sábado, 11 de diciembre de 2010

Ricardo Urquijo





Conocí a Ricardo Urquijo hace más de veinte años y desde entonces fui testigo de la persistente llama de su amistad. Siempre jovial y bien dispuesto, con un humor natural, pleno en referencias humanas y cien por ciento mazatlecas.

En aquellos tiempos, el tenía un alto cargo en CODETUR, bajo la presidencia del también amigo Raúl Rico. Yo era estudiante que se iniciaba en el periodismo y en varias ocasiones me daba raid a mi casa, ya que vivíamos a escasas cuadras de distancia y compartíamos similares gustos por la música.

En uno de esos aventones, me dijo que yo algún día podría ser “el orgullo de La Papalota”. Ante mi obligada extrañeza me explicó que por el rumbo donde residíamos, antiguamente, había existido un viejo molino de viento conocido así por los lugareños. ¡Vaya!

Desde entonces, para referirnos a la dirección de nuestros hogares, nos referíamos en clave como “La Papalota”.

Así era Ricardo, siempre con el humor y la referencia pintoresca anclada a nuestras raíces.

Previo a esa época, nos habíamos conocido haciendo una larga fila para un Teatro Ángela Peralta aún en ruinas, durante un evento del Festival Cultural Sinaloa, en la época de José Ángel Pescador. Yo iba bromeando con tres compañeras de la universidad y él iba con Ceci, su esposa, por lo que desde entonces comenzamos a hacer chorcha como si tuviéramos la misma edad y nos conociéramos de toda la vida.

Ricardo estuvo en ese teatro por un tiempo providencial. Supo hilar una relación positiva con Conaculta a través de los encargados de descentralizar la cultura y logró que la plaza entrara al circuito de los espectáculos, exposiciones y talleres itinerantes de origen federal.

Logró también unir esfuerzos con artistas locales, grupos que llegaron para quedarse y con diversos amigos suyos, lo mismo empresarios como otros promotores y organizadores de otras actividades. En ese tiempo, los eventos y apoyos que enviaban las autoridades estatales eran demasiado dispersos.

El trabajo de Ricardo supo ampliar la brecha iniciada por Jane Abreu y abrió el camino para el actual organismo de cultura, consolidado por Raúl Rico González. Es todo un esfuerzo, un mérito y un desafío.

Con justicia, con verdadero reconocimiento y conocimiento, no debemos olvidar sus aportaciones. Hoy vemos la vida cultural como algo ya nuestro, pero hay vendavales políticos o sociales que pueden volver a una región encendida por el arte en un páramo plagado de resentimientos.

Recordemos el humanismo de Cayo, su entrega a mantener una memoria, su pasión por la fotografía y la vida sencilla del campo, así como esa cualidad tan difícil que algunos consideran don de gentes y otros, generosidad.

Hace unos días, le hablé para confirmar un vocablo en inglés coloquial que escuché en una canción del Viejo Oeste y que también fue un éxito en nuestra música de banda. Él era mi consultor para muchas inesperadas referencias artísticas.

Yo había encontrado ya una buena pista en internet para mi artículo, pero procuro nunca quedarme con eso porque internet muchas veces falla y además, deseaba darme el gusto de hablar con él.

El buen Ricardo no sólo repasó su memoria buscando variantes, si no que en ese mismo momento le llamó a su hijo y a otra persona para encontrar la traducción a la frase.

Para concluir, compartiré que una vez en su casa presencié un detalle que luego incluí en un libro mío, cambiando los nombres por debido respeto. Entre varios cuadros de su agradable sala descubrí un óleo muy especial, reproduciendo un arreglo de rosas rojas. Con orgullo, Cayo me contó que ese fue el primer arreglo de flores que le había mandado a su esposa cuando eran novios y ella lo había pintado de inmediato, eternizándolo así con el pincel.

Los hombres se van, las obras permanecen, la sonrisa vive siempre en la memoria: hasta siempre, Ricardo Urquijo

domingo, 21 de noviembre de 2010

QUÉ SI HUBO REVOLUCION




Ya lo sé: a estas alturas estamos tan cansados del debate que hasta se considera ocioso retomarlo, sobre todo por la idea establecida de que la Revolución Mexicana se quedó en el camino.

Esa noción de incomodidad, de duda y molestia hacia el estado que nos gobierna y el estado de cosas que nos desgobiernan, son ya un sentimiento generalizado y preocupante.

Sin embargo, hace días leí algo que me hizo reflexionar hasta cierto punto de lo contrario. Y es en estos momentos cuando más debemos hacerlo.

Desde los años 60, a partir del análisis marxista de la historia y a contracorriente del triunfalismo gobernante, surgió una escuela que denunciaba el fiasco de la lucha armada y sus ideales utópicos.

En ese sentido, no dejaría de recomendar el libro de Adolfo Gilly “La revolución interrumpida”, que por cierto fue escrita durante los 5 años que estuvo como preso político en la prisión de Lecumberri, en la época de Díaz Ordaz/Echeverría.

Ese libro fue de los primeros en poner en duda el éxito del proceso revolucionario; no obstante a que hoy sostengo una tesis divergente, no dejaría de seguir recomendando su lectura por la validez de sus reflexiones, inéditas en su tiempo.

Pero han pasado 40 años desde ese periodo de análisis y hace poco vi una entrevista del historiador Friedrich Katz, recientemente fallecido y autor de una monumental biografía de Pancho Villa, en 1998, donde ofrece otras visiones a raíz de hechos recientes, como por ejemplo, el desplome de la URSS.

Katz sostiene que, a pesar de sus trapacerías, iniquidades y momentos de confusión, la Revolución Mexicana nunca llegó al extremo de la ingeniería social del terror, que es el gran pecado de las revoluciones, como fue el caso de la Francesa, la Soviética, la Camboyana y la mayoría de las que acontecieron en el Siglo XX.

En el caso de China, está la terrible “Revolución cultural” que se resumió en diez años de conflictos, muertes y atraso cultural, luego del fracaso del “Gran salto hacia adelante” propugnado por Mao... A la fecha en China hay represión y un Premio Nobel no puede salir a recibirlo.

Que no hayamos tenido en México grandes grupos de exiliados, asesinatos en masa sistematizados y leyes de prohibición total a la libre expresión y al libre tránsito, es una gran ventaja que casi sólo aprecian los mexicanos de origen extranjero, como fue el propio Friedrich Katz y Jean Meyer.

Un cambio fundamental aquí en México fue la abolición de la burguesía terrateniente como factor político de primera importancia. En toda Sudamérica, espacio en el cual esa élite quedó intacta, fue donde más se prohijaron y multiplicaron golpes de estado y desórdenes que aun los agobian.

El aspecto educativo, en donde se impulso la lucha contra el analfabetismo y la creación de escuelas rurales, hoy es insoslayable por sus alcances, a pesar de lo deteriorado de la imágenes de los mentores y sus líderes.

La burguesía agraria fue el principal enemigo de la industrialización y la preparación de las masas. Luis Terrazas, dueño de buena parte de Chihuahua, se negaba a que hubiera escuelas en sus haciendas: “No necesito abogados, necesito peones”, fue su respuesta.

También tuvimos el acceso de las clases populares al poder político: en Sudamérica y otras regiones sin revolución casi no se vio gente de origen humilde o de aspecto étnico en los cargos de importancia. Demasiados de sus gobernantes han venido directamente de la aristocracia criolla.

En fin, comparto estas conclusiones de uno de los historiadores más respetados que hemos tenido, también crítico a otros resultados adversos de la Revolución, en aras de abonar algo a una reflexión nacional que tanto nos urge. Descalificar un hecho del pasado cuyas consecuencias positivas aún estamos viviendo es algo que debe ser producto de un verdadero análisis completo. Nunca dejaremos de apreciar el ejemplo de Madero, Villa, Zapata y muchos otros: en la Unión Soviética, país cuya revolución por largo tiempo se considero más exitosa que la nuestra, es muy difícil ver hoy a Lenin, Trotsky y Stalin reconocidos como héroes patrios. Y los gobernantes de las provincias no son elegidos por los electores, como es el caso actual de México, si no por la mano inamovible del Zar Vladimir Putin.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Vieja música... ¿nuestra?




Hace días vi la cinta “Enemigos públicos”, basada en la vida del famoso asaltabancos John Dillinger, y me tocó ver una secuencia donde Johnny Deep -a bordo de un vehículo de los años veinte y en plena fuga por un páramo-, se pone a cantar con un niño una melodía muy del repertorio nuestro: “El último rodeo”.

Originalmente titulada THE LAST ROUNDUP, esta composición fue un gran éxito de la orquesta de George Olsen en 1924, con una versión lenta y casi a ritmo de vals. Fue regrabada casi diez años después por Gene Autry, popular cantante cowboy cuya estrangulada voz era parodiada hasta en las caricaturas.

Esta pieza fue compuesta por Cisco Hill y al parecer cobró segunda vida al ser grabada a ritmo de foxtrot, un ritmo que podemos entrever en algunos éxitos locales como el “Cinco de chicle” o “Tecateando”. Llegó a ser hit también con Bing Crosby, Roy Rodgers, Johnny Cash y Dean Martin. La letra es melancólica y llena de referencias a una despedida en el torno de la vida de los cowboys.

También era conocida como “Git along little doggie, git along”, estribillo de la melodía que alude a una manera cariñosa de arriar al caballo mientras se le monta, aunque un amigo cercano a la cultura gringa campirana me dice que el término “Little doggie” también se usa para referirse a las becerros huérfanos. En todo caso, acabo de ver una película en la que Tin Tan, en su papel de pachuco, le dice esa frase a su caballo luego de cantar la canción de “El Jinete” de José Alfredo Jiménez… a bordo de un carrusel de feria. (Tin Tan en La Habana, 1953)

Otra melodía nuestra que encontré en una película gringa fue en la desquiciada comedia “1941” de Steven Spielberg, en donde vemos a un submarino japonés -comandado por el samurái Toshiro Mifune- llegar a la costa de California con intenciones de destruir Hollywood. Por un error ataca un parque de diversiones y ya imaginará usted el tipo de enredos y explosiones que se detonan por toda la trama.

En esa cinta, John Belushi pilotea un avión de combate enloquecido, provocando más destrozos que un ataque real, mientras entona una canción que algunos aquí llaman “Corazón de teja” y otros “Corazón de Texas”. (La “x” y la “s” provocan todo un cambio geográfico, más terrible que los postulados por la Real Academia de la Lengua).

Me dice un estudiante de música que en “El último Emperador” de Bernardo Bertolucci se escucha a ritmo de ragtime la cumbia de “El chinito bailador”, hace unos años regrabada por Lizárraga Musical. Mi madre me confirma que de niña veía que la bailaban sólo las mujeres. ¿La considerarían en los cincuentas una melodía poco varonil o imperaba con mayor brío el racismo local hacia los orientales? Vaya.

Otro hit gringo perdido que pegó mucho aquí, según Amado Nervo en sus crónicas de El Correo de la Tarde, se llamaba After the Ball, clásico vals de tres por cuatro que, de tan repetido y mencionado en las tertulias provocó que hasta Nervo estuviera en contra suya. De hecho a todos los hombres les molestaba por irreal, mientras que a las mujeres les parecía lo máximo.

La trama de la canción pone a un caballero ya maduro a quien una sobrina imprudente le pregunta porque nunca se ha casado y porque no tiene hogar ni bebés. El tipo se pone a filosofar -de la manera en la que sólo pueden hacerlo aquellos hombres que han desperdiciado su juventud en francachelas- y le dice que “después del baile todo termina, quedan las ilusiones rotas y mi vida se destruyó después de un vals”.

Sucede que una dama a la que galanteaba le pidió que la dejara sola para tomar agua; él la siguió discreto y la sorprendió besando a un hombre. La mandó al Hades; ella intentó explicarle mientras él se negaba hasta que, años más tarde, ya muerta la mujer, descubre gracias a una carta que el tipo del casto beso era su hermano.
Fin de la historia, fin del vals y fin de la fiesta.

Pero la melodía gringa más antigua en aclimatarse en nuestras marismas fue también una de las más gringas: “Oh, Susannah” (1848), de Stephen Foster, que durante los tiempos de la Fiebre de Oro, cuando Mazatlán estaba en la ruta de los vapores a San Francisco, hasta llegó a considerarse composición local, según rescata Herrera y Cairo. Hasta se habla de que en una derruida finca del Viejo Mazatlán el fantasma de una mujer se pasea en las noches entonándola y bailándola con gran energía.

¿Será que los niños que cantan la versión de Tatiana en las piñatas, sin darse cuenta, están recuperando así una tradición perdida? La verdad hoy no me atrevería a establecerlo.

http://www.youtube.com/watch?v=2vLk1MyAcFE

domingo, 31 de octubre de 2010

Todos los Santos





Hoy es día de todos los santos. No hay festividad más multitudinaria en el santoral que ésta, luego de los siempre respetados Fieles Difuntos.

Un modo de descubrir cuando una región geográfica no es muy religiosa, al menos por la vertiente social del catolicismo en nuestro país, es revisar de dónde saca la gente los nombres elegidos para sus hijos.

Ponerle a los recién nacidos Britney o Beckham (este último lo vi el miércoles en una sección de Sociales en Culiacán) les dirá a esos niños en el futuro a que santo se atenían sus padres y donde depositaron su fervor.

Antes, un alumbramiento era asunto mucho más dramático que hoy en día. Los riesgos eran mayores; la tensión previa, desgastante; y la mortandad de infantes, terrible. Por eso un nacimiento se consideraba un auténtico milagro y había que agradecérselo al santo de ese día, aunque tuviese un nombre peculiar, poco apto para una portada de un disco o un despacho contable y confiable.

De tan comunes que fueron esos nombres tan socorridos, a nadie le parecía raro toparse con personas bautizadas como los santos griegos Pánfilo, Demetrio o Anacleto. Un amigo de la infancia me decía que el santo del día era aquel quien nos acompañaba antes del alumbramiento y, por lo tanto, el comisionado en “aventarnos” desde una nube.

Existen familias con muchos hijos en donde algunos llevan nombres muy comunes y, de repente, le ponen a alguno un nombre algo bizarro, correspondiente a la fecha. Suelen ser casos de criaturas que vinieron al mundo en partos difíciles o de riesgo, aunque también a veces los padres deseaban honrar a un familiar fallecido.

Los calendarios eran objetos bastante apreciados en las casas y servían como una estática agenda para recordar los cumpleaños venideros. No había duda de que un vecino con nombre excéntrico celebrase un año más de vida en la fecha del onomástico.

En Francia, país que algunos consideran como la hija mayor de la Iglesia Católica, el nombre de la festividad del día de hoy es bastante común como nombre y apellido. Incluso el primer gobernante independiente de la América Latina fue un esclavo que llegó a emperador de Haití con ese nombre y le hizo la guerra a Francia y a Inglaterra: Toussaint-Louverture.

Aquí en México se usa el plural de “Santos”, de mismo modo que a algunos de los nacidos el 6 de enero les ponen “Reyes”, en vez de elegir cualquiera de los nombres de dichos monarcas. Hay gente distraída que pensó que ese era el verdadero nombre de pila del Enmascarado de Plata, quien nació como Rodolfo Guzmán Huerta y así fue conocido antes de subir al pancracio.

En los tiempos modernos, para los practicantes del Catolicismo, la santidad está más cercana, ya que desde los años veintes se anunció que cualquier persona podría alcanzar ese nivel si se dedicaba a la obra de Dios. Antes se creía que sólo los pertenecientes a órdenes religiosas o al clero secular eran capaces de aspirar a una aureola.

Otras religiones tienen sus grados y facetas de santidad. Los musulmanes y los hinduistas, en contraparte, suelen entregarles gran devoción a los santos vivos y hasta se sorprenden de que en Occidente se venere más a los santos fallecidos. En África, incluso entre los paganos, es raro que asesinen a un sacerdote, ya que mantienen un respeto algo supersticioso por los llamados “hombres santos”, aunque pertenezcan a otra religión.

La tradición dice que el Hotel California de Todosantos en Baja California fue el que inspiró la famosa melodía homónima. Parece ser que nada más en Guatemala y Baja California existen ciudades con este nombre que hoy se festeja. Felicidades a ellas y también a todos sus onomásticos... Y también a mi amigo Luis Felipe Lomelí, que tiene un libro de cuentos con ese nombre.

lunes, 25 de octubre de 2010

Tres grandes figuras al vuelo




Es demasiada coincidencia que, a la par de las masacres en diversos puntos del país, se estén muriendo varios de nuestros hombres de letras. Monsiváis, Dehesa, Esther Seligson, en fin.

Sumamente trágica también fue la semana anterior para la literatura mexicana: se fueron tres grandes figuras, cada una de ellas un verdadero hito en su campo. Friedrich Katz, Antonio Alatorre y Alí Chumacero.

Primero fue don Friedrich Katz, el mexicano nacido en Austria que, de tan agradecido por lo bien que trató México a su familia al salir de un país ocupado por los nazis, le regaló a nuestro México la mejor biografía que existe del Gral. Francisco Villa.

Katz no sólo fue gran historiador: su prosa era de gran calidad, algo que aumenta su mérito al tratarse de un ensayista de largo aliento. Si bien en su español verbal en ocasiones se confundía con un verbo o algún género específico, siempre compartía cosas deslumbrantes, hilando las ideas con suma pericia magisterial.

Katz, además del periodo revolucionario, investigó un campo fructífero y revelador: el espionaje en México, a través de las redes en el extranjero, revisando tanto informes desclasificados como libros de memorias de espías jubilados. En esos documentos es donde se encuentran los mejores secretos de nuestra historia.

El pasado viernes se fue uno de los primeros escritores que leí en mi infancia. Don Antonio Alatorre, de los más grandes hombres que nos dio Jalisco en el siglo XX, orgullosamente oriundo de Autlán. (¿Ya se fijaron que tanto él, como Arreola y Rulfo, nacieron en pueblitos pequeños y retirados de la pretenciosa Guadalajara?)

Fue uno de los creadores de mis libros de texto gratuito, editados en 1972, y en la primaria leí bastante cuentos suyos, además de los firmados por su esposa Margit Frenk, la maestra sonorense Armida de la Vara y Gonzalo Celorio.

De ellos, sólo quedan Margit Frenk y Gonzalo Celorio, que cuando lo conocí y le agradecí por esos libros, me sorprendió que fuera tan joven, ya que los otro autores eran figuras venerables desde entonces. Yo tenía 23 años y me dijo (con cierto sobresalto porque toda la vida he aparentado más edad de la que tengo), que tenía incluso un hijo de mi edad. Celorio, nacido en 1948, colaboró en esas ediciones a la edad de 23 años, mientras que los otros autores habían venido al mundo por la década de los 20.

Por fortuna, llegué a conocer a Alatorre, creador de un libro infaltable que se llama “Los 1001 años de la lengua castellana” y que seguido releo para recordar la maravilla del idioma castellano y sus orígenes. Estuve con él en un extraño coloquio de escritores en donde el otro participante y yo mejor decidimos callarnos para que el Mtro. Alatorre hablara todo el tiempo que le diera su gana. Cosa que así sucedió.

Como muchos de los grandes escritores, tenía dos cualidades únicas: la sencillez y la naturalidad.

Alí Chumacero, nacido en Acaponeta, Nayarit, fue uno de los más monumentales poetas mexicanos. Fue gran amigo del sinaloense Gilberto Owen, a quien le mandó unas cartas muy divertidas y hermosas que en su momento se publicaron en sus obras completas.

Su poema “Responso del Peregrino” es un bello epitalamio –poema hecho con motivo de una boda- en donde se reconoce como pecador y maneja en secreto inesperadas simbologías religiosas. Además, fue un gran maestro de escritores por décadas en el Centro Mexicano de Escritores y eso no es escaso mérito

Alguna vez, en un evento del INAH al que fue para pelear el rescate de una zona arqueológica de Nayarit, le preguntaron con sorpresa si tenía trabajo en ese instituto, al ver la manera tan oronda como se desempeñaba. Alí dijo que sí, ya que su principal función era fungir como “monumento nacional” y recogía en persona el cheque necesario “para su mantenimiento”.

Descansen en paz, estos tres inquietos caballeros de la letra, verdaderos maestros del idioma.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Frente al otoño de verano





Escribo desde Morelia y aquí si hay otoño. Salgo a un patio a media mañana y veo caer pequeñas hojas que se confunden con la llovizna desleída, así como con el glogloteo de una fuente de cantera al centro del claustro.

El Conservatorio de las Rosas en su origen fue un convento y esa aura de clausura y soledad viene a bien a los aires de fin de mes. La luz de las mañanas aquí es como la de las ocasionales tardes nubladas de Mazatlán.

Corre un viento frío y la piedra de los muros y la cantera de las baldosas adquieren mayor condición conventual. Un árbol de naranjas alza sus racimos, desafiando un sol cariacontecido tras las nubes, incapaz de imponerse a una llovizna que se deshoja en chispas de claridad.

Otra señal del otoño es que comienza a oscurecer más rápido, a pesar del artificio del horario de verano que demora el efecto. Las luces se enciende más temprano y, por la falta de costumbre, sorprende ver los comercios tan llenos a horas que parecen tardías. Como si ya fuera diciembre, pero no.

En el centro y sur del país se nota más ese efecto, tanto por los cambios de latitud como por la presencia de las montañas que oscurecen pronto a las ciudades. En Mazatlán el sol siempre se oculta entre pocas nubes y el mar funge como espejo que reverbera la luminosidad largo rato, aún después de que el astro solar se ha desvanecido.

Los mazatlecos tenemos un otoño demasiado sutil: nunca veremos el soplo cefírico del viento agitando caudas de hojas secas e incluso formando fugaces esculturas en las plazuelas. Tampoco veremos los árboles desnudos con sus brazos en actitud de garra, señoreando como en los bulevares de Paris, el Paseo de la Reforma o las caricaturas de Remy.

Nuestro otoño es verde por las recientes lluvias del verano y el calor que aun bosteza su tibia bocanada. Este color verde se mantendrá con suerte hasta las lluvias de febrero que tanto sabor y desasosiego le dan a nuestros carnavales.

Sólo el agua del mar estará más fresca, aunque no tanto como la frialdad de Semana Santa.

¿Será que nos hace falta un buen y soporífero otoño para volvernos una sociedad más pacífica, más reflexiva, menos tensionada por la brasa solar que nos agobia desde mediados de mayo hasta finales de septiembre?

Por lo pronto el destello del clima ira bajando un poco su intensidad, con rachas de altas y bajas, según tengan las lluvias la caridad o la calamidad de visitarnos.

Hay ciudades donde la gente usa suéter o chamarra todo el año y la vestimenta no siempre da una idea del tiempo vivido. Nosotros los porteños, a un ritmo que se nos hará lento, comenzaremos a sacar las camisas de manga larga y esos cambios oscuros que sería un suicidio ponérselos incluso para una salida breve.

Somos tan refractarios a reconocer que tenemos un frío que nos burlamos del amigo que se pone una bufanda en octubre o diciembre, aunque el pobre tenga una calentura terciana y se encuentre obligado a salir a la calle.

Por lo pronto, oficialmente ha nacido ya el otoño, el falso otoño que tenemos en el Trópico de Cáncer: quizá por eso nos sentimos eternamente jóvenes, ante la falta de una estación que sirva de intermedio entre el tiempo de la plenitud y el tiempo del recogimiento, el tiempo de la pausa y el tiempo de la melancolía, el tiempo de la luz cegadora y los momentos del descanso.

El otoño es algo tan exótico para nosotros que sólo lo usamos para hablar de modas o referirnos con supuesta cortesía las personas maduras. Los franceses dicen que si una primavera sale muy fría o lluviosa es una falsa primavera: a ver si algún día los mazatlecos nos toca un otoño verdadero, de hojas volando y aroma de carcaza que se quema flotando entre la floresta de la plazas

lunes, 20 de septiembre de 2010

Historia de bullying





Me parece un verdadero acierto que hayan comenzado los educadores a tomar medidas contra el “bullying”. Yo lo padecí durante un breve lapso y la culpa fue de Steven Spielberg.

Por fortuna, no fui una víctima consuetudinaria de esta execrable forma de acoso y ostracismo social. Cuando te llevas con un grupito de amigos, es normal que de de vez en cuando te carguen la mano. Pero confirmo lo privilegiado de mi estatus, sobre todo al recordar a compañeros bastante martirizados.

Yo estuve en tres primarias. La segunda de ellas era una escuela de cartón. No me da vergüenza decirlo. Pudimos habernos ido a la Gabriela Mistral donde estaban todos los primos, pero quisimos estar ahí un año y medio. Era a la vuelta de la casa y estaban muchos de nuestros vecinos, además de un solar inmenso para jugar.

Nos tocó el proceso de creación de la escuela. A pesar de que abundaban niños de hogares muy pobres o en conflicto, nunca padecí de humillaciones repetidas.

El problema fue cuando la escuela al fin fue construida y los grupos aumentaron. Los que estuvimos en las aulas de cartón consideramos unos advenedizos a los que esperaron que la concluyeran. Pero también accedieron bastantes alumnos que nos llevaban dos o tres años de ventaja y más cercanos a las furias de la adolescencia.

En aquella época, el cine era una cosa más extraordinaria que nunca. No todos asistían una vez por semana y quien veía una película no vista por los demás adquiría un papel protagónico a la hora del recreo.

Acostumbrado a compartir con mis amigos esos hallazgos, una vez narré, con el mismo asombro que nunca me ha abandonado, la trama de “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo” de Steven Spielberg. Incluí desde la escena de las fallas eléctricas provocadas por los OVNIS hasta el contacto final a través de claves musicales.

Ahí fue donde me agarraron y ya no me soltaron: a algunos les pareció más que divertida la forma en que recreé las cinco notas musicales utilizadas y, peor aún, las señalizaciones manuales para identificarlas, señales que años después supe que eran parte del alfabeto musical de Zoltan Kodaly. Una de ellas incluía inclinar la mano hacía abajo mientras se interpretaba la melodía de “tu-ru-ru-ru-rú”.

También en aquel tiempo la escuela estaba en un proceso de formación laboral y varias veces nos cambiaron de maestros o permanecía el grupo desatendido, haciendo infinitas combinaciones numéricas ordenadas por el director. Eso recrudeció mi leve infierno personal. No había quien me apoyara.

Ya en mi siguiente escuela tuve compañeros de mi edad y fui a un grupo que era el mismo desde primer año y todos se apreciaban. Fin del drama, por fortuna.

Debo añadir que en esos tiempos, no era costumbre tratar mal a los compañeros que eran cerebritos o diferentes. Dichos compañeros recibían sus diplomas y eran visto con respeto, costumbre que yo vi mantenerse en la secundaria y parte de la prepa.

Al segundo año de prepa la abandoné porque hice un viaje largo y a mi regreso - mediados de los 80s-, descubrí que mis nuevos compañeros eran más agresivos y despiadados con los aplicados, los tímidos o los indefinidos sexualmente. ¿Cuál fue el cambio?

Me atrevo asociar que, en ese verano, se puso de moda la película “La Venganza de los Nerds” y todos pusieron en práctica sus jocosos ejemplos. Si bien su mensaje final fue respetar a los demás, muchos de esa generación – y las que vinieron o la vieron en video y tele – se quedaron con el pasatiempo de humillar a los individualistas.

De hecho, no había ningún equivalente en español para la palabra “nerd”. Y, por algo, aún así sigue sucediendo.