Tarde” en su primera plana.

En aquellos tiempos, la ciudad no tenía pavimento. El ambiente era insalubre y las marismas se rebosaban continuamente. El Doctor Martiniano Carvajal, con todo y el pudor de la época porfiriana, impulsó el uso de los calzones de una manera parecida a como se insiste hoy con el cubrebocas.

Muchas mujeres, especialmente de las clases humildes, usaban faldas grandes y no solían portar la prenda interior en tiempo de calor. Al llegar su periodo menstrual, las damas se volvían más susceptibles a infecciones... Sume usted la promiscuidad de la época en los barrios populares.

Luego llegó la prohibición de los velorios, que eran auténticos focos de infección. La gente se negó a entregar los cadáveres de las mujeres gracias al rumor de que los enterradores se dedicaban a violar los cuerpos… El rumor, el rumor. Siempre han sido el fundamento de toda la ignorancia.

Toda generación que olvida el pasado está obligada a repetirlo y eso es lo que sucede ahora. La salud se basa en prevención, no sólo en remedios. Los rumores de que vivimos una conjura para remover la economía mundial me recuerdan a quienes, hace veinte años, juraban que el SIDA era un invento de los fabricantes de condones, aliados con grupos ultraconservadores de Estados Unidos, enemigos de la cultura homosexual.

Nuestras epidemias comenzaron por no vigilar y atender a tiempo. La gran fiebre amarilla donde murieron la soprano Ángela Peralta y cientos de mazatlecos en 1883 inició porque no se hizo una inspección sanitaria al vapor Newburg, donde venía un pasajero enfermo de Guaymas a quien nadie le prestó ayuda y atención.

A estas alturas, el país ya está enterado de que lo debe hacer y no hacer. Pero veo que, mientras mas información, mayor desinformación. Evitar rumores no confirmados es una manera de que no cunda el mal. Cierto que en este país durante años hemos desconfiado de los políticos y la manera que manejan la información, pero no hay que dar crédito a todos los correos electrónicos

Hablar de inicios del siglo pasado es poner el dedo en la llaga de nuestra actualidad. El problema es que no hemos cambiado nuestra forma de pensar y de actuar. Vea los periódicos en la hemeroteca: las mismas quejas sobre escurrimientos de drenaje, plagas de mosquitos y agua lodosa en las tuberías. Escasos años después de nuestra epidemia, la fiebre del tifo acabó con más habitantes que la propia Revolución Mexicana.